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domingo, 29 de enero de 2017

Dos apestados en la mesa de Navidad

Autora: Elena Casanova Dengra

― ¡No, no es posible! ¿Qué me estás diciendo?

― Lo que oyes, Mari Trini, que los primos del pueblo se quedan a cenar con nosotros.

― Venga hermana ―respondió Mari Trini mientras medía la distancia entre las copas y los platos dispuestos en una larga mesa― hoy no es el día de los inocentes.

― Papá  ha insistido para que se queden a cenar, convenciéndolos de lo peligroso que es volverse al pueblo después de la nieve que ha caído.

― Y el viejo este, no podía haberse callado la boca y morirse de una vez. No sé a qué espera. Lleva cinco meses en la cama pero no tiene prisa por marcharse. A esa que lo atiende se le está quedando cara de acelga por estar tanto tiempo encerrada entre las cuatro paredes de su dormitorio atendiéndolo día y noche.

― ¡Mari Trini! ― le reprobó Pepita― ¡no hables tan fuerte que te van a oír las chicas del servicio!

― Me importa una mierda lo que piensen ese par de  papagayos chismosos.

Mari Trini, con una agitación frenética, removió  platos, copas y cubiertos sobre la mesa hasta conseguir un hueco para dos comensales más.

― Y ahora Pepita-  la cara de Mari Trini lucía tan roja  como los pimientos de piquillo-  al lado de quién siento yo a estos dos campesinos que huelen a vacas y estiércol. ¿De Javier? ¿De Elvira? Por dios dejaríamos cerrada para siempre la puerta a sus excelentes y  privilegiados contactos. De qué van a hablar estos dos desmayados con un senador  y una diputada, ¡oh señor!

― Pero Mari Trini, son socialistas y ellos entienden de clase obrera ―declaró con una mueca entusiasta  la hermana.

― ¡Calla Pepita y no seas absurda! Socialistas, socialistas… esos ya no existen. Son personas con una clase y no se merecen estar con el vulgo en una noche tan importante y en mi casa. ¡Ay! ¿Qué vamos a hacer?

― Y con el obispo, él y la iglesia, la iglesia y los pobres…

― ¿Con el obispo? Ese se pasa media noche catando y disfrutando  nuestros vinos para pasar a recitar en estado casi místico todas las virtudes de los líquidos que han ido deslizándose  por su esófago.  Que si  el aroma complejo y elegante, que si  en la boca es cálido y goloso, de equilibrada acidez  con notas balsámicas de madera perfectamente integradas en el conjunto del vino… ¿Tú crees que este par de catetos se van a enterar de algo?

― Estoy pensando en Rafaela y Antonio, están sordos como tapias y no se van a enterar de nada de lo que se diga en toda la noche.

― ¿Tú estás loca o chiflada? Rafaela es la señora más elegante de esta ciudad y él, todo un intelectual, por poco que oigan esos dos… Están también las fotos. ¡Qué horror! ―Mari Trini se echó sus manos a la cara cubriéndose los ojos y negando categóricamente con la cabeza. ― ¡No, no, no! No puede ser, mañana seremos el hazmerreír de todos nuestros amigos y conocidos.

Pepita la miraba con cara de asombro y no sabía muy bien cómo reaccionar ante estos pequeños ataques de ira de su hermana, solo se atrevió a balbucear un «qué pasa».

― ¿Qué pasa, qué pasa…? Marita, Carmen, Desi… y tantas otras. Mañana estaré en boca de todas esas zorras  diviertiéndose a mi costa y colgada en las redes sociales dando vueltas como una peonza, imagínate.

― ¿Por qué…?

― Las fotos, las malditas fotos. Tus sobrinas y todos los demás se pasarán media noche con los móviles haciendo un reportaje pormenorizado de todos los detalles de la cena. ¡Dios mío, papá, hasta el día que te mueras vas a estar dando quebraderos de cabeza a tu familia! Me he pasado casi un mes preparando esta cena para que a última hora me encuentre con este par de marrones.

― Hermana, ¿Te has fijado en el vestido de la prima?

― Cómo no me iba a fijar en la vulgaridad de ese trapo, en los zapatos de mercadillo y su pelo escardado que apesta a laca barata. Para no fijarse…

― ¿Y en el color de los calcetines de él? ― aulló casi divertida Pepita al recordar el contraste entre el blanco inmaculado de sus calcetines y el marrón oscuro de sus zapatos.

― Hay que hacer algo y pronto. Llama rápidamente a Lucia, que venga con todos sus útiles de costura y haga algún milagro con alguno de nuestros vestidos para ella y con un traje de chaqueta de papá para él. No voy a permitir tener a dos ordinarios con pinta de cazurros en mi mesa. Y llama a Carmen, la peluquera. Si alguna de ellas pone pegas las amenazas con quitarles los alquileres y clientes de sus negocios. Pondremos a los primos a nuestro lado en la mesa y seremos nosotras quienes nos sacrifiquemos, qué le vamos a hacer. ¡Maldito papá, maldito!

En ese momento se oyeron voces y pisadas nerviosas que procedían del piso de arriba. Luisa, la médica, había venido a reconocer al enfermo, bajó deprisa las escaleras y presentándose en el comedor les dijo que su padre acababa de fallecer.


Mari Trini y Pepita se miraron con cierta perplejidad y, aunque era una noticia que esperaban hacía tiempo, no creían que sucediera el día de nochebuena. Despidiendo con celeridad a la médica y antes de tomar cualquier iniciativa, cogieron sus teléfonos móviles para avisar a su media docena de invitados de la cancelación de la cena por la inoportuna y tristísima muerte del padre. Cuando apagó su móvil,  Mari Trini, lentamente y con una intensa paz en el alma,  abandonó el comedor pensando: “te has portado papá, por una vez en tu vida, te has portado”

lunes, 24 de octubre de 2016

Miguelito, angelito.

Autora: Elena Casanova

No quería hacerlo, sabe dios que no era mi intención, pero la capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien  estrechos. Así es cómo sucedió:
Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar  pensando que una cerveza  sería más que  suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me senté en una soleada esquina y  pedí al camarero una caña. Los primeros  sorbos me supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.

Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y  cara de pocos amigos.  Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules,  vivaces y desafiantes,  se posaron en  mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en  una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron  cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición  y a los pocos minutos   arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas  con un agudo  y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a  protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.

Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario,  aceleraba el  ritmo de sus pies  por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar.  —Miguelito, cielo, ven aquí cariño ­­—volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el  concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.

Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitándole primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.

La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos, por fin al saber a su niño feliz.  

Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con  mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida rescató a su pequeño y .se lo llevó.

No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y  poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y  parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.

Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Un extremo lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo  se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una profunda calma invadió mi alma.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Las rosas de Hafelti

Autora: Elena Casanova


A María solo le queda mirar el último regalo que su marido le trajo de tierras lejanas. Todas las noches, antes de irse a la cama, se acerca al parador del comedor adornado con un jarrón de porcelana que contiene un insólito ramo de Flores; desliza suavemente las yemas de sus dedos por los pétalos al mismo tiempo que susurra una sencilla oración para Luis,  el hombre con el que  un día  decidió compartir su vida.

María y Luis se casaron un oscuro y frío mes de febrero de 1900. Vivían en una casa enorme junto a la playa. No habían tenido hijos, y María echaba de menos la maternidad, se le hacía muy cuesta arriba una vida sin vástagos a quienes cuidar y un marido que se pasaba demasiado tiempo viajando por el país y extranjero como comerciante de telas. Su última salida se prolongó por un año al hacer un recorrido por los países del Mediterráneo.  De ese largo periplo, aparte de  sedas, tafetanes y rasos, obsequió a María con un magnífico ramo de rosas secas, cuya singular belleza radicaba en el  intenso color negro de sus pétalos.

María, gran aficionada a la botánica, destripaba todos los libros que sobre el tema caían en sus manos, y su jardín era uno de los más bonitos y mejor cuidados de toda la ciudad. Tan maravillada quedó con aquellas rosas que  no paró de investigar hasta que dio con  la información que había de aquellas  plantas tan insólitas. Así supo que estas flores, únicas en el mundo, se criaban en una pequeña localidad turca, Hafelti, debido a la condición del suelo y el nivel del PH de sus aguas subterráneas filtradas del río Eúfrates. Y con gran sorpresa también descubrió un mundo paralelo relacionado con la magia y los conjuros.

A los dos meses de su llegada, Luis le comunicó que tardaría poco  en volver a marcharse para explorar el nuevo mercado de tejidos que se estaban extendiendo por toda Europa.  Maria se quedó triste y muy abatida por la noticia, no se hacía a la idea de otra larga temporada en la soledad de aquella casa tan grande y tan vacía. Tenía que hacer algo y pronto para impedir su partida. Trató de convencerlo para que se quedara en la ciudad, trabajar en un negocio más modesto y poder estar juntos. Todo esfuerzo fue inútil; en realidad Luis era una persona inquieta y permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio era algo inconcebible. María lo sabía desde siempre pero nunca perdió la esperanza de un cambio de actitud con el tiempo.

A la mañana siguiente, mientras Ágata servía el desayuno, los ojos de María se quedaron fijos las rosas negras, y de pronto creyó tener la solución para retener en casa a su marido. Habló con la criada para insinuarle que la magia de esas flores sería la solución para evitar la marcha de Luis. Ágata que había criado desde pequeña a María y no soportaba verla tan triste, la ayudaría de una forma más práctica, para ella  los encantos y brujerías no resolverían nada.

 En cuanto Luis abandonaba la casa, las dos mujeres se escondían en la cocina y realizaban el conjuro de las rosas de Hafelti. Junto a una foto del marido colocaban  un mechón de pelo, una vela y una rosa negra. Acto seguido un texto en latín era todo lo necesario para llevar a cabo la ceremonia. Lo que ignoraba Maria era que todos los días, en la taza de café de Luis, iba disuelta una pequeña cantidad de matarratas. A Luis no le quedó más remedio que  suspender su viaje al encontrarse muy débil y con unas sospechosas manchas en la piel.

Durante los primeros síntomas, María se encontraba muy cómoda cuidando y mimando a su marido de la mañana hasta la noche. Daba las gracias una y otra vez por tenerlo a su lado, nunca lo había sentido tan cerca. Pero la alegría no duró demasiado. Los primeros signos no desaparecían sino que cada vez eran peores. Junto al cansancio, la confusión, las naúseas y los vómitos se convirtieron en habituales. La piel era un velo pálido, así como sus labios y conjuntivas. Las molestias abdominales eran muy intensas y ya no se sentía capaz de salir de la cama. El médico lo visitaba todos los días pero ninguno de sus remedios parecía hacerle efecto, fue incapaz de diagnosticar la enfermedad. Una madrugada, por fin, Luis dejó de respirar y de sufrir, tras una  noche  de diarreas sanguinolentas,  convulsiones y grandes dolores.

Lo enterraron una tarde brumosa, silenciosa, tan misteriosa como  la  misma muerte. El féretro estaba rodeado de unos pocos conocidos a quienes la existencia aún les daba una tregua  y entre los cuales había tres personas que se sentían responsables de aquel cuerpo sin vida. María, por haber coqueteado con el mundo de la hechicería y el ocultismo. Su médico, por la impotencia de no haber podido hacer nada por ese desgraciado. Estaba convencido que había contraído esa extraña enfermedad en algún rincón de los  países que había frecuentado. Y Ágata,  aunque  no se sentía orgullosa de lo que había hecho, sí que sentía cierto alivio. Por  fin su señora se sentiría en paz y no sufriría más por el desplante y el abandono de un hombre.

jueves, 30 de junio de 2016

La fatalidad del doble

Autora: Elena Casanova

Sería mi destino… eso es lo que me repito todos y cada uno de mis días.

Nunca he sido demasiado guapo según mis tías, eso sí, con  la firme oposición de mi madre que siempre presumía de su vástago delante de las engominadas  y petulantes hermanas de mi padre. Flaco, larguirucho y algo desgarbado,  esa es la imagen que proyecto habitualmente al mundo; con la timidez por bandera y en el rostro una expresión entre lánguida y cansada, nunca he sido demasiado ducho en las relaciones con el sexo opuesto, para mí las mujeres son  animales muy superiores que siempre me han mirado con despotismo y altanería.

Durante cuatro años preparé las oposiciones de educación infantil sin demasiado éxito, cuando por fin  logré un trabajo de sustituto en una pequeña ciudad gaditana. Si he de ser sincero, me costó horrores conectar con los alumnos pero, poco a poco, me fui acostumbrado a “esos locos bajitos” como tan bien los definió Serrat. Durante algún tiempo compartí piso con un compañero de trabajo aunque luego opté por alquilar un  pequeño apartamento, había alcanzado esa edad en la que la independencia se convierte en algo casi imprescindible. Jamás imaginé el placer de acondicionar mi nuevo habitáculo formado por un comedor con cocina incorporada y un dormitorio con un baño adjunto. En la mesa del comedor no faltaban las flores, desde muy pequeño siempre vi bonitos ramos en  mi casa, y no concebía vivir en un espacio sin este adorno. Encontré, en el mercado de los sábados, un pequeño puesto de plantas. No había gran variedad de especies, pero sí que encontré las flores más frescas que jamás había comprado.  Lo regentaba  una chica joven que me aconsejaba sobre cuidados y me explicaba las peculiaridades de todas las variedades que poseía. No era especialmente bonita, pero desde el principio me quedé prendado de la simpatía de su cara, de sus movimientos, del timbre de su voz. Cada vez que iba al mercado pasaba más tiempo hablando con ella hasta que un día me propuso vernos fuera de su  trabajo, para poder charlar relajadamente y conocernos mejor.  Nos citamos en un parque junto al mercado, cerca del tobogán.

Mi estado de excitación era tal que apenas  me concentraba en mi trabajo y los niños lo notaban. Se pasaban parte de la clase llamándome la atención: “maestro no ha encendido la pizarra, maestro no has repartido los folios con los dibujos, maestro  hoy nos iba a llevar a la sala de informática, maestro el timbre del recreo ha sonado hace un rato”… Se divertían, lo disimulaban mal, a consta de mis despistes  y creo que intuían algo, aunque no se atrevían a comentarlo abiertamente.   Me sentía en una nube, una chica se había fijado en mí y quería pasar un rato conmigo.

Horas antes del encuentro,  miré al chico que había en la otra parte del espejo del cuarto de baño mientras me rasuraba la barba, y le pregunté, nervioso, de qué iba toda la historia con la chica del mercado.  Le pregunté también si había pensado de qué puñetas iba a hablar en las siguientes dos o tres horas, su vida se había  encasillado en una mediocridad tal, que a nadie le importaría. Terminé con un toque de colonia, salí del baño y dejé mi cara de impostor aguafiestas  junto al lavabo. Bajé las escaleras de tres a tres, a punto de llevarme por delante el gato de la portera cuya pachorra me sacaba de mis casillas tantas mañanas cuando se quedaba atravesado en cualquier peldaño. Me miraba con ojos desafiantes si me atrevía  a molestarlo, impostura chocante en un minino.

Camino del parque tropecé varias veces con el bordillo de la acera que estuvo a punto de costarme un disgusto. Me senté en el primer banco que vi junto al tobogán del parque mientras observaba el juego de los niños. Consultaba el reloj cada cinco minutos. El tiempo parecía que no correr, sin embargo las agujas saltaban de raya en raya a una velocidad vertiginosa. Ella no aparecía.  Como estaba acostumbrado a esperar,  un cuarto de hora de retraso me pareció algo que entraba dentro de lo razonable, media hora, tres cuartos, una hora… me cansé de mirar y escuchar los gritos de los chiquillos, casi les odié. Me marché  con la cabeza gacha, como si toda la gente que se encontraba a mi alrededor hubiera sido testigo del desplante.

No volví al mercadillo, no hubiera sido capaz de mirarla a la cara. Pasé demasiados días  lamentándome hasta  que  el tiempo se  hizo cargo de mermar el  enfado y la desilusión a partes iguales. Pasados unos meses, durante un paseo, llegué al mismo parque. Era más grande de lo que yo pensaba y  me adentré y me perdí por sus caminos que parecían un laberinto. En el extremo contrario comprobé que existía otra zona de columpios, con un tobogán incluido. Me quedé pasmado y en mi cabeza la misma palabra rebotaba una y otra vez: “estúpido, estúpido, estúpido…”


No tenía número de teléfono ni dirección, así que iría el sábado siguiente a aclarar el malentendido. Me levanté temprano y me dirigí al puesto de las flores. No estaba allí y su lugar lo ocupaba  otro de bolsos y zapatos. Pregunté por ella a todos los vendedores circundantes, pero nadie sabía nada. Dicen que dejó de aparecer un sábado sin explicación alguna y no la habían vuelto a ver. Recorrí desesperado todo el mercado pero no encontré rastro de ella ni de su puesto. Las únicas flores que vi fueron un par de rosas marchitas encima de una papelera urbana. 

lunes, 23 de mayo de 2016

La mortaja de mi tía Julieta

Autora: Elena Casanova Dengra


El techo del armario de la tía parecía un ecosistema bien estructurado. A la derecha, una pila de revistas bien ordenadas  estaba flanqueada por cajas de distintos tamaños  atiborradas de medicamentos, caducados la mayoría. El centro lo ocupaban toda clase de objetos, desde tijeras oxidadas pasando por agujas de tejer, hilos de distintos colores y tamaños, cintas de medir borradas y diversos útiles afines. A la izquierda, por fin, encontré lo que buscaba. Bajé de la escalera, la acerqué al otro lado del armario y cogí la caja.

 Encima de la cama  la abrí sin prisa como si formara parte de una ceremonia, las circunstancias así lo requerían o, por lo menos, era lo que yo pensaba.  El contenido de aquel paquete estaba primorosamente envuelto en una tela blanca y sujeto con varios lazos de raso. Cuando deshice el último nudo  y lo dejé al descubierto, mis primas y yo nos quedamos  atónitas con lo que vimos.

La tía Julieta, una mujer de carácter tranquilo y reservado, fue siempre muy celosa de su  intimidad. Se puso a trabajar en una tienda de tejidos cuando apenas era una niña. Muy pronto se enamoró de todas aquellas telas, tan  coloridas algunas y tan suaves al tacto otras, que decidió  aprender el oficio de costurera para poder manipular a su antojo aquellos materiales que tanto la fascinaban. Aprendió a coser junto a una señora mayor  y cuando esta decidió que ya era hora de su jubilación,  mi tía montó un pequeño taller en su casa y desde allí siguió prestando servicio a las antiguas clientas de su maestra y, con el tiempo, fueron llegando otras nuevas. Mujer de misa, rosarios y pocas fiestas, no se casó, por encima de cualquier cosa, nunca quiso renunciar a su independencia.

Hasta el final vivió sola y cuando el cuerpo determinó que las fuerzas son algo realmente extraordinario con los años,  permitió que una señora se pasara un par de horas cada día para ayudarle en la limpieza de la casa y en su higiene personal. Murió una mañana, temprano, sentada en el sillón del comedor mientras se tomaba una taza de café con leche y veía las noticias  en un viejo televisor.  No dio ni un ruido, ni siquiera para despedirse.

Alguna vez me hablaba de la muerte y, cuando lo hacía,  adoptaba una pose grave y la resignada.

­— Cuando muera, quiero que me enterréis con la ropa que tengo guardada encima del armario.

― Venga tía, no  tiente a la suerte y deje usted a la Parca en paz allá donde quiera que esté,  no vaya a ser que le dé por venir a hacernos una visita antes de tiempo― le contestaba  con cierta sorna.

Envuelto en la tela blanca apareció ante nuestros ojos un vestido de flamenca  con grandes lunares rojos y una cajita  con todos los complementos: un enorme collar de cuentas, unos aros, un par de pulseras y dos rosas en tela roja y blanca.  Mis primas y yo no dábamos crédito al descubrimiento, jamás hubiéramos imaginado que la última voluntad de nuestra tía pasara por vestir un traje de gitana.

A cuestas con nuestro escepticismo y con nuestro asombro vestimos a la tía. Una vez colocada en el ataúd, lo cerramos inmediatamente porque la imagen  que proyectaba  resultaba de lo más patética. 

A partir de entonces y a idéntica  hora,  las cinco de la mañana, me desvelaba el mismo ruido: unos golpes en el cabecero de la cama. Abría los ojos empapada en sudor mientras se me aparecía el rostro compungido de  mi tía indicándome  con el dedo índice un lugar estrecho y oscuro. Ella, sin duda alguna, aun a costa de pensar que estaba perdiendo mi propio  juicio, intentaba comunicarse conmigo, pero yo era incapaz de entender qué quería decirme. Como esta escena se repetía con bastante frecuencia, la mayoría de las noches, al acostarme, adelantaba la alarma del despertador para evitar tanta angustia.

Meses más tarde, apareció un comprador de la casa donde mi tía había pasado toda su vida. El nuevo dueño la quería vacía y tuvimos que deshacernos de todo lo que había dentro. Para ello llamamos a una institución benéfica que se hizo cargo del trabajo a cambio  de un poco más de una docena de muebles. Al desplazar el armario de su dormitorio, se oyó caer algo desde atrás. Era un paquete muy bien envuelto. Cuando lo abrí me quedé pasmada. Un sencillo vestido enlutado sin más adornos que un elegante camafeo con un marco de plata envejecida. En una  bolsita aparecieron unas medias de seda negra junto con un rosario de cristal verde oscuro. Dirigí la vista hacia el cielo y solo pude decir: “lo siento, tía.”

A partir de aquella noche, no volví a despertarme con más porrazos en mi cama ni con  la afligida cara de mi tía Julieta

viernes, 22 de abril de 2016

Diez sugerencias

Autora: Elena Casanova Dengra
       
Amarás a Dios sobre todas las cosas.

¿Quién es dios? ¿Dónde está? ¿Por qué habla tanta gente de él si no lo conocen? Si yo fuera dios, lo primero que haría, sería dar una conferencia de prensa a nivel mundial, me presentaría y explicaría quién soy y cómo gestiono mi existencia, vuestra existencia y, a partir de ahí, que cada cual decida  quererme o no. 

No tomarás el Nombre de Dios en vano.

¡No en mi nombre! Ese sería mi lema y lo bordaría en letras grandes en todas mis camisetas para que la gente pudiera leerlo y no olvidarlo jamás. Porque ya  está bien utilizar mi fama y mi notoriedad como  excusa perfecta para  matar, robar, engañar, subyugar…, nunca más en mi nombre.

 Santificarás las fiestas.

Tumbado en el sofá, debajo de una sombrilla, o tirado en lo alto de un risco contemplando las nubes. Riendo, llorando, alegre, ofuscado… como te apetezca.

Honrarás a tu padre y a tu madre.

Como a cualquier otra persona que lo merezca y creas que debe ser tratado con respeto.

No matarás.

Claro que mataría y haría publicidad para que así se hiciera. En grandes vallas con letras de  colores brillantes invitaría a todos a matar la violencia,  el lujo, la ambición, el racismo, la pobreza… si fuera dios mataría toda la imbecilidad, la apatía, la indiferencia.

No cometerás actos impuros.

¿Actos impuros? ¿Se consideran actos impuros aquellos que van contra natura? Extraño razonamiento. Si yo fuera dios dejaría que la pasión quedase anclada  en el corazón, y cancelaría aranceles y fronteras para que todos los labios pudieran ser besados y los cuerpos amados sin limitaciones.

No robarás.

Y los ladrones devolverían multiplicado por diez lo hurtado y luego les daría un paseo por el planeta y les explicaría que, los campos, los bosques, el agua, las playas… no son bienes privados sino que están ahí para ser disfrutados por todos con mucha moderación y, sobre todo, con mucha inteligencia.

No dirás falsos testimonios.  
        
A los mentirosos y a los que se dedican a destripar acerca de las miserias de los demás les saldría protuberancias lechosas en la nariz y sus lenguas engordarían tanto que no podrían  blasfemar contra nadie.

No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Pensar, desear, imaginar… ¡somos humanos, por dios!

No codiciarás los bienes ajenos

Los bienes ajenos son los públicos, los de todos, con los que se pagan hospitales, escuelas,

servicios sociales… así que si los codicias y, encima, te quedas con ellos, te arrepentirás. Sufrirás todas las miserias, esas mismas de las que serás responsable, multiplicadas por diez. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Una de chuchos

Autora: Elena Casanova Dengra

Una de perritos (relato de mascotas)

Media tarde, tres amigas reunidas en la terraza de una lujosa cafetería en un barrio bien de una gran ciudad.

Cayetana.- Estoy tan preocupada, desde que volvimos del viaje  y lo recogí, no ha sido el mismo. En casa ni siquiera juega cuando vienen mis sobrinos, y  en la calle anda con desgana y no se relaciona con los demás.

Yaiza - Oye, os iba a llamar para preguntaros si habíais notado en vuestros perros algún cambio significativo, porque mi pobre Chuqui  está muy raro también. Cuando lo sacaba a la calle se volvía loco, saltaba y corría por todos sitios, pero ya no es el mismo.

Valeria.- Ya os lo dije. A mí no me gustaba demasiado la residencia donde dejamos a nuestras mascotas. Pero Vicky  insistía tanto en sus bondades, que al final me dejé llevar.

Cayetana. Pues yo lo vi fenomenal.  Piscina, sus camitas blanditas, la mejor comida, mucho espacio libre para corretear…

Valeria- Sí pero creo que no había aire acondicionado. Hace demasiado calor a mediodía en esta época del año, y a mi pobre  Belinda unos grados de más le sientan fatal.  Ha perdido el apetito y se pasa el día bebiendo agua;  me han dicho que puede ser una depresión. Es la primera vez que se separa de mi lado unos días y no le ha sentado demasiado bien.

Yaiza.-  También mi Chuqui se pasa el día durmiendo. Cuando no estamos en la calle se arrincona en su lugar preferido y no hay quien lo levante. Da igual quien venga a la casa, ni se inmuta. Está muy triste y se pone a llorar muy a menudo. También es la primera vez que se separa de mí.

Cayetana-. Quizá tendríamos que haberlos llevado con nosotras. Hay miles de hoteles que aceptan mascotas. Los hubiéramos tenido a nuestro lado y ahora no estarían emocionalmente destrozados. Tantos días solos y fuera de casa los ha descontrolado. Mi pobre Piti.

Valeria.- Bueno, si os parece mañana los llevamos a un especialista. Me han hablado de uno que es el mejor en depresiones caninas. Nos va a costar una pasta, pero no importa, lo importante es que ellos estén bien y vuelvan a ser felices.

Cayetana.- Oh Valeria! No me había dado cuenta pero llevas unos manolos  preciosos. Quiero que me cuentes ahora mismo, cuándo y dónde los has conseguido.

Valeria.- Ah, ah, ah! Es un regalito de alguien muy especial, pero a ti no te lo digo, ja,ja,ja.

Cayetana.- Lo averiguaremos, ¿verdad Yaiza?

Yaiza.- ¡Claro que sí! Entonces, ¿llevamos mañana a los chuchos?

Valeria.- Pensándolo mejor, creo que voy a mandar a Lola, la asistenta. Había olvidado que mañana tengo gimnasio a primera hora, y después he quedado con Marta para hacer algunas compras. ¿Os apuntáis? Comeremos fuera. Han abierto un japonés que me han dicho que la comida es genial.

Cayetana.- Claro que nos apuntamos. Me levantaré temprano a hacer algunas gestiones y luego me podré reunir con vosotras.

Valeria.- Una idea genial. Yo también tengo un partido de padel en el club, pero luego  estaré libre y con total disponibilidad. Mandaré a la chica, Mariluz, que lleve a Belinda al veterinario.


jueves, 29 de octubre de 2015

Miedica

Autora: Elena Casanova


― ¡Miedica, miedica… eres un miedica! ¡Eres un cobarde! ―. Estas palabras retumban en la cabeza de David una y otra vez antes de perder el conocimiento.

Minutos antes estaba junto a un grupo de amigos en la puerta del cementerio a altas horas de la noche. La oscuridad es total; el cielo, cubierto de una espesa capa de nubes, impide cualquier resquicio a la luz de la luna. Solo, de vez en cuando, un relámpago deja entrever el camino acotado de altos cipreses que lleva al camposanto y, al otro lado del portón, las primeras tumbas se adivinan adornadas mayormente de cruces. Todos son muy jóvenes, y las primeras señales de la adolescencia se hacen visibles en sus caras en forma de granos y en cuerpos desgarbados.  Parecen muy valientes y decididos a traspasar la pesada puerta de hierro, excepto David que permanece silencioso y relegado a un segundo plano.  Nadie le hace caso, hasta que el cabecilla del grupo se fija en él burlándose de la expresión de miedo de su rostro. Al momento, todos los demás se unirán a la chanza. David, que siempre ha sido un niño resuelto y audaz, comienza a sentirse incómodo y se ruboriza. No tolera que sus amigos se rían de él, es demasiado orgulloso y, sin pensárselo demasiado, escala con movimientos ágiles la enorme puerta. Una vez que ha conseguido pasar al otro lado, dirige la linterna a las caras de asombro de sus compañeros, instándoles  a que lo esperen al otro lado del cementerio por la parte exterior porque él, en solitario, lo cruzará por dentro. En ese instante se imagina el revuelo que causará durante los próximos días en el instituto cuando  se propaguen los comentarios de toda su valentía, convirtiéndose en un héroe.

Camina lentamente porque la linterna solo cubre un pequeño espacio del suelo y no ve demasiado bien por dónde anda. Se pregunta cómo alcanzará el  lado contrario con tan poca visibilidad. Para colmo, unas cuantas gotas de agua se convierten de pronto en un intenso aguacero. Bajo la lluvia, David pierde la noción espacial y camina entre las tumbas dando bandazos. Cuando se acerca a la parte más antigua del cementerio acaba escurriéndose y cayendo en un agujero bastante profundo que no puede ser más que una fosa. Aterriza sobre un ataúd y cuando dirige la linterna, bajo  sus pies ve una vieja caja de madera  astillada y rota por el golpe. Descubre horrorizado en el interior un cuerpo momificado cuyo rostro parece estar sonriéndole. Se le escapa un grito. Rápidamente  intenta  escalar las paredes y salir de esa pesadilla, pero la lluvia ha humedecido tanto la tierra que todo intento por salir se convierte en una tarea imposible. Comienza a ponerse muy nervioso. En su desesperación el ritmo del corazón se vuelve más  intenso produciéndole un leve dolor con cada latido; su respiración es irregular y más fuerte, siente que le falta el oxígeno; los  músculos de todo su cuerpo, de repente, se han agarrotado de manera que apenas puede moverse, solo se agita con sacudidas cortas, rápidas y cada vez más frecuentes. Mientras se hace consciente de que ha perdido todo el control de su cuerpo, el pánico se va acrecentando hasta el punto de perder la conciencia.


A la mañana siguiente, muy temprano, cuando el sol aún no ha salido por el horizonte, dos operarios del ayuntamiento abren el pesado portón del cementerio y se disponen a realizar sus labores. Han decidido comenzar tapando la fosa que el día anterior abrieron por equivocación. Cogen las palas y  sin distinguir lo que hay en el interior debido a la poca luz de esa hora, van rellenando con tierra el agujero sin percatarse  que un cuerpo, aún con vida, comienza a revolverse.
 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La diva

Autora: Elena Casanova

Llegó muy temprano, casi al amanecer, unas horas antes de lo previsto.  Cuando entró en recepción, detrás del mostrador se encontraba  Diego, el dueño y la única persona que conocía la hora exacta de su llegada. Con la cabeza cubierta por un pañuelo que le tapaba la mitad de la cara, le dio un rápido apretón de manos y subió a su habitación aceleradamente. Por la mañana, Diego, no nos podía contar nada más porque había firmado un contrato de confidencialidad que le prohibía difundir cualquiera de las  rutinas durante su estancia en el hotel.

A las siete en punto bajó a recepción  una señora de mediana edad, el pelo recogido en un moño bajo, un discreto vestido negro por debajo de la rodilla con unos zapatos del mismo color y tacón bajo. Con semblante  sereno y muy serio preguntó por el dueño del hotel y, una vez que estuvo delante, le soltó una lista de todos los cambios que había que hacer en la 315. Después de leer el contenido, Diego me llamó a su despacho para  comunicarme que a partir de ese momento yo sería la encargada de satisfacer todas las necesidades de la diva, nombre que utilizaríamos a partir de ese momento para referirnos a la famosísima actriz de origen belga que visitaba nuestro país, en concreto la provincia de Jaén, para  grabar un anuncio de aceite.  Había decidido hospedarse en un pequeño y apartado hotel de la sierra de Cazorla, donde  trabajé durante el verano del 95. No me lo podía creer, jamás hubiese imaginado estar tan cerca de una de mis actrices favoritas cuyas películas me las sabía de memoria.

Cuando subí a su habitación creí que la encontraría todavía allí pero no había rastro de ella. Solo vi a la mujer de negro que estuvo casi todo el día pegada a mis espaldas sin parar de dar órdenes y corregir continuamente la manera en que debía hacer mi trabajo. A partir de ese momento, y durante la semana que la diva permaneció en el hotel, las horas se volvieron tensas e infinitas.

Comencé por cambiar las toallas y sábanas. Todas tenían que ser del mismo color y colocadas de una manera muy específica. No podía haber menos de un par de toallas en el baño colocadas encima del lavabo con tres dobleces. Hacer la cama suponía una verdadera tortura.  La señora de negro, supervisando cada uno de mis movimientos, no toleraba que hubiera ni una mínima arruga en toda la superficie, con lo que en más de una ocasión tuve que bajar a la lavandería para que mis compañeros volvieran a planchar la ropa de la cama. La iluminación fue sustituida por bombillas halógenas y tuve que colocar tres lamparitas auxiliares más por toda la habitación. Otra de mis obligaciones consistía en poner flores frescas en un par de jarrones  todos los días y cada uno de ellos debía de contener doce rosas amarillas con los tallos cortados a la misma altura. Tampoco podía faltar media docena de botellas de seiscientos mililitros de agua mineral, varios paquetes de chicles de diversos sabores y caramelos sin azúcar. Limpiaba la habitación  de forma minuciosa dos veces al día, incluso me llegué a acostumbrar a la señora de negro detrás de mí y contando  las veces que pasaba la aspiradora por cada uno de los rincones, mirándola  de reojo cuando repasaba con el dedo la superficie de los muebles.

Pero mi jornada no tenía horarios fijos, en cualquier momento del día o de la noche tenía que estar disponible para cualquier eventualidad. Antes de acostarse, la diva  solía pedir un vaso de agua caliente a 25 grados exactos y no hubo noche en la que no se le antojara cualquier cosa: desde un sándwich hasta unas velas con olor  a vainilla. Cuando subía a su habitación intentaba colarme y echar un vistazo porque mi deseo era conocer a la  persona que me estaba dando tanto trabajo y a la  actriz que  había admirado toda mi vida.  Sin embargo, detrás de la puerta, siempre aparecía la mujer de negro que me impedía acceder a la habitación cuando la diva se hallaba en ella.


El día que se marchó, lo hizo tan temprano que nadie en el hotel tuvimos la oportunidad de verla. A pesar del trabajo y la ansiedad que me había producido su estancia en el hotel, sentí un poco de nostalgia con su marcha. Cuando entré en la habitación 315  encontré una nota escrita en un español torpe e incorrecto: “Yo doy a ti las grazias todo tu attenzion y generoso. I owe you.”

martes, 30 de junio de 2015

Recuerdos

Autora: Elena Casanova


Los recuerdos pesan y la voluntad de evocarlos  también según oscilen de un lado u otro de la balanza. Pero ¿Y aquellos que la mantienen en equilibrio? ¿De qué modo nos afectan?
Charo  cierra el ventanuco de la  buhardilla. Antes de abandonar la pequeña estancia echa un  último vistazo y abandona la mirada durante unos segundos en un montón  de muebles viejos y algunas cajas de cartón selladas con cinta adhesiva. Cierra la puerta y baja unas escaleras que le llevan  al dormitorio principal.
La cama, desafiante,  mira a Charo entre la burla y la ironía descubriendo  los secretos mejor guardados.  Durante  tres décadas  ha sido testigo de los roces entre dos adultos que  no han sabido amarse. La fuerza de la costumbre convertida en norma y así, cada fin de semana,   unos cuantos arrumacos previos eran más que suficientes para la culminación de un acto sin deseo. Charo se acerca al balcón, baja la persiana y encaja las hojas batientes de la ventana.  En la penumbra se diluyen todas las imágenes, incluso  las últimas horas de su compañero, que se aferra   a la vida con una voluntad obstinada  para expirar  entre  unas sábanas impecables.
En  el baño,  cierra la puerta de un armario donde queda oculta para siempre una máquina de afeitar y, tras el espejo,  el rostro cansado y quejumbroso que tantas veces ha rasurado. Un cuerpo blando, dueño de la cara del espejo, parece licuarse tras  la mampara de la ducha que nunca más va a utilizar. Apaga la luz y va cerrando todas y cada una de las puertas del resto de los cuartos que nunca han sido habitados.
Desciende las últimas escaleras y una vez en la planta baja,  pasa a la cocina. Antes de cerrar los postigos, delante de la mesa  ve a dos figuras sentadas, una enfrente de la otra, sin mirarse y masticando muy despacio mientras las palabras parecen haber sido secuestradas. Tantos  desayunos,  tantas  cenas,  tantas copas de vino compartidas en el silencio de la más absurda de las convivencias. Cierra la puerta con suavidad, ni siquiera siente rabia y, dejando la habitación a oscuras, pasa al comedor.
En un rincón aparece, insignificante, el televisor, sin embargo protagonista principal de la casa,  con la fuerza suficiente para simular la quimera de una relación. El desgaste  del sofá, la disposición de los muebles, las cortinas desteñidas, todo forma parte del devenir de dos vidas  tristes y resignadas. En los treinta años de convivencia no ha habido una queja, recriminación o culpa. Como tampoco en los treinta años de convivencia ha habido risas, confidencias o confianza.
En la percha del pasillo, Charo ha olvidado el abrigo que él colocó el día antes de caer enfermo. Se siente tentada de quitarlo, pero rectifica y piensa que ese abrigo pertenece a la  casa  como símbolo principal de un pasado. Ahí se queda presidiendo la entrada.
Echa una última mirada antes de acceder  a la calle para cerrar con llave definitivamente una puerta demasiado pesada. La llave de una casa cuya memorias se mantendrá siempre blindada por  la frialdad  y la  indiferencia.
 

martes, 19 de mayo de 2015

La niña de Rajoy

Autora: Elena Casanova


Mi madre dice que no soy guapa porque soy pobre.

Mi madre siempre se empeña en hacerme una coleta o trenzas para ir al colegio. Algunas veces prefiero llevarlo suelto como mis compañeras, pero ella insiste que no puede ser porque  mi pelo se ha vuelto quebradizo y ha perdido el brillo que tuvo alguna vez; cuando lo cepilla también se queja de su tono pajizo. Le digo que tal vez lavándolo más a menudo y utilizando el champú que usaba antes, mi cabello lucirá más bonito. Ella me mira con cierta resignación dando media vuelta, quedándome con la duda  de una respuesta y  con los movimientos negativos de  su cabeza.  Cada vez que pasa por mi cuerpo una  toalla para quitar el exceso de humedad,  oigo un leve pero irritante tono de voz lamentándose  de la sequedad y aspereza de mi piel. Ni siquiera me atrevo a preguntarle  por qué no extiende aquella crema blanca que me dejaba una agradable sensación de suavidad.  La primera vez  que lo hice,  me apretó con tanta fuerza que casi me dolió.

Cuando salimos para el colegio,  le pregunto a mi madre si ese día toca llevar  algo para la merienda. A veces,  corre a la cocina y me trae en una bolsa de tela un trozo de pan con algunas rodajas de embutido. Otras, será mi maestra Irene la que me dará alguna cosa para comer. Mis compañeros, sin embargo, llevan siempre briks de zumo o batido y bocadillos que van envueltos en ese papel tan brillante y tan bonito; también son  más grandes y mucho más buenos. Mis amigos se ríen de los míos  y prefiero que no los vean;  por eso salgo la primera al patio, me escondo detrás de la portería y me los como tan rápido como puedo. La ventaja de que sean tan pequeños es que cuando han salido todos al recreo ya he terminado. A última hora de clase, el estómago me suele doler un poquito, pero no pasa nada porque este año hay comedor en el colegio y la comida ya está preparada cuando salgo de clase a las dos de la tarde. Mi madre me advierte todas las mañanas: “comételo todo porque no sé si esta tarde podrás  merendar…”

Hoy ha sido el cumpleaños de Marta y su mamá ha traído un  bizcocho de chocolate, buenísimo. Después ha repartido unas tarjetas entre los compañeros; no ha debido darse cuenta,  pero no me ha dado ninguna. Cuando le he dicho que se ha olvidado de mí, ha sonreído y contestado que  no le quedaban más, la próxima vez.  Me he puesto un poco triste y se lo he contado a mi madre. Ella dice que no me ha invitado a su fiesta de cumpleaños porque no tengo un vestido bonito ni zapatos nuevos. Toda mi ropa está un poco desgastada y algo desproporcionada para mi altura, esa es la verdad.  Me pongo un poco pesada e insisto  a mi madre para ir a una tienda y poder comprar ese vestido y esos zapatos porque quiero asistir a la celebración de Marta. Pero ella me contesta que es imposible, el único sitio donde podemos adquirir la ropa, es en esa especie de almacén que hay dos calles más abajo de mi casa, donde dos señoras mayores, muy bien vestidas,   peinadas con moños bajos y una sonrisa permanente la reparten en bolsas negras. Ni siquiera me dejan que yo elija, le preguntan a mi madre la talla y nos dan lo que necesitamos. Siempre que voy, les pido también una mochila nueva porque la que tengo tiene algunos agujeros y,  aunque a mí no me importa demasiado, parece que a los niños de mi cole les hace gracia y,  cuando no estoy atenta, meten piedras y palitos por los boquetes. Yo me enfado pero es peor, cuando más lo hago, más se burlan de mí. También es un problema cuando mis lápices se quedan tan pequeños que apenas me caben entre los dedos. Procuro no sacarles punta muy a menudo y jamás los aprieto cuando escribo o coloreo un dibujo. Mi maestra me dice que sea cuidadosa con el material y no lo malgaste inútilmente. Cuando necesito algo nuevo,  ella se encarga de hacerlo. Antes iba a la papelería que hay en la esquina de nuestra calle y le compraba a Ramón todo lo que necesitaba para el cole. Me gustaba tanto el olor a papel, el olor de los lápices y me quedaba ensimismada mirando  los múltiples colores de las cartulinas dispuestas en filas muy ordenadas. Ahora  lo hago a través de los cristales del escaparate.

Pero lo peor de todo es cuando caigo enferma. A menudo tengo infecciones respiratorias y anemia. Al salir de la consulta del médico casi siempre noto a mi madre muy nerviosa y tensa. Yo sé que ella no quiere recurrir a los abuelos, pero al final no le queda otra si quiere comprar mis medicinas. Ellos no tienen mucho, pero hacen un enorme esfuerzo y ayudan todo lo que pueden. Cuando se quedan solos con mi madre, les oigo discutir, siempre de lo mismo: el dinero.  Yo cierro los ojos y me quedo dormida, aún soy demasiado pequeña para entender lo que pasa. 


miércoles, 29 de abril de 2015

El candidato

Autora: Elena Casanova


Cuando por fin entra en la habitación del hotel se quita los zapatos  de cualquier manera,  zapatos que él no ha elegido; el nudo de la corbata se le resiste pero finalmente lo afloja, tira de ella y la suelta encima de la cama,  corbata que él tampoco ha elegido; la chaqueta, la camisa y los pantalones terminan  en el suelo, ropa que alguien le compró pero no recuerda cuándo ni dónde. Así, desnudo, se sienta delante del espejo y pasa sus dedos por la  capa de maquillaje que le cubre la cara. Coge un algodón, derrama sobre él un líquido blanquecino y arrastra despacio la pintura ensuciando la superficie. Cuando termina se queda mirando a la persona que permanece enfrente y suspira al no reconocer al hombre que tiene al otro lado.

‘Ese no soy yo’, piensa. ‘Esa no es mi imagen, no es mi pelo, mis facciones se han vuelto más duras, ni siquiera queda nada de mis ideas, me han desposeído de ellas. Me dejo disfrazar todas las mañanas y me obligan a vivir, la mayor parte de mi tiempo, en un aciago y solitario hotel lejos de los que fueron mis amigos y lo poco que queda de mi familia’. Fijándose más detenidamente en quien tiene delante, estudia con detenimiento lo que queda de él pero sigue sin reconocerse. ¿Dónde quedó aquel idealista que iba a terminar con injusticias, corruptelas, mentiras, con el miedo…?¿Dónde quedó aquel joven entusiasta de aspecto un poco desaliñado que tanto gustaba charlar, debatir, hallar soluciones con la gente en una plaza, en un parque,  en la acera de cualquier esquina?  
         
Con todo ello cargó en un principio cuando la calle dejó de ser el escenario básico de su lucha, pero lentamente se fue acomodando  en los resortes oxidados de un sistema caduco, obsoleto al que solo a unos cuantos, demasiados pocos, les interesa mantener. Y ahora, como intermediario, no lo hace mal; todo lo contrario, se halla en la cúspide con una mayoría de seguidores que confían ciegamente en él. Cada vez que sale en pantalla, como ha hecho esta noche, medio país se ha paralizado pendiente de sus palabras,  hipnotizado por sus gestos, fascinado por su porte. El debate, en uno de los más importantes medios de comunicación audiovisual,  ha sido un éxito. Ha caído sobre su adversario como lo hace un ave rapaz sobre su víctima, inhabilitándolo con sus garras y  despedazándolo a continuación.

No desea seguir mirando a esa extraña figura, da media vuelta dejando el espejo a sus espaldas y se tumba en la cama cerrando los ojos. Está cansado, muy cansado, demasiado cansado pero, a pesar de la fatiga, no puede dormir. Sin abrir los ojos se imagina su otra vida, esa que ideó tantas veces con la que fue su pareja; una mujer luchadora, vitalista, optimista con la que convivió durante unos años e incluso llegaron a tener  un hijo, hasta que un día lo abandonó porque ella no entendía muy bien en qué se había convertido. Le duele la cabeza, es el agotamiento  y necesita urgentemente descansar porque mañana muy temprano debe estar preparado para  representar nuevamente el papel que ha estado ensayando durante años.  Saca de la mesita un bote con píldoras para dormir. Se echa una a la boca, dos, tres… se adormece hasta perder la conciencia. El sonido de su respiración va consumiéndose  conforme avanza la noche, mientras que, en la esquina de un escritorio, se suceden con una frecuencia más o menos regular, las intermitencias de la luz de un móvil. Son mensajes de compañeros de partido: “Enhorabuena por tu victoria” “Eres el mejor” “Contigo no puede nadie” “Lo has dejado K.O.” “Un líder, eso es lo que eres” y así  durante horas hasta que la batería termina agotándose.

 

martes, 31 de marzo de 2015

El reencuentro

Autora: Elena Casanova


Julián  pulsa la última letra del segundo apellido en el ordenador y a continuación  presiona la tecla intro. En la pantalla aparece la página de facebook de una amiga. La reconoce al instante en la foto de perfil, es la Lucía de aquella época, su antigua compañera de instituto a la que hace casi treinta años que no ve. Es ella, no tiene la menor duda, y lo sabe porque la cara que ve es la misma de la chica por la que medio instituto suspiraba: pelo moreno, ligeramente ondulado, piel oscura con pecas, grandes ojos verdes y una sonrisa pícara.  La recuerda no demasiado alta, pero  con un cuerpo tan garboso que le quitaba el hipo. Mientras mira la foto de aquellos años, el corazón se acelera y un leve rubor le sube por las mejillas. Escudriña la página pero hay pocos datos. El mes y año de nacimiento, la empresa en la que trabaja, y ¡sorpresa! La ciudad en  la que vive está solo a veinte kilómetros de su residencia. Aunque siente cierto retraimiento, le envía una solicitud de amistad.

Al día siguiente, al encender el ordenador observa varios correos, entre ellos uno de Lucía. Ha aceptado su solicitud de amistad y le ha mandado un breve mensaje. Antes de abrirlo, Julián experimenta de nuevo la quemazón en su cara y un ligero temblor es el responsable de la torpeza de sus dedos. Cuando lo tiene en la pantalla, lee con sorpresa un afectuoso saludo y el agradecimiento por haberse puesto en contacto con ella. Se siente dichosa de recibir  noticias de un antiguo compañero y después de tantos años  le ha hecho, verdaderamente,  mucha ilusión. Julián le devuelve el saludo y también expresa, ahora más tranquilo, la felicidad que le ha causado este reencuentro.

Durante las siguientes semanas se han escrito con cierta regularidad. No han tardado en ponerse al día contándose sus vidas después de acabar bachillerato. Lucía estudió magisterio; encontró trabajo de maestra en un colegio concertado con niños de tres a cinco años. Después de varias relaciones, se casó. Su matrimonio solo duró un par de años y no ha tenido hijos. En este momento no tiene compromiso alguno. La soledad, confiesa, a veces la oprime de una forma angustiosa. Julián, por su parte, le ha narrado la mediocre, según él, historia de su vida. Estudió derecho y trabaja en un pequeño bufete ejerciendo de todo menos de abogado. Su experiencia sentimental ha quedado reducida a varias parejas, insignificantes tanto en el tiempo como en el grado de compromiso. En realidad no se ha preocupado demasiado por estas cuestiones y su condición de soltero la considera casi un privilegio, después de ser testigo de las múltiples rupturas matrimoniales de compañeros de trabajo y de amigos.

Pasado un tiempo consideran que ya va siendo hora tener un encuentro personal y deciden hacerlo en una cafetería de la pequeña ciudad donde vive Lucía. Como hace tanto tiempo que no se han visto y a ninguno de los dos se le ha ocurrido mandar una fotografía con su aspecto actual, ella le describe la ropa que llevará puesta: un abrigo verde y un bolso marrón, pero piensa que a pesar del tiempo  se reconocerán fácilmente.

El último viernes del mes de febrero, Julián llega a la cafetería Zeus con una hora de antelación. Aparca el coche a las espaldas de un parque que hay justamente enfrente del bar y se sienta en uno  los bancos a fumarse un cigarrillo mientras espera con impaciencia que su reloj marque las cinco de la tarde. Han pasado casi treinta y cinco minutos, y  en el otro extremo de la calle,  aparece una mujer con un abrigo verde. Le nota un  movimiento extraño conforme avanza calle abajo y al tenerla más cerca observa que cojea ligeramente; inmediatamente se esconde tras el pilar de una pérgola porque desea observarla detenidamente sin ser visto, desde la intimidad de sus emociones, percepciones y recuerdos.

Lucia ¿esa es Lucía? Apenas la reconoce. Una de sus piernas es incapaz de avanzar de forma natural al caminar,  parece que un problema en la articulación de la rodilla es la causa de ese movimiento un tanto  exagerado. Y uno de sus brazos cae flácido, si vida. Su piel ha envejecido de una forma implacable que con un color grisáceo  y profundos surcos han apagado toda su luz. La mujer se detiene un momento antes de entrar en la cafetería para saludar a una vecina, y al volverse  deja al descubierto todo su rostro. Julián observa, con gran decepción, como el ojo y la comisura derechos cuelgan ligeramente hacia abajo, asimetría que convierte la cara de Lucía en una trágica caricatura de payaso. Y no termina ahí su sorpresa cuando, al escuchar su voz, toma conciencia del esfuerzo de Lucia para articular las palabras más simples,  con un lenguaje entrecortado, torpe, casi infantil.

Julián vuelve la cabeza, se niega a seguir observando. ¡No, no! repite,  esta no es la Lucia que yo he admirado y venerado todos estos años. No es la mujer con  la que quiero reencontrarme, sería absurdo, una mentira, no, no quiero hacerlo. Y para mantener su conciencia tranquila se repite una y otra vez que esta no es Lucia, que no puede  ser la misma mujer, mientras se dirige  a su coche con pasos acelerados, abre  la puerta, y enciende el motor.

 

domingo, 22 de febrero de 2015

Paco, don Francisco

Autora: Elena Casanova

No me había fijado, pero hasta la llegada de Paco desconocía que mi madre guardara un mantel de hilo, una cubertería sin arañazos y platos de porcelana. Tampoco había asistido al penoso espectáculo de ver a mi padre utilizar los cubiertos con ambas manos,  el tenedor a la izquierda y el cuchillo a la derecha,  cuando él siempre se ha sentido muy cómodo con su navaja de toda la vida.  Y me asombra, sinceramente, ver la mesa dispuesta para comer, parece la imagen sacada de una revista de decoración, jamás había observado en mi casa tanto primor, tanto esmero. ¿Por qué cuando llego con Rosa, mi pareja, el ceremonial no alcanza la misma categoría?¿Será porque ella es una simple conserje y Paco, don Francisco lo llaman la mayoría de sus conocidos, es el director de una conocidísima caja de ahorros?

Paco entró en nuestras vidas cuando conoció a mi hermana en unas prácticas que ella realizaba en su lugar de trabajo y al poco tiempo de estar juntos decidieron casarse. Acostumbran venir a comer a casa de mis padres de vez en cuando. En el barrio donde nos hemos criado Paco, don Francisco, es muy querido y respetado. Tiene un carácter campechano, y entre cañas, cafés y jugadas de dominó ha conseguido ganarse la confianza de muchos de los vecinos, todos ellos amigos de mis padres, y los ha persuadido para que sus ahorros acaben en la entidad que dirige.

Hace algunos años, Paco, don Francisco, ofreció a sus clientes, amigos los llamaba él, un producto para invertir sus ahorros, acciones preferentes, dándoles a entender que se trataba de renta fija cuando no lo era. Todos lo creyeron  a pie juntillas,  y se sintieron bien orgullosos de tener a su lado una persona que velase por sus intereses, invirtiendo de forma segura los ahorros de todo su trabajo. Qué gran decepción, sin embargo, descubrir la gran estafa de la que habían sido objeto. El agradecimiento se ha vuelto ingratitud, la amistad en desafecto, la alegría en lágrimas. Solo les queda la protesta y las reclamaciones judiciales ante la imposibilidad de rescatar el dinero invertido.

Ahora Paco, don Francisco, ya  no aparece por el barrio porque se ha quedado mudo, no existen las palabras para dar explicaciones a todos los incautos que se dejaron llevar por un gesto suplantado, por una verborrea excesiva, por una camaradería cargante. Mis padres, incapaces de comprender muy bien  lo que ha pasado, apenas si se atreven a pisar la calle por vergüenza, por una culpa que no es suya, de ver caras toscas, serias, afligidas y sobre todo, la impotencia acumulada en la mirada de tantas personas con las que han compartido un barrio, una vida Ya no he vuelto a ver el mantel de hilo, la cubertería sin arañazos y  platos de porcelana. Y la imagen de mi padre  con  un cuchillo y un tenedor entre sus manos al mismo tiempo se ha borrado para siempre.


viernes, 30 de enero de 2015

El visitante

Autora: Elena Casanova


Frente al espejo del cuarto de baño,  extiende el maquillaje con una brocha por todo su rostro;  con un tono  azulado da color a sus párpados mientras que unos brochazos rosados lo hacen en sus mejillas; con unas pinceladas de rímel logra dar grosor a las pestañas y un rojo intenso llena de vida sus  labios. Se ahueca el pelo, se calza unos zapatos de tacón bajo, alisa su falta, abrocha los botones de la camisa y termina colocándose un collar de abalorios encarnados.  Mira el resultado final en un gran espejo del dormitorio y se siente satisfecha.

Se dirige al comedor y saca de un cajón un fino mantel de hilo y lo coloca con mimo en la mesa baja, frente al sofá. De la vitrina coge dos copas y las coloca junto a las servilletas. En la cocina ya está  colocado primorosamente  el queso  en un plato y en una cesta el pan cortado. Escucha el timbre y antes de abrir la puerta llena las copas con un palo cortado, cuya delicadeza y  finura son celebradas por su invitado y en un viejo tocadiscos coloca un vinilo de tangos.

Abre la puerta y  aparece  un hombre alto, apuesto y bien vestido. Todos los días, al caer la noche, la visita durante un par de horas.  Se repite el mismo ritual: la entrega de una rosa amarilla y un beso en la mejilla.  Se sientan en el sofá y cuentan  historias de otros tiempos, de hace muchos, demasiados años. Recuerdan cuando eran jóvenes, entusiastas, con ganas de comerse el mundo; en multitud de ocasiones se habían hecho la promesa de  recorrer el planeta juntos. A los diecisiete años él  emigró con sus padres a un país donde se prometía un futuro mejor. Durante los primeros meses las cartas eran frecuentes, luego fueron espaciándose hasta que un día dejaron de escribirse.  Ella no perdió la esperanza de volver a verlo pero el tiempo le abrió los ojos y supo que jamás volvería; tuvo miedo de la soledad y un día decidió unir su vida a  la de otro hombre, al que quiso con moderación y templanza. Tuvo tres hijos y hacía un par de años volvió a quedarse sola.

El jamás toca  el vino de su copa ni tampoco prueba el queso que con tanto esmero le prepara, pero a ella no parece importarle y cada noche vuelve a disponer la mesa con el mismo entusiasmo. Casi siempre terminan la velada bailando. Envueltos en el cálido y dinámico sonido  del disco se mueven  con cierta dificultad, cierran los ojos e imaginan qué habría sido de su vida si no se hubieran separado.

Alrededor de las diez de la noche cuando se queda sola, la mujer apaga el tocadiscos, recoge la mesa, se lava la cara y se cepilla los dientes. Lentamente se deshace de los zapatos, falda, camisa y se coloca el pijama. Mira el reloj y descubre que es la hora de tomar su medicación. Entra en la cocina y coge la caja de L-dopa para el Parkinson. Mira el prospecto y vuelve a leer una vez más, como casi todas las noches, que ese medicamento, entre sus efectos secundarios, puede producir alucinaciones. Sonríe, coge una de las cápsulas y, mientras se la mete en la boca, piensa: ‘Algo positivo tendría que tener esta enfermedad, recuperar el amor de mi vida’.