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lunes, 31 de octubre de 2016

Murió sin avisarme

Autora: Carmen Sánchez


No lo pude evitar y murió sin avisarme. Quizás estaba demasiado distraída y no presté atención a las señales que mostraba o, simplemente, su cuerpo se paró y se negó a seguir luchando, incapaz de tanto esfuerzo.
Me ha abandonado cuando más lo necesitaba, me ha dejado sola y aislada frente a este mundo vertiginoso, que me arrastra y me supera.
¿Cómo avisaré a los amigos? ¿Cómo lo comunicaré a los que no son amigos, per lo deben saber? Estoy perdida en este caos, que supone su ausencia. Las personas queridas, ya lo saben t su calor me anima a seguir adelante. Seré fuerte. Iré a una tienda y compraré otro móvil.
 

domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Te han invitado?

Autora: Carmen Sánchez

La víctima aún no sabe que ha sido seleccionada. Su marido, amiga o amante la ha invitado a pasar un fin de semana diferente. Ingenuamente, el elegido piensa que va a disfrutar unos días estupendos, en el “Palacio Méndez”.

Este lujoso palacete fue construido en 1900 por los Marqueses de Méndez. La residencia tiene diez habitaciones con baño, dos salones de verano y otros dos de invierno, con chimenea. Cuenta también con una amplia cocina, bodega, garaje y amplios jardines con vistas al mar y acceso directo a la playa. Dispone además, de una capilla familiar y un pequeño cementerio privado.

Por su parte, el guarda del palacio sabe que los invitados vienen acompañados. Suelen ser personas hastiadas de su vida, que buscan emociones un poco más fuertes. Necesitan experimentar que pierden el control de su entorno. Saben que van a participar en un juego relacionado con la muerte, con la muerte de otros, por supuesto. El último grupo llega una tarde gris de febrero.

La primera impresión cuando ven el edificio, es de decepción, porque creen que el aspecto exterior del palacete es una impostura, pero la realidad es que el tiempo lo ha modelado hasta conseguir la imagen sombría que presenta. La piedra está tan oscura que parece calcinada. Las torres, coronadas por chapiteles de pizarra negra, perfilan con sus agujas puntiagudas el cielo plomizo. Los altos ventanales aparecen cegados por el polvo acumulado durante décadas. Los secretos de la casa no deben salir fuera.

El chirrido de la verja herrumbrosa avisa al guarda, el hombre de cuerpo enjuto y ademanes pausados, muestra una palidez extrema en rostro y manos, casi se diría que es de la época de la casa.

Cuando los invitados entran en el vestíbulo se quedan estupefactos. Ante sus ojos hay una majestuosa escalera de roble, con guirnaldas talladas en la baranda. El parqué reluciente dibuja infinitos trazos geométricos. Las arañas de cristal brillan con mil destellos. Las cortinas de terciopelo acarician las paredes tapizadas de raso verde. El interior de la casa es espectacular. Todo está intacto y conserva el refinamiento de la época, como si no hubiera pasado el tiempo.

El guarda interrumpe las miradas expectantes de los huéspedes para contarles la tragedia del palacete.

-        El marqués, D. Manuel de Méndez, de noble cuna, viajó a América. Pasado un tiempo regresó muy rico y acompañado de su esposa, Dª María. Ella era una joven indiana muy hermosa, a la que el señor amaba con locura. Este palacio es la demostración de cuánto la adoraba.

Y continuó:

-        Sin embargo, la felicidad que irradiaban era tal, que a su alrededor comenzaron a crecer envidias y maledicencias. Así, los celos mortificaron al marqués día y noche hasta que, en un arrebato de ira, mató a su esposa y luego arrepentido del crimen, se suicidó.

-        Desde entonces- siguió- el palacio está como ellos lo dejaron. No vive nadie, sólo yo abro cuando vienen los huéspedes y cierro cuando se marchan.

Dicho esto, el guarda se retira y el juego empieza.

Para comenzar, cada visitante recibe un formulario donde debe indicar, entre otros datos,  la persona que lo ha invitado. Aparentemente todos los impresos son iguales, pero uno tiene consignado la opción: “Finalizar juego”. Su acompañante no saldrá de la casa vivo.
 

jueves, 30 de junio de 2016

La vida que nos lleva

Autora: Carmen Sánchez
 
Sería mi destino que esta criatura deforme deshonrara a la familia. Muy grande hubo de ser la falta de mis antepasados, para que esta niña, monstruosa, naciera de mis entrañas y nos avergonzara ante la aldea.
Cuando vi su rostro, deseé con todas mis fuerzas, que su corazón no latiera, pero la vida estaba de su parte. La familia no podría soportar el rechazo. El padre tendría que bajar la mirada ante los demás y lo apartarían de la comunidad. Los varones no se casarían y a las hijas ningún hombre las tomaría por esposa. Yo también quería morir, porque no era digna de seguir viviendo, pero sólo mi destino decidiría el momento.
Así, tras el parto, apenas pude caminar, la llevé hasta el lado lejano del río, donde la corriente se lleva las desgracias y los juncos tapan las miserias. Debía volver sin ella, únicamente, de esta forma, la familia viviría tranquila. Pero, llegado el momento, la criatura empezó a llorar. La miré y sus ojos inquietos no dejaban de observarme. Entonces, no me pareció tan repugnante. Ocultas entre las sombras de la noche regresamos al hogar.
El padre, pese a todo, no me repudió. Pero la soledad y el silencio con el que nos ignoraron eran peor que la muerte misma. Ambas vivíamos como almas ausentes, por el día, la penumbra de las paredes nos apartaba de las miradas ajenas; luego, al caer la tarde, el velo opaco que nos cubría el rostro, nos escondía de las familiares. Sin embargo, esta desolación ató nuestra existencia para siempre y ya no concebía que Laya, así la llamaba, no estuviera conmigo.
Nuestra vida transcurría de esta manera, hasta que un día enfermó gravemente. Al amanecer, tenía mucha fiebre y cólicos. Aprovechando la ausencia de la familia, la llevé asustada al dispensario. Y quiso el azar, que un médico extranjero estuviera allí, en aquel momento.
No sé si fue la casualidad, o la vida que nos lleva, quien puso a este buen hombre en nuestro camino. Tras curarla de la infección que la condujo hasta él, salvó a toda la familia de la desgracia. Con su ciencia y humildad, me convenció de que Laya no sufría ninguna maldición familiar y que su deformidad tenía cura. No sé cómo, las dos conseguimos superar el miedo que nos paralizaba y después de una larga estancia en el hospital y unas operaciones interminables, Laya se ha convertido en una niña más.
Hoy volvemos a la aldea. Es un día luminoso. El padre me ha contado que todo el poblado está esperándonos, quieren ver a la niña que volvió a la vida.
 

miércoles, 18 de mayo de 2016

El hombre del traje siempre sonríe

Autora: Carmen Sánchez Pasadas

El hombre del traje sonrió. Las circunstancias eran perfectas.
Primero despidió a los más jóvenes, no tenían cargas familiares que estorbaran a las conciencias y además, le salía muy barato. Los compañeros apesadumbrados, poco a poco se acostumbraron a las ausencias. Después, les convenció de que era necesario bajar sus sueldos. Todos aceptaron cobrar un salario escaso, antes que nada. Las protestas iniciales se diluyeron en murmullos y luego en silencios.
Posteriormente, el “mercado” requirió que trabajaran más horas por el mismo jornal.  Era peligroso que la empresa no creciera, sus puestos estaban amenazados. También contaba con el regusto amargo que aprisionaba la garganta de los trabajadores, se creían afortunados cuando recordaban a los compañeros despedidos.  Sin embargo, la impotencia se apoderaba de ellos.
El hombre del traje se congratula nuevamente. Una palabra suya es suficiente para que la autoridad le favorezca.
Ahora, basta con despedir a los veteranos. Ellos ya no encajan en la nueva política de la compañía. Los nuevos contratados, jóvenes, dedican toda su vida al trabajo, por muy poco.
El hombre del traje sonríe ampliamente. Todo lo que ha conseguido no es suficiente, quiere más.  Y se le ocurrirá una idea: ¿Una traición? No, sólo será un negocio mayor.
La empresa quebrará, el capital desaparecerá y una mancha de desgracias personales y familiares se extenderá por el país.

El hombre del traje sonreirá desde la distancia.

viernes, 22 de abril de 2016

Los gigantes de agua

Autora: Carmen Sánchez Pasadas


El hombre, huérfano, quiso parar la tormenta, sin embargo  esta, impune, creció los ríos y arrasó las casas. Después deseó atemperar los temblores de la Tierra, mas ella, soberbia, prosiguió su irrupción, sepultando poblados. Luego intentó debilitar las olas feroces,  pero los gigantes de agua, devoraron las ciudades.  El humano sintió que la Naturaleza no lo obedecía, porque nunca le perteneció.
Luego el hombre se avergonzó de sí mismo. Quiso deshacer las injusticias de otros hombres, pero solo alcanzó a curar las heridas y a enterrar los cuerpos derrotados. Y comprobó que tampoco podía decidir sobre las demás vidas.
Entonces, una idea penetró en su mente. Construyó puentes más firmes, pueblos más seguros y ciudades más altas. Sin embargo, no encontró cómo proteger a los humildes de la avaricia de los poderosos, y no pudo evitar que la inmoralidad siguiera creciendo.

Mas una luz invadió su imaginación, y guio su mano. Se sintió dueño de sus pensamientos, y construyó una historia. Decidió el destino, la felicidad, la tragedia o el castigo. Con todos estos elementos, el hombre escribió un libro.

viernes, 30 de octubre de 2015

El cuarto oscuro

Autora: Carmen Sánchez


Ali es mala. Su madre acaba de repetirlo otra vez, antes de encerrarla en el cuarto oscuro. La niña tiene cinco años y lo ha oído muchas veces. Por su culpa, su padre ha gritado cosas que no entiende y se ha marchado. Su madre también ha gritado. La pequeña, como otras veces, se ha escondido tras el sillón y ha permanecido inmóvil con los oídos tapados. Pero ha oído los gritos.

Luego, cuando están a solas, la madre la ha cogido del pelo hasta el minúsculo habitáculo y después ha cerrado con llave. Ali empieza a llorar, pero se traga sus mocos y sus lágrimas para no hacer ruido. No quiere que la oiga. Se limpia rápido, para que no se enfade más. Apenas se puede mover y pronto empiezan a dolerle las piernas encogidas. Además le da miedo la oscuridad, así que, se imagina que está en su habitación y cierra los ojos para dormirse. No lo consigue, pero le ayuda a dejar de llorar.

La niña no sabe lo que ocurre. A veces, la madre es muy linda, sonríe, la abraza y también le prepara su comida preferida. Entonces su padre está contento y hacen cosas juntos. Van al parque o le compran un helado. Ella sabe que el padre la quiere mucho y nunca apaga la luz.

Pero cuando gritan, él se enfada y se marcha. En esos momentos, la madre se pone muy fea y le dice que ella tiene la culpa. La niña se asusta mucho cuando la mira de esa manera. Se queda muy quieta, como si pudiera detener lo que va a suceder. Se encoge esperando hacerse invisible y desaparecer, porque presiente que acabará en el cuarto. Pero sus esfuerzos son vanos, la madre estalla en insultos mientras la arrastra hasta el trastero.

A Ali, le da mucho miedo que la abandone en el cuarto. Teme que nadie la saque de allí. Una vez estuvo un día entero. Ahora, no sabe cuánto tiempo lleva en la oscuridad. Le duelen las piernas y los brazos. Los ojos se han acostumbrado a la penumbra y atisba un hilo de luz bajo la puerta, pero no oye nada. La han abandonado, piensa. Su padre no volverá y su madre también la ha dejado. Se le ocurre que podría gritar para pedir ayuda, pero duda y reflexiona ¿y si ella la está acechando y si se enoja nuevamente?, la dejaría, aún, más tiempo encerrada. El ruido de la llave abriendo la puerta la saca de sus pensamientos. ¡No la ha abandonado!, se dice con entusiasmo.

Sin embargo, presiente que algo no va bien. La casa está silenciosa y en penumbra, y aunque la madre no está enfadada, tiene una mirada extraña. Le habla con dulzura, mientras la conduce con firmeza hacia la cocina. Le dice que van a jugar. Todo está limpio y ordenado. Sólo hay un objeto en la mesa. Un cuchillo grande y brillante reluce sobre una toalla. La niña temerosa se deja llevar hasta la silla próxima. La madre se coloca detrás, a su espalda y la pequeña nota el aliento materno en su nuca. Por un instante contiene la respiración, un ruido metálico se estrella contra el suelo, rompiendo el silencio.

De un salto, Ali coge las tijeras de pescado. Sin mirar al suelo, y sonriendo, se las ofrece a la madre  mientras le dice que quiere que le corte el pelo. Jugarán a peluqueras.


Quizás sea intuición, o acaso remordimiento,  lo que lleva al padre a volver a casa. Su rostro queda lívido, al abrir la puerta de la cocina.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El rodaje

Autora: Carmen Sánchez Pasadas


A Reme el pueblo se le quedó pequeño muy pronto. La muerte precipitada de su padre, sepultó con él, una parte de su vida y futuro. La niña traviesa, que soñaba con volar en el trapecio de un circo, desde que lo vio por primera vez, se convirtió en una joven algo reservada, cuando tuvo que abandonar el instituto, para trabajar en la casa de comidas familiar. De un día para otro, su existencia placentera, llena de fantasías juveniles, quedó atrás, dando paso a una realidad de adultos.

Desde entonces, su jornada empezaba con el amanecer, cuando encendía la cafetera, antes de que llegaran los clientes más madrugadores y terminaba fregando, bien entrada la noche. Pese a todo, la madre nunca oyó una queja de sus labios, sino al contrario, palabras de ánimo, cuando la madre maldecía la mala suerte de ambas,  Reme tenía buen carácter y se adaptó a lo que se esperaba de ella, sin mostrar descontento. El duro trance que trastocó sus vidas, se dulcificó con el tiempo, que fluía ajeno a cualquier adversidad, y así el devenir del pueblo siguió su camino. Poco a poco, las amigas de Reme se fueron alejando. Unas continuaron sus estudios en la capital, otras encontraron trabajo o se casaron y se marcharon. Mientras,  madre e hija iban sacando adelante el negocio, envejeciendo una y madurando la otra.

Progresivamente el restaurante fue prosperando, sin embargo, Reme empezó a notar un vacío en su interior que crecía dejándole un sabor amargo. Ella intentaba estar atareada, para que ese pesar, que la invadía de forma inesperada, no apareciera y sobre todo, se esforzaba en ocultarlo. Pero la madre, consciente de la soledad de la hija, en seguida intuyó la nostalgia que sentía. Así que, justificándose en la buena marcha de la empresa, decidió que cerrarían cada martes para descansar y obligarla de este modo, a que saliera a distraerse. El ambiente conservador de entonces no permitía que una mujer saliera sola, por lo que madre e hija fueron al cine aquella tarde. La emoción que Reme sintió fue tan intensa, que repetía cada día libre que tenía, ya fuera acompañada por su madre o alguna prima. Desde aquella tarde, el peso de toda la semana fue más liviano y la charlatanería de las conversaciones habituales, menos decepcionante.

Cuando estaba en el cine sentía que ella formaba parte de la historia que sucedía antes sus ojos. Reía o lloraba con los personajes, se enamoraba perdidamente del galán que tuviera ante sí, u odiaba al “malo” de turno. Por un instante olvidaba su vida anodina y se transformaba en la protagonista que vivía aventuras trepidantes, o se sentía la mujer más bella, que seducía al actor más atractivo. A veces, si la película era de suspense, se descubría sentada al borde de la butaca, o estaba rígida, si era de misterio o terror. Estos momentos fugaces de felicidad, consiguieron que sus accesos de melancolía se diluyeran, aunque la herida interior no hubiera cicatrizado.

Pero sucedió un acontecimiento extraordinario, que cambió la vida del pueblo y sus vecinos. Una productora cinematográfica extranjera eligió los parajes próximos a la población para rodar los exteriores de su película. La ingente cantidad de personas que formaba el equipo de filmación, alteró la desidia del pueblo, donde nunca pasaba nada interesante. Además, curiosos de localidades cercanas, venían también, dada la expectación que generaba la noticia del rodaje.  Hoteles, restaurantes o cafés, estaban llenos a cualquier hora. Gran parte de los habitantes fueron contratados para colaborar con los técnicos en actividades relacionadas con la producción, entre ellos se encontraba el sastre, el carpintero y otros muchos.  Pero lo que generó mayor interés, fue la participación en la película como personajes secundarios o “extras”. Afortunadamente para la localidad, la filmación se prolongó más de lo previsto, dando lugar a la aparición de lazos afectivos entre los visitantes y los lugareños.

Todas estas circunstancias, beneficiaron igualmente al negocio de Reme y su madre. Durante los días que transcurrió el rodaje, un grupo de actores, desconocidos para la mayoría del público, asistía al establecimiento de comidas familiar. Así Reme conoció a John, un especialista inglés, robusto y algo tímido. Desde el principio, ella se quedó fascinada oyendo las anécdotas que contaban entre ellos, relacionadas con la filmación de escenas peligrosas. Luego se dio cuenta de que él la observaba disimuladamente al principio y después abiertamente. Más tarde, se hacía el encontradizo o se demoraba cuando los compañeros salían del restaurante.

Por su parte,  John no sabía explicar que le atraía tanto de Reme, quizás, pensaba, estaba influenciado por el ambiente festivo del entorno, pero de cualquier manera sentía que era especial y buscaba cualquier ocasión para estar cerca de ella.

Definitivamente, esta película cambió sus vidas. Desde entonces Reme comparte su vida con John. A veces están en Inglaterra, otras en España y la mayoría de las ocasiones, donde se desarrolle la película que él esté rodando en ese momento.

martes, 30 de junio de 2015

Los jóvenes

Autora: Carmen Sánchez


No muy lejos, Bea, había cumplido diecisiete años la semana anterior y era la chica más animada de su pandilla. Sin embargo, esa mañana no tuvo fuerzas para levantarse. El cuerpo le pesaba como si fuera de piedra y hasta el más mínimos ruido le molestaba. Tampoco fue a clase.

Al otro lado de la ciudad, Celia no oyó el despertador, ni tuvo ánimo para responder a su padre cuando la llamó. Se encontraba cansada y apática. No fue al instituto.

El Jefe de Estudios colgó el teléfono enfadado en presencia del tutor, que momentos antes le había informado de las múltiples ausencias. Acababa de hablar con la décima familia que le comunicaba que su hijo se encontraba enfermo. Según le comentaron, ninguno manifestaba síntomas concretos. Era como si, de repente, todos estuvieran agotados y deprimidos.

El docente no daba crédito a la situación. Convencido de que los jóvenes fingían tal enfermedad, pensó que tendrían un examen próximo o bien que, existía un problema que desconocía. Ante la incertidumbre optó por esperar al día siguiente para tomar alguna determinación.

Sin embargo, en las jornadas sucesivas la situación desbordó las peores hipótesis posibles. Las ausencias iniciales se multiplicaron hasta llegar a cincuenta alumnos. Una semana después eran doscientos los estudiantes que no asistieron al instituto. Esta realidad fue común a todos los centros de la ciudad. Una enfermedad desconocida estaba dejando vacías las aulas y llenando las consultas médicas.

Los jóvenes, Álex, Bea, Celia y tantos otros, no sabían qué les pasaba. Se sentían extraños en sus propias vidas y con un cansancio permanente. Con las primeras exploraciones, los médicos descartaron cualquier trastorno del sistema cardiovascular o inmunológico. Después, sobrepasados por la dimensión que tomaba la enfermedad, las autoridades sanitarias decidieron estudiar al grupo de afectados que manifestaron los síntomas desde el principio. Así, basándose en exámenes continuos, los investigadores hicieron un descubrimiento estremecedor: los enfermos estaban perdiendo los recuerdos de la infancia de forma acelerada. Las carencias afectivas que este fenómeno provocaba, estaba modificando la conducta de los afectados. Los muchachos no recordaban momentos de sus vidas imprescindibles para consolidar el apego en sus relaciones personales. Habían olvidado por ejemplo, cuando ayudados por sus padres aprendieron a montar en bicicleta. No recordaban tampoco, canciones infantiles que repetían una y otra vez con sus hermanos, o aquella excursión con la familia en la que tanto disfrutaron. Habían olvidado también la mascota inseparable que los cubría de lametones o la película de animación, de la que hasta se sabían los diálogos. No sólo habían olvidado momentos, si no que, además no recordaban datos, como el nombre de sus amigos del colegio o el de sus abuelos. Y lo más preocupante era que algunos empezaban a manifestar lagunas en la memoria reciente. Como resultado de estas ausencias, los jóvenes se sentían desligados de su entorno y se encerraban en un hermetismo infranqueable.

Ante la trascendencia que estaba teniendo la enfermedad, un grupo de científicos estudió con ahínco las causas fisiológicas que la producían, hasta que llegaron a un resultado dramático. La regeneración neuronal se había alterado. Las nuevas neuronas se reproducían de forma alarmante, creando simultáneamente multitud de conexiones entre ellas. El crecimiento desmedido de éstas atacaba a las neuronas responsables de la memoria. Esta invasión agotaba a las antiguas, que morían sin llegar a transmitir la información que contenían, a las nuevas, afectando  a la memoria, y también a la movilidad,  ya que actuaba sobre el control de los impulsos reflejos, transmitidos por el sistema nervioso. De ahí, el extremado cansancio de los enfermos.

Ante estos resultados los científicos estaban abatidos, pero también esperanzados. No sólo se trataba de investigar unas células con un comportamiento anómalo, si no que era mucho más. Tras meses de convivencia con los jóvenes, era difícil no angustiarse por estos chicos llenos de energía, que tenían toda la vida por delante, y que poco a poco se iban aletargando y recluyendo en su interior. Los investigadores habían descubierto la evolución de la enfermedad, pero ahora necesitaban conocer qué originaba tal alteración. Las siguientes fases se complicaron aún más, porque el número de personas afectadas seguía aumentando. Ya había alcanzado al resto del país y había algún caso fueran de las fronteras.

Estaban en esta encrucijada, cuando una mañana, durante el desayuno de los investigadores, alguno sugirió a un colega que, por favor, silenciara el móvil, porque era imposible no prestarle atención. El interesado hizo lo esperado, y además tuvo una idea brillante, que compartió con sus compañeros:

– ¿Y si lo que ocasiona la alteración en el crecimiento neuronal, es el exceso de información que el cerebro recibe permanentemente, sin que haya periodos de recuperación suficientes? – y continuó asombrado de sus propios pensamientos: - Varias pautas coinciden, todos los afectados son menores de veinte años y todos desde los primeros años de vida han estado expuestos a un bombardeo continuo de imágenes y datos. – Añadiendo: - Hemos visto como las pantallas han desplazado a los juguetes tradicionales y los libros y las pizarras son objetos del pasado.

Otro investigador, siguiendo la línea de razonamiento del anterior, pregunto:

– ¿Alguno ha calculado cuántas horas al día dedicamos a mirar una pantalla? –Y añadió:

– Entre el ordenador, el móvil, la tablet, etc, sólo quedan libres las horas de sueño, que cada vez son menos por la invasión que sufrimos con las redes sociales. Y si tenemos en cuenta cómo se relacionan los chicos actualmente, todavía es peor.

Todos estuvieron de acuerdo con esta posibilidad, por lo que dirigieron sus estudios a comparar como afectaba esta incidencia a individuos que, por distintas razones, habían vivido ajenos a los medios informáticos, comparándolos con los afectados por la patología, y comprobaron que, el crecimiento neuronal era prácticamente normal en los primeros. Las conclusiones finales no tardaron en llegar: El crecimiento de las neuronas se incrementaba exponencialmente como consecuencia de la actividad continuada del cerebro. Si la situación actual no cambiaba, las personas corrían el riesgo de padecer trastornos similares  al alzehimer, el autismo y la parálisis.

Inmediatamente, las autoridades sanitarias tuvieron conocimiento de los resultados, pero los medios de comunicación no informaron de esta noticia. De forma simultánea y curiosamente, estos científicos fueron acusados públicamente de “revelación de secreto profesional” y fueron despedidos.

Tiempo después, una famosa empresa farmacéutica comunica que ha descubierto la Vacuna que reduce los efectos de esta “epidemia”. En breve, estará disponible y al alcance de todos los gobiernos, para hacerla llegar a toda la población.

Mientras, en un pueblo desconocido, un grupo de jóvenes y científicos, entre los que se encuentran Álex, Bea y Celia, retoman su vida. Acaban de oír la noticia de la nueva vacuna por la radio, y aunque ya lo esperaban, es difícil sobreponerse a la indignación que les causa. Pero, su tiempo de oír la radio ha terminado. Sólo disponen de una hora al día, el resto lo dedican a hacer deporte, trabajar, leer, jugar o charlar. La recuperación es muy lenta, pero están ilusionados. Además hay otro factor que los anima, empiezan a llegar nuevos chicos que saben de su recuperación.
 
 

miércoles, 20 de mayo de 2015

El pozo

Autora: Carmen Sánchez

      Naima se levantó antes de la salida del sol. Hacía poco que Assila, su hermana pequeña se había quedado dormida. La niña había pasado toda la noche llorando por los cólicos. Aunque le daba la leche de cabra aguada, no podía evitar que se encogiera por el dolor. Naima temía que si no dejaba de llorar, se la quitarían, por lo que la acunó sin cesar y la tapó con su manto para apaciguar el sonido del llanto y que no molestara a los varones.

La madre había muerto en el parto y los mayores se habían desentendido de la recién nacida, ya que no tenía posibilidades de sobrevivir y era hembra, así que no valía nada. Pero Naima, después de cogerla en brazos, no fue capaz de abandonarla y contra toda esperanza, se hizo cargo de ella.

En la penumbra envolvió con cuidado el cuerpecito dormido con el pañuelo y la sujetó a su espalda, como había visto hacer a las mujeres de la aldea. Después colocó el cántaro sobre su cabeza y se dirigió al pozo. Desde que la madre murió, ella se encargaba de traer el agua y cocinar para su padre y sus hermanos. Iba por el agua muy temprano, porque tenía que estar de vuelta antes de que los demás despertaran. Luego cocía las tortas que todos comían. Su padre después pastoreaba con las escasas cabras que poseían y los niños caminaban hasta la escuela,  en el pueblo cercano.

Cuando se quedaba a solas, sólo acompañada de la niña, molía el grano para el día siguiente. La piedra de moler estaba muy gastada, cada vez tardaba más en aplastar las semillas y le llevaba más tiempo. Terminaba agotada.

Había otra razón que la empujaba a ir temprano al pozo, y es que, quería evitar a las otras mujeres, que se burlaban de ella, porque a sus doce años se estaba haciendo mayor y ningún hombre la tomaría por esposa. Ella imaginaba que ninguno de la aldea la aceptaría, porque su familia apenas tenía nada que ofrecer como dote. Se sabía una carga, además era flaca y sin gracia. Su existencia anodina consistía en adelantarse con las tareas antes de que se lo ordenaran y después permanecer apartada para pasar desapercibida. Además, desde que nació Assila, racionaba su comida para alimentarla con su parte.

Pero una mañana, su vida y la de todos los aldeanos se torció. Cuando se acercaba al pozo, los lamentos de las mujeres mayores la alarmaron. La desesperación se había apoderado de las ancianas, que no dejaban de llorar y aclamar al cielo. El pozo estaba agotado. El limo que apareció los días anteriores, había sido un aviso, pero nadie lo quiso creer. La ausencia de lluvias y el gasto que, aunque mínimo era constante, había consumido el único manantial del que subsistían. Naima se apartó con una fuerte presión en el pecho, mientras pensaba en la pequeña ánfora del hogar. Calculó que quedaría agua para otro día o dos a lo sumo, y después, ¿qué pasaría?

Desde aquel día, las mujeres del poblado caminaban juntas antes del amanecer, hacia el pozo más próximo, que se hallaba a media jornada de camino, para regresar al poblado al caer la tarde.

La muchacha también caminaba con el grupo, pero intentaba mantenerse un poco distante, porque seguían burlándose de ella. Por otro lado, Assila cada vez le pesaba más en la espalda, aunque la verdad es que la niña apenas cogía peso. Por otro lado le parecía que el cántaro era más pesado y voluminoso, tanto que andaba encogida temiendo que se le resbalara de la cabeza. Por la noche, cuando regresaba y dejaba la vasija con el agua en el suelo y a la pequeña sobre la manta, reparaba en que la cara y las manos agrietadas le escocían. Pero sobre todo, notaba que las llagas de los pies le ardían y el dolor de espalda, que la había acompañado todo el día, la inmovilizaba. Por un momento, el agotamiento se apoderaba de ella y algunos días, oculta bajo su manto, lloraba. Pero en  seguida, empezaba a moler el grano para la siguiente comida, a la vez que oía distraída las historias que contaban los niños. Unas horas después, cuando los demás dormían, se levantaba y preparaba las tortas para la comida, antes de ir con las mujeres al pozo.

Así transcurría la vida de Naima, mientras el tiempo agostaba cada vez más la aldea y su entorno. Pronto, en la mente de todos, la escasa prosperidad de antes, quedó olvidada y las personas  se adaptaron rápidamente a las nuevas circunstancias, incorporándolas a su realidad cotidiana. Los hombres buscaron nuevos pastos más alejados y las mujeres afianzaron lazos entre ellas mientras caminaba todo el día. La chiquilla ya no se apartaba del grupo e incluso se reía con las ocurrencias de las más divertidas. En la familia también se notaba cierto acercamiento entre los varones y la pequeña Assila, que con sus gracias alegraba a todos.

Sin embargo, esta relativa tranquilidad, se vio alterada por la enfermedad de Naima. Cierto día, al atardecer, cuando regresaban al poblado, se desvaneció. Durante varios días estuvo delirando bajo los efectos de la fiebre. Las mujeres la cuidaron noche y día y así descubrieron el padecimiento que había sufrido tanto tiempo. Vieron las marcas en la espalda, las heridas en los pies y las grietas en las manos. Compartieron también el agua traída cada tarde, para que la familia no pasara necesidad. Lentamente Naima fue recuperándose, pero se avergonzaba de ser una carga y sólo el ánimo de sus cuidadoras, la alentaba a curarse.

La nueva situación de las mujeres consiguió que pasaran mucho tiempo juntas y que se conocieran mejor. Al mismo tiempo, el sufrimiento de la joven precipitó que decidieran cambiar su destino y el de toda la aldea. El esfuerzo de la traída del agua era demasiado grande, era cierto que había enfermado la más débil, pero pronto serían otras las enfermas si no cambian esta situación. Estaban dándole vueltas a esta idea, cuando el azar quiso que coincidieran con otras mujeres que estaban de paso y se alojaban en la aldea del pozo.  Éstas comentaron que venían de un pueblo, a dos días de jornada, que estaba junto a un oasis, donde había agua y tierra fértil en abundancia.

Ante esta noticia, el grupo decidió que tenían que convencer a los varones, incrédulos y siempre reacios a cualquier cambio,  de la necesidad de trasladarse al pueblo del oasis. Desde este punto de partida, les comentarían que era muy importante que los varones no se alejaran del pueblo para pastorear, por seguridad para los hogares. También les dirían que era importante que los niños no tuvieran que ir a otro poblado, porque así evitarían algunos accidentes cuando se desplazaran. Y por último, les convencerían de que tener el agua en el poblado, era mejor, porque así las mujeres podrían ayudarles con otros trabajos, ya que no perderían el tiempo yendo y viniendo al pozo más cercano. No sería demasiado difícil hacerles creer que, esta idea, era la solución que ellos habían decidido.



sábado, 21 de marzo de 2015

La jubilación

Autora: Carmen Sánchez

Gerardo

Llegó el día de la jubilación y se sentía afortunado. Fue emocionante la despedida, cuando entre felicitaciones, los compañeros recordaron anécdotas de momentos compartidos.

Tras cuarenta años, Gerardo estaba satisfecho. Comenzó a trabajar en la empresa cuando era muy joven y desde el principio su sentido de la responsabilidad lo llevó a no faltar  nunca a su puesto y a comprometerse con los objetivos que marcaba la Dirección. Quizás, por sus orígenes humildes y por la precariedad que sus padres padecieron, para él su trabajo fue muy importante.  Tenía que reconocer además, que siempre le gustó. Los jefes  valoraban su gestión y al mismo tiempo se sentía cómodo en el ambiente distendido de la oficina. Sin embargo,  esta etapa finalizaba y aunque creía que estaba preparado, algo de incertidumbre se ocultaba tras las bromas  de los amigos.

Ahora comenzaba otra etapa de reencuentro con su familia. Admitía que durante  estos años, no había dedicado todo el tiempo que hubiera querido a su mujer y sus hijos y esperaba recuperar los momentos que el trabajo había postergado. Pero, no fue fácil.

Pasaron los días y al principio disfrutaba la sensación de “estar de vacaciones”, luego se dedicó a  hacer pequeñas reparaciones  en casa, que pronto se acabaron. Transcurrieron las semanas y como había sido su costumbre, siguió despertándose al amanecer, así que decidió hacer ejercicio y leer el periódico sin prisas mientras desayunaba. Pero pronto la falta de aficiones se hizo patente en su vida. No le gustaba leer porque el trabajo le había dejado poco tiempo libre,  por el mismo motivo, tampoco disfrutaba de la música o el cine.

En estos momentos echaba de menos, más que nunca, a su mujer, pero ella continuaba trabajando y además tenía múltiples ocupaciones que le restaban tiempo para él. Por otro lado sus hijos hacía años que se habían independizado y a sus nietos los veía ocasionalmente.

Empezó a sentirse ausente y  fuera de lugar. Añoraba el bullicio de la oficina, el ir y venir de los empleados, las consultas y las decisiones. En casa, en cambio, el silencio era demasiado denso, tampoco soportaba no saber qué hacer, necesitaba tener la jornada planificada como antes.  Cada día se encontraba en un hogar desierto en el que era un extraño. Con frecuencia, desconocía donde se guardaba algo que buscaba, o bien, encontraba objetos cuya existencia había olvidado. Sin darse cuenta, peregrinaba por las habitaciones, abría cajones y armarios, buscaba fotos o detalles que le recordaran momentos familiares del pasado.

Pero lo que más le preocupaba era el desencuentro que últimamente había entre Teresa, su mujer, y él. Durante la jornada deseaba que llegara, pero luego, su presencia se hacía difícil, discrepaban sobre cualquier tema y la tensión entre ambos era insoportable. Pensaba que ella había cambiado, era más independiente y según su criterio, excesivamente tolerante con ciertos temas. Por el contrario, era mucho más crítica respecto a él.  Intentaba acercarse a ella, pero toda aproximación terminaba en reproches. No sabía que estaba pasando pero se estaban convirtiendo en dos desconocidos.

Teresa

Hacía tiempo que temía ese momento, pero era inevitable que llegara la jubilación de su marido. Hacía treinta y cinco años que Teresa y Gerardo se habían casado y se conocían demasiado bien.

Aunque eran muy jóvenes cuando se  conocieron, él ya trabajaba. Probablemente, su madurez fue lo que más le atrajo. Provenía de una familia de pocos recursos y quería progresar y conseguir cierta estabilidad, esto le dio tranquilidad a ella y al ser un joven tan responsable, en seguida se comprometieron.

Desde el principio Gerardo se implicó en la empresa, estudió y aprovechó cuantas oportunidades se le presentaron para promocionar, pero los retos nunca se acababan y cada vez estaba más inmerso en su trabajo. Se sentía importante, estaba orgulloso de los logros conseguidos y el respeto que generaba en la compañía. Así fue inevitable que le dedicara jornadas interminables que, sin darse cuenta, lo desligaban de todo lo demás.

Con el paso del tiempo y en parte por huir de la soledad, Teresa empezó a trabajar. Luego nacieron los hijos, y esto tampoco cambió  la situación, ya que Gerardo seguía  sin horarios. Esperaba que con la llegada de los niños, él pasara más tiempo en casa, pero nada cambió, aducía que su trabajo requería más dedicación y que su sueldo, mayor que el de ella, mantenía la economía familiar. El marido no entendía de visitas al pediatra o de llevar a los niños a clases extraescolares.

Muchas veces se irritó por los continuos retrasos del marido, pero tras el último enfado serio,  llegó a la conclusión de que él no iba a cambiar y lo quería, por encima de todo. Si deseaba mantener su familia, tenía que aceptarlo como era. Lo único que podía hacer, respecto a Gerardo, era dejar de esperar.  Poco a poco aceptó la situación,  el tiempo fue pasando, los hijos crecieron y abandonaron el hogar, y nuevamente  el vacío la amenazaba, pero los amigos, siempre incondicionales, y sus aficiones, completaron su vida.  Después llegaron los nietos y con ellos la ternura.

Ahora, Gerardo estaba continuamente en casa. Los primeros meses estaba ocupado y de buen humor. Cuando ella regresaba del trabajo, le mostraba orgulloso las pequeñas reparaciones que había realizado. Luego, empezó a interesarse por alguna actividad, pero pronto perdía interés y abandonaba.  Paulatinamente fue notándolo más irritable, aunque lo disculpaba pensando, lo difícil que era para él esta situación y que lo estaba pasando mal. Notaba que estaba más susceptible y tenía que cuidar los comentarios que hacía, porque Gerardo se molestaba fácilmente.  Hasta que empezó a cuestionar lo que ella hacía, o se impacientaba si se retrasaba. También comenzó a opinar sobre sus amistades, o se disgustaba por lo que consideraba desapego de los hijos. La tensión crecía entre ellos y la duda asaltaba a Teresa. Se querían, de eso estaba segura, no imaginaba vivir sin él, pero la relación se estaba volviendo muy difícil. Por un lado lo entendía y quería ayudarlo, sin embargo, sus comentarios la irritaban, y no podía evitar los reproches. No toleraba que opinara sobre ella. La comunicación fue enrareciéndose,  y había llegado el momento de plantearse  qué era lo que los unía y si merecía la pena seguir intentándolo.

El nieto

Esa mañana, su hija Sofía llamó angustiada al padre. Tomás, su hijo de cinco años, tenía varicela y no podía ir al colegio. Le rogó que se quedara con el niño, ya que el marido estaba de viaje y ella tenía una reunión de trabajo ineludible, le explicó.

El abuelo consciente del apuro en que se encontraba su hija, no dudó en acudir en su ayuda. Por fortuna, la fiebre del pequeño remitió rápidamente, pero tuvo que permanecer sin salir, varios días. Para sorpresa de Sofía, su padre estaba encantado con el nieto. Después, cuando volvía a casa, no dejaba de hablar del niño, de lo listo que era, de sus ocurrencias y travesuras, hablaba con tanta ternura que sorprendía a Teresa. También hablaba con admiración de  Sofía y de cuánto se parecía a ella.

Gerardo se sintió útil nuevamente, el contacto con el niño fue limando la tensión que sentía y el mal humor desapareció.  Progresivamente se sentía más a gusto con su mujer y ella notaba que estaba más atento. Un día apareció en casa con un cachorro. Había recordado que hacía años, Teresa le había propuesto adoptar uno, pero él se negó.  Ahora en cambio, tenía todo el tiempo para cuidarlo y así  los nietos vendrían encantados a casa de los abuelos. 

jueves, 19 de febrero de 2015

La familia Santamaría

Autora: Carmen Sánchez

El difunto era el hombre más rico del país. Nació el primogénito de una familia de banqueros, cuyo mayor logro había sido incrementar su riqueza en cada generación.

Hacía más de un siglo que Fernando Santamaría, su abuelo, inició el negocio familiar. Procedente del interior, se estableció en la capital costera, en el tiempo que todavía no era más que una ciudad provinciana. Impulsado por el próspero negocio de la exportación marítima, aunque algunos decían que tal negocio encubría el contrabando de la costa, sea como fuere, el muchacho de entonces, buscó la suerte y la encontró.

En aquella época, era un joven apuesto y listo, que rápidamente enlazó con la hija del mayor terrateniente de la región. El matrimonio le aportó respetabilidad y fortuna. De este modo, entró en la élite local y comenzó su relación con la autoridad establecida en cada momento. En poco tiempo, todos los comerciantes de la localidad le estaban agradecidos y unos y otros dependían de los préstamos bancarios que D. Fernando les otorgaba. El pequeño banco fue ampliando su actividad a otros ámbitos, así fundó el Casino, construyó el primer hotel o avaló las nuevas compañías navieras, hasta tal punto que, no había empresa en la que la familia no interviniera.

Varias décadas después, cuando su hijo pasó a dirigir la sociedad bancaria, era ya una entidad consolidada y la familia tan respetada que en la ciudad no se tomaba ninguna decisión sin consultar con los Santamaría.

Esta reputación y una inmensa fortuna, fue la herencia que recibió, tiempo después, el tercer Santamaría, que ahora yacía inerte, ante la mirada impasible, de quienes le conocían.

Su visión emprendedora y una codicia desmedida, le llevaron a realizar inversiones en el exterior, ya fueran financieras o de cualquier otra índole, no importaba nada, sólo la rentabilidad. Pronto el banquero se acostumbró a controlar cuanto había a su alrededor. Así por ejemplo, el mercado de valores, nacional o internacional, subía o bajaba la cotización de determinadas acciones, según le interesara, siguiendo una estrategia oculta, pero bien definida.

De la misma manera, manejó la esfera política, aunque siempre desde la distancia. Sufragó campañas de partidos afines, elevando al ambicioso líder de turno, para que ejerciera el cargo conforme el guion establecido y desacreditando al adversario difícil de manipular, hasta derribarlo.

En las relaciones familiares, su actitud no era diferente. Todos los miembros le debían lealtad y muy pocos osaban desafiarlo. Este carácter intransigente, llevó a Santamaría a desaprobar la conducta de su hija mayor, cuando en su juventud, se atrevió a rebelarse contra la autoridad paterna, y aunque los años siguientes demostraron la capacidad de ésta, para las finanzas, el padre se negó a admitirlo, apartándola a un puesto irrelevante en el extranjero. Pese a todo, la hija se convirtió en una reputada directiva, con un olfato excelente para las inversiones. Tiempo después se incorporaría al Consejo de Dirección. Sin embargo, nadie conocía que, en su interior guardaba un odio profundo por el rechazo sufrido.

Por su parte, el segundo hijo, si bien carecía de la sagacidad de su hermana, compensaba su escasa brillantez, con una devoción inquebrantable hacia el progenitor y una dedicación absoluta a la entidad, que lo llevaría a ser nombrado sucesor en la dirección del banco. Durante años, todo había ido bien y no le había importado sacrificarlo todo para estar a la altura de las expectativas paternas, pero desde el regreso de la hermana, la inseguridad se había apoderado de él y lo consumía.
Había más hijos, pero para el banquero, no pasaban de ser asuntos menores, que requerían poca atención.

En cuanto a la esposa, la pasión y el cariño inicial se desvanecieron rápidamente. La progresiva ausencia del marido en la vida familiar y la certeza de la existencia de alguna amante que, pese a la discreción del marido, no le pasaron desapercibidas, transformaron su vida plácida en anodina, distraída  entre las distintas residencias familiares. De tal modo, el aburrimiento se convirtió en tedio y éste después sólo fue desinterés.  Mas, al principio, el desencanto primero y después el despecho, la condujeron a una relación clandestina y a un embarazo inesperado. La nueva situación la comprometía a ella y especialmente al hijo, por lo que calló su secreto y se convirtió, a partir de entonces, en la esposa perfecta. 

Todos estos entresijos familiares, si bien permanecían latentes, quedaban en segundo plano en cada reparto de beneficios o con las nuevas ampliaciones de capital.

Sin embargo, algo cambió cuando esa noche el abogado de la familia acudió al despacho del padre a altas horas de la madrugada. Al día siguiente el banquero no despertó. El Dr. Santamaría, hermano del difunto, informaba a los medios de comunicación que un infarto había acabado con la vida del financiero. El certificado de defunción así lo acreditaba, pero la realidad era otra.

sábado, 31 de enero de 2015

Larga noche de invierno

Autora: Carmen Sánchez

La oscuridad aún cubre la ciudad. La luz de los restaurantes y locales nocturnos queda atrás cuando el automóvil se detiene en una de las calles más exclusivas del centro urbano.
Precedidos del escolta, el señor Alcalde y su esposa entran en su domicilio, tras una velada exquisita. Mientras la señora deja caer descuidadamente el visón sobre el canapé y se descalza camino del dormitorio, comenta  la amabilidad de la esposa del Consejero Delegado.
-  ¡Si hasta compartimos amigas! – dice con entusiasmo, y continúa: -La próxima semana me acompañará a la prueba del vestido, si, el de la recepción del Embajador, vendrá también Pilar, la esposa del Ministro-, y añade: -Se nota que están bien situados, ella es muy elegante y él tiene un aire distinguido, que destaca nada más verlo.
El marido se aleja y ella alza la voz para preguntarle:
-       ¿Cuánto hace que lo nombraron Consejero del Fondo de Inversión?- sin esperar respuesta continúa: -¿A este Fondo es al que vendisteis las viviendas del que todo el mundo habla?
Esa misma noche, en un barrio de la periferia, la desesperación acorrala a una familia. María Elena no ha dejado de llorar. ¿Qué va a ser de nosotros?- piensa una y otra vez, al tiempo que acaricia al niño pequeño que duerme ajeno a todo.
Mira por la ventana y siente que la oscuridad los protege.
– No vendrán hasta que sea de día- se dice a sí misma, pero se equivoca.
Rememora todo lo que ha pasado y siempre llega a la misma conclusión: sus vidas se torcieron hace un año, cuando el Ayuntamiento vendió el piso en el que viven de alquiler, pagando una renta social, a un Fondo de Inversión extranjero.
La nueva empresa compró todas las viviendas municipales  de la zona y como medida inicial les aumentó drásticamente el recibo de la comunidad, pero eso fue sólo el principio, posteriormente les subió la renta hasta triplicarla, de forma que a los pocos meses les fue imposible asumirla. Poco tiempo después a Juan lo despidieron. El subsidio apenas les llegaba y los trabajos ocasionales que conseguía cada vez estaban peor pagados. Para colmo, ella estaba embarazada y no se encontraba bien, así que tuvo que dejar de trabajar y al no estar asegurada perdió esos escasos ingresos que paliaban la maltrecha economía familiar. Este cúmulo de circunstancias dio lugar a que debieran diez mensualidades, ocasionando una deuda que no podían abordar. En esta precariedad nació Jesús y a los pocos días de su llegada, cuando aún estaba convaleciente del parto,  recibieron la primera notificación de desahucio.
Suspira al recordar que con el apoyo de los vecinos y la movilización de  otros afectados consiguieron retrasar lo inevitable, pero su rostro se ensombrece al pensar que  los “buitres” merodean y no abandonan su carnaza, y ella se siente carnaza. Ya sabían que la notificación volvería a llegar cualquier día. Y entonces piensa: - la Justicia no los ve, porque los poderosos lo controlan todo.
Y ese día es el que llegará con la primera luz del amanecer. Con estos pensamientos, se vuelve a preguntar: -¿Qué va a ser de nosotros? No tenemos familia a la que acudir. ¿Qué va a ser del niño, qué futuro le espera?
Aún no ha amanecido, pero el ruido en la calle le saca de sus pensamientos. Juan se acerca a la ventana y palidece. Varios furgones policiales invaden la calle.
Lejos de allí, en el Distrito Centro, Ramón Collado está haciendo su turno de noche. A primera hora, patrulla con su compañero por la calle, pero el “Barrio del Alcalde”, como se conoce a esa zona de la ciudad en la jerga policial,  es muy tranquilo y no ha habido ningún incidente, así que el resto de la guardia se resguardan del frío invernal dentro del furgón, pendientes de la emisora.
Ramón también está atento al móvil, porque su mujer está embarazada y le falta poco para salir de cuentas, de esta suerte, en cualquier momento le avisa.
De madrugada, antes del amanecer, reciben órdenes para ir de apoyo al Distrito Sur. Está prevista una actuación judicial, se trata de un desalojo. Los mandos deciden ejecutarlo  antes de que llegue la luz del día, por sorpresa, para que no haya  demasiado público. Pese a todo, les ordenan que se protejan porque es posible que los vecinos se movilicen y deben estar preparados para controlar la situación, si se pone violenta.
Ramón recuerda la última vez que participó en un desahucio, cuando dos policías resultaron heridos. No le gusta nada este tipo de intervenciones, pero cada vez son más frecuentes. Mientras su compañero comenta:
-       Serán otros “cabrones”, que no quieren pagar, como si todos no tuviéramos que apoquinar nuestras hipotecas.
Cuando llegan a la calle del domicilio en cuestión, a Ramón le sorprende el despliegue policial, hay ocho furgones acordonando la zona, como si de un atentado terrorista se tratara. Los cascos, los escudos y las porras intimidan a los ciudadanos, que ya se han congregado y  los miran con recelo, y ellos lo saben. Impasible, el cuerpo policial avanza hacia la vivienda, bajo los gritos desesperados y los insultos de los instigadores.
Los ciudadanos concentrados se agarran entre sí para formar una masa compacta que sin embargo, se diluye ante la embestida. Escudados en sus armazones impenetrables y blandiendo  las porras se abren paso, empujando y golpeando a los agitadores. La “máquina ejecutora” no se detiene hasta alcanzar el objetivo.
Juan sabe que todo está perdido, coge lo poco que los brazos le permiten abarcar y sale de la vivienda con la cabeza gacha, lo sigue su mujer con el hijo en brazos, que empieza en ese momento a llorar. Al pasar delante de Ramón, María Elena levanta la cabeza y exclama:
-       ¿Por qué hacéis esto?
Todas las personas reunidas comienzan a aplaudir y gritan consignas de ánimo hacia los desahuciados.
Amanece cuando la policía se retira del barrio. Ha sido una actuación limpia y rápida. Se acaba el turno y Ramón llega a casa. Su mujer duerme plácidamente mientras él entra en el baño y vomita.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Reencuentro con el mar

Autora: Carmen Sánchez

El viento aireó su cara frente al mar y sacudió su mente, aletargada durante mucho tiempo. Los recuerdos felices, tan lejanos, volvieron a su memoria y sin darse cuenta apretó la mano del niño contra la suya.
Había olvidado cuando fue la última vez que se sintió a salvo, y ahora notaba como la inmensidad del mar los protegía. La luz intensa de la mañana, penetraba por su piel y caldeaba su alma, consiguiendo dibujar casi una sonrisa en su rostro pálido. Como si un halo mágico los envolviera.
Cogidos de la mano, madre e hijo, caminan sin prisa por la arena húmeda, dejando tras ellos un rastro de pisadas, todavía débiles, pero decididas.
Así, de lejos, no se aprecia el temblor imperceptible de la silueta materna, tampoco la mirada huidiza. Si no los miras con atención, no descubrirás el gesto de dolor que se refleja en el rostro femenino, ante determinados movimientos, cada vez que el pequeño le tira del brazo sin darse cuenta. Es otra secuela más, de la última vez,  cuando protegió su vida,  resguardándose tras el brazo del golpe mortal. Fue la última vez, cuando tras abandonarse a la muerte, el llanto desgarrado del niño la ató a la vida y la ira del hombre sólo consiguió huesos rotos.
Si los miras detenidamente verás, que una llama de  esperanza asoma a sus ojos tristes. El niño se suelta de la mano, y empieza a correr tras una gaviota. La madre lo sigue, van camino de casa, la casa de acogida