Ya dije que iba al último, pero aquel ascensor no dejaba de subir.
Cuando me quedé solo, me relajé un poco y puse caras raras ante el espejo.
Seguí ascendiendo, sin hacer paradas, y sin que nadie se subiera o se bajara.
Por fin, algo preocupado, llegué a la última planta. Al abrirse la puerta, una
luz intensa me cegó. ¿Adónde había llegado? Me bajé, y deslumbrado por aquella
inmensa luminosidad, tropecé, y caí sobre el suelo. ¡Maldito escalón! Por su
culpa, me volvieron a bajar hasta el coche accidentado y me quedé sin conocer
aquel atractivo lugar. Poco después, me recogió una ambulancia.
viernes, 24 de febrero de 2017
lunes, 20 de febrero de 2017
Un saludo muy sincero
Autora: Pilar Sanjuán Nájera
Isabel,
a sus once años, es ya una vieja. Sus muchas obligaciones y responsabilidades
la han hecho madurar en plena infancia. Mientras las otras niñas juegan a la
comba, al pillar o a las casitas, ella mece a su hermanito, saca la cabra a
pastar o acarrea agua.
Matilde
está delicada de salud y bastante hace con limpiar la casa, ir a los recados
con Juanito en brazos y Toño agarrado a su delantal y cocinar para todos, casi
siempre gachas manchegas con harina de almortas o patatas en caldo.
Matilde
nunca tuvo una vida fácil. Hija sola, se quedó huérfana con nueve años, al
cargo de una tía que no la acogió por generosidad sino ante la perspectiva de
que le sirviera de chica para todo. Diez años soportó el genio endiablado de su
tía y su condición miserable. Afortunadamente, el carácter firme y la
sensibilidad de Matilde, no se quebraron.
A los
diecinueve años, dejó con alivio la casa de su tía para casarse con Antonio de
treinta, un hombre bueno y trabajador que sólo contaba con dos brazos
incansables, un trabajo precario y una casa modestísima en el campo, cerca del
pueblo; planta baja, el tejado a un agua; en el tejado, bajo el alero, un nido
de golondrinas y al lado de la casa una gran acacia. La vivienda tenía una
cocina, dos dormitorios pequeños, una cuadra y un corral; en la cuadra una
cabra y en el corral media docena de gallinas. A Matilde aquello le hubiera
parecido el palacio de un Marajá de haber sabido la existencia de los Marajás;
tan grandes eran sus deseos de tener una casa. Al poco tiempo la llenó de
geranios y enredaderas que la alegraron.
Al
año de casarse nació Isabel y luego Toño y Juanito.
Antonio
trabaja de mulero para Don Vicente, el cacique del pueblo, que para más “inri”,
también es alcalde. En aquel pequeño pueblo manchego ni una hoja se movía sin
el permiso de Don Vicente; es dueño de vidas y haciendas al estilo de los
señores de la edad media. Solo le falta “el derecho de pernada”, que
seguramente él no le hubiera hecho ascos, pero que su mujer, Doña Joaquina,
ricachona como él y con dos ovarios, no se lo hubiera permitido. Sabía la fama
de mujeriego de su consorte, que sin necesidad de espada ni lanza, había hecho
bastantes conquistas (de soltero, claro) ahora ella estaba siempre ojo avizor y
para evitar flaquezas y veleidades en él, contrataba a las criadas más feas y
contrahechas que podía encontrar, cosa no difícil en aquella época de miseria y
privaciones que quitaba el color de las mejillas e impedía el desarrollo
natural de los cuerpos.
Volvamos
a Antonio. Por un jornal irrisorio que apenas le permite dar de comer a la
familia, trabaja de sol a sol, los siete días de la semana. El amo, tranquiliza
su conciencia regalando a sus operarios por Navidad una garrafa de vino de su
cosecha (tiene grandes extensiones de viñedos) y un saquito de harina de
almortas. Aunque también cosecha cereales en abundancia, darles harina de trigo
le parece un despilfarro. Hay que aclarar que si algún año la decisión del
cielo es mandar un pedrisco que merma las cosechas, no hay regalo de Navidad,
aunque las trojes reventaran de grano por los sobrantes de años anteriores o
los toneles de la bodega estuvieran en plenitud. De todas maneras, aquel
reparto navideño, cuando tenía lugar, no es del agrado de Doña Joaquina, que lo
considera un derroche. “¿No ves que esas gentes son desagradecidas?” Dice para
enfriar los pocos entusiasmos de su marido a la hora de ser generoso.
Al
atardecer, llega Antonio del trabajo, se acerca al lebrillo del corral, se echa
agua a manotadas por la cara y el cuello, se seca y entra en la cocina, agarra
una silla y se sienta con aire de estar agotado. En todo el día sólo se ha
sentado veinte minutos para comer, o bien en el suelo o cuando hay suerte, en
una piedra. Una vez devorado lo que Matilde le ha puesto en la fiambrera, se
muere de ganas de fumar un cigarro, pero no hay tiempo. Así que al llegar a su
casa y acomodarse en la silla, saca la petaca, lía un cigarrillo de picadura,
lame la franja engomada del papel, enciende la yesca con el pedernal y le da al
cigarro una gran calada para que el humo invada hasta los lugares más
recónditos de sus pulmones. Todo esto lo hace con parsimonia, como un ritual.
Ha estado soñando todo el día con ese momento; echa la silla hacia atrás,
entrecierra los ojos y se entrega a una especie de éxtasis. Él no sabe del
peligro del humo en los pulmones y si ha oído algo, lo relega al terreno del
olvido. ¿Quién le va a prohibir el goce de un cigarro fumado en plenitud? Matilde
no lo incomoda contándole los pequeños acontecimientos del día: Toño se ha
hecho un chichón al caerse de la silla; Juanito tiene diarrea por tomar los
biberones con demasiada ansia. Isabel ha vuelto a llorar por las humillaciones
a que la somete en la escuela Vicentita, la hija del cacique y a ella, a
Matilde, le duele la espalda por el peso de Juanito cuando sale a los recados.
Antonio trae cada sábado las míseras pesetas de su jornal y las pone sobre la
mesa para que su mujer las administre. Matilde no puede reprimir un gesto
enfurruñado, pero pronto se pone a hacer apartaditos: esto para la tienda
(donde la cuenta siempre excede del dinero que entrega); esto para tabaco, esto
para el pan, un poquito para el cuaderno de Isabel y lo que queda, para el
pienso de la cabra y las gallinas. Matilde se ha graduado en remendar
calcetines, culeras y rodilleras en los pantalones de su marido, en echar
piezas en las sábanas o volver los cuellos de las camisas. Cuida con esmero la
ropa que llevaron al casamiento porque no ha vuelto a comprar otra igual.
Procura que la cabra y las gallinas coman sueltas fuera de la casa para ahorrar
pienso. La leche y los huevos le solucionan desayunos y cenas. Cuando está de
ánimos y hay sobrante de leche de huevos, hace algún postre para sorprender a
la familia. Antonio se da cuenta de todo esto y agradece tener una mujer tan
ahorrativa. Es muy parco en sus demostraciones de afecto. Nadie le ha enseñado
que un hombre puede llorar o mostrarse cariñoso sin perder un ápice de su hombría.
Cuando nacieron sus hijos, tenía allí, en los adentros, un gozo que casi le
hacía daño, por no saber echarlo fuera. Lo único que hizo en las tres ocasiones
fue pasar un dedo rudo y áspero por la mejilla del recién nacido y mirar a su
mujer con una ternura que le avergonzaba. Ella, cada vez que lo mira, piensa
que lo mejor que le ha ocurrido en la vida es haberse casado con un hombre tan
cabal.
En la
escuela del pueblo Doña Encarna es buena y comprensiva. Mantiene a raya a
Vicentita y le afea la risa cuando a veces, pocas veces, a Isabel le vence la
fatiga y el insomnio y se duerme un momento sobre el pupitre. Vicentita es
particularmente antipática y holgazana. Está muy pagada de sí misma por ser la
más rica del pueblo, la que lleva más lazos en su persona: en las trenzas, en
los vestidos y hasta en los zapatos de charol. Su madre, cursi donde las haya,
la viste de repollo en contraste con las demás niñas que llevan algún que otro
remiendo y alpargatas de cáñamo.
Cuando
Vicentita lleva a casa las notas su padre se pone furibundo contra la maestra
pues no tiene dudas de que la incompetente es ella, no su hija.
Todo
esto sucedía hacia el año 1922. Catorce años después, algo convulsionó a España
entera: sobrevino la terrible guerra civil. Caciques, militares rebeldes y
parte del Clero, se sublevaron contra la República y todo lo pusieron patas
arriba. Aquel pueblo no se libró del horror. Para Don Vicente llegaron tiempos
gloriosos: se alió con los sublevados y puso en práctica una serie de venganzas
por agravios que le corroían por dentro, pero que solo existían en su
imaginación. Destituyó a la Maestra, encarceló a un grupo de jóvenes porque
militaban en un sindicato afín a la República. Entre esos jóvenes estaba Toño
que ahora tenía dieciocho años. Antonio, con mucho respeto, intercedió por su
hijo y Don Vicente no solo no lo escuchó, sino que lo dejó sin trabajo. Los
falangistas, a las órdenes del cacique, cometieron grandes tropelías entre la
gente de bien, solo por ser simpatizantes de la República. Toño fue enviado a
un penal situado cerca de la capital de la provincia y a ella se fue toda su
familia. El padre encontró trabajo de peón de albañil, Isabel se puso a servir
y Juanito que tenía casi quince años, buscó trabajo como chico de los recados
en una tienda. Alquilaron una casa en las afueras en muy malas condiciones:
húmeda, desbaratada y llena de desconchones y goteras; Antonio, con gran
paciencia, fue echándole remiendos hasta que consiguió que fuera habitable.
Matilde, siempre resignada y disimulando sus dolencias, siguió atendiéndolos a
todos. Isabel que entonces tenía veinticinco años, renunció a las ilusiones
propias de su edad y entregaba su escaso sueldo a la madre.
Como
el destino es imprevisible, le jugó a Isabel una mala pasada: un día, yendo a
su trabajo, vio a Vicentita del brazo de un joven en lo alto de la calle. El
corazón le empezó a latir a Isabel descompasado y su primera intención fue
escabullirse por una calle transversal, pero Vicentita ya la había visto y con
una sonrisa triunfal, se acercaba a ella. Por la mente de Isabel pasó como un
rayo el recuerdo de su hermano encarcelado, de su padre humillado, de las
lágrimas derramadas en la escuela por culpa de aquella niñata orgullosa y
malcriada… Cuando Vicentita llegó a la altura de Isabel, haciendo acopio de una
hipocresía descomunal, le dijo: “¡Me alegro mucho de verte!” Isabel la miró de
un modo mitad despreciativo y mitad helador, dio un quiebro y se cambió de
acera, dejando a Vicentita desconcertada y con la sonrisa convertida en una
mueca.
domingo, 29 de enero de 2017
No lo volveré a hacer más
Autor: Antonio Cobos Ruz
Una intensa calma invadió mi alma cuando comprendí que todo
esfuerzo sería inútil, que no podría evitar lo que se me vendría encima, que no
había estado en mis manos haber previsto ese problema, y que no existía ninguna
salida que yo pudiera vislumbrar. No
podía hacer que el tiempo marchase para atrás y me quedó claro, que tendría que
recurrir a alguien ajeno a mi para intentar hallar una posible solución a aquel
conflicto.
Continué sentado donde estaba y me sorprendió a mi mismo aquella
sensación de paz que me embargó de los pies a la cabeza al concentrarme en mis
respiraciones amplias y profundas, y al tener solamente puesta la conciencia en
cómo mis pulmones se hinchaban y se encogían, inhalando y expulsando todo el aire
que era capaz de controlar. Cerré los ojos, mantuve la espalda recta, y no sé
cuanto tiempo permanecí así. Pasaron ante mi todos los momentos más importantes
de mi vida: el día de mi graduación profesional con la obtención del premio fin
de carrera de mi promoción, la excursión universitaria en la que conocí a mi bella
y sensual esposa, sin saber que era la única hija de un alto magnate chino,
nuestra larga y romántica luna de miel dándole la vuelta al mundo, la elegancia
de nuestros hijos de ojos rasgados tan cariñosos y responsables; después
vinieron la embajada y los negocios familiares, y tanta y tantas cosas…
En fin, una multitud de experiencias, tan diversas y tan hermosas,
que me pareció una presunción presentarlas todas juntas
en tan poco tiempo. ¡Qué lástima que todo aquel compendio de historias de buena
suerte se disipara de golpe, tras ese error, tras ese momento oscuro, tras ese
paso negativo, tras esa circunstancia de índole fatal! ¿Estaría en las puertas
de la muerte? – me preguntaba a mi mismo.
Y concentrado en la respiración y los recuerdos, me quedé
profundamente dormido para encontrarme que, al despertar, no sé cuanto tiempo
después, continuaba sentado en la misma posición y en el mismo sitio que antes.
Nadie había acudido a ayudarme y tendría, yo solo, que solucionarlo todo . Pero,
antes de ponerme en marcha, me prometí una y mil veces, en un esfuerzo de
constricción y arrepentimiento, que habiendo alcanzado ya los noventa años de
edad, no volvería a coger a escondidas las llaves del coche nuevo de mi hijo, y
sobre todo, me juré y perjuré no cometer una nueva tropelía, después de
habérselo abollado de aquella mala manera, sin posible disimulo, metiéndome de
lleno en un árbol que habían plantado en un lugar equivocado de la carretera.
No sabéis, lo que se enfadó mi hijo.
Dos apestados en la mesa de Navidad
Autora: Elena Casanova Dengra
― ¡No, no es posible! ¿Qué me
estás diciendo?
― Lo que oyes, Mari Trini, que
los primos del pueblo se quedan a cenar con nosotros.
― Venga hermana ―respondió Mari
Trini mientras medía la distancia entre las copas y los platos dispuestos en
una larga mesa― hoy no es el día de los inocentes.
― Papá ha insistido para que
se queden a cenar, convenciéndolos de lo peligroso que es volverse al pueblo
después de la nieve que ha caído.
― Y el viejo este, no podía
haberse callado la boca y morirse de una vez. No sé a qué espera. Lleva cinco
meses en la cama pero no tiene prisa por marcharse. A esa que lo atiende se le
está quedando cara de acelga por estar tanto tiempo encerrada entre las cuatro
paredes de su dormitorio atendiéndolo día y noche.
― ¡Mari Trini! ― le reprobó Pepita―
¡no hables tan fuerte que te van a oír las chicas del servicio!
― Me importa una mierda lo que
piensen ese par de papagayos chismosos.
Mari Trini, con una agitación
frenética, removió platos, copas y
cubiertos sobre la mesa hasta conseguir un hueco para dos comensales más.
― Y ahora Pepita- la cara de Mari Trini lucía tan roja como los pimientos de piquillo- al lado de quién siento yo a estos dos campesinos
que huelen a vacas y estiércol. ¿De Javier? ¿De Elvira? Por dios dejaríamos
cerrada para siempre la puerta a sus excelentes y privilegiados contactos. De qué van a hablar
estos dos desmayados con un senador y
una diputada, ¡oh señor!
― Pero Mari Trini, son
socialistas y ellos entienden de clase obrera ―declaró con una mueca
entusiasta la hermana.
― ¡Calla Pepita y no seas
absurda! Socialistas, socialistas… esos ya no existen. Son personas con una
clase y no se merecen estar con el vulgo en una noche tan importante y en mi
casa. ¡Ay! ¿Qué vamos a hacer?
― Y con el obispo, él y la
iglesia, la iglesia y los pobres…
― ¿Con el obispo? Ese se pasa
media noche catando y disfrutando nuestros
vinos para pasar a recitar en estado casi místico todas las virtudes de los
líquidos que han ido deslizándose por su
esófago. Que si el aroma complejo y elegante, que si en la boca es cálido y goloso, de equilibrada
acidez con notas balsámicas de madera
perfectamente integradas en el conjunto del vino… ¿Tú crees que este par de catetos
se van a enterar de algo?
― Estoy pensando en Rafaela y
Antonio, están sordos como tapias y no se van a enterar de nada de lo que se
diga en toda la noche.
― ¿Tú estás loca o chiflada?
Rafaela es la señora más elegante de esta ciudad y él, todo un intelectual, por
poco que oigan esos dos… Están también
las fotos. ¡Qué horror! ―Mari Trini se echó sus manos a la cara cubriéndose los
ojos y negando categóricamente con la cabeza. ― ¡No, no, no! No puede ser,
mañana seremos el hazmerreír de todos nuestros amigos y conocidos.
Pepita la miraba con cara de
asombro y no sabía muy bien cómo reaccionar ante estos pequeños ataques de ira
de su hermana, solo se atrevió a balbucear un «qué pasa».
― ¿Qué pasa, qué pasa…? Marita,
Carmen, Desi… y tantas otras. Mañana estaré en boca de todas esas zorras diviertiéndose a mi costa y colgada en las
redes sociales dando vueltas como una peonza, imagínate.
― ¿Por qué…?
― Las fotos, las malditas fotos.
Tus sobrinas y todos los demás se pasarán media noche con los móviles haciendo
un reportaje pormenorizado de todos los detalles de la cena. ¡Dios mío, papá,
hasta el día que te mueras vas a estar dando quebraderos de cabeza a tu
familia! Me he pasado casi un mes preparando esta cena para que a última hora me
encuentre con este par de marrones.
― Hermana, ¿Te has fijado en el vestido
de la prima?
― Cómo no me iba a fijar en la vulgaridad
de ese trapo, en los zapatos de mercadillo y su pelo escardado que apesta a
laca barata. Para no fijarse…
― ¿Y en el color de los
calcetines de él? ― aulló casi divertida Pepita al recordar el contraste entre el
blanco inmaculado de sus calcetines y el marrón oscuro de sus zapatos.
― Hay que hacer algo y pronto.
Llama rápidamente a Lucia, que venga con todos sus útiles de costura y haga
algún milagro con alguno de nuestros vestidos para ella y con un traje de
chaqueta de papá para él. No voy a permitir tener a dos ordinarios con pinta de
cazurros en mi mesa. Y llama a Carmen, la peluquera. Si alguna de ellas pone
pegas las amenazas con quitarles los alquileres y clientes de sus negocios. Pondremos
a los primos a nuestro lado en la mesa y seremos nosotras quienes nos
sacrifiquemos, qué le vamos a hacer. ¡Maldito papá, maldito!
En ese momento se oyeron voces y
pisadas nerviosas que procedían del piso de arriba. Luisa, la médica, había
venido a reconocer al enfermo, bajó deprisa las escaleras y presentándose en el
comedor les dijo que su padre acababa de fallecer.
Mari Trini y Pepita se miraron
con cierta perplejidad y, aunque era una noticia que esperaban hacía tiempo, no
creían que sucediera el día de nochebuena. Despidiendo con celeridad a la
médica y antes de tomar cualquier iniciativa, cogieron sus teléfonos móviles
para avisar a su media docena de invitados de la cancelación de la cena por la inoportuna
y tristísima muerte del padre. Cuando apagó su móvil, Mari Trini, lentamente y con una intensa paz
en el alma, abandonó el comedor pensando:
“te has portado papá, por una vez en tu vida, te has portado”
miércoles, 25 de enero de 2017
Mi padre
Autora: Pilar Sanjuán Nájera
El faro, situado en un acantilado,
sobre un promontorio alto y escarpado, era visible desde 90 km a la redonda.
Aquel mar, particularmente bravío, mostraba sus malos modos en forma de
tormentas, galernas y temporales, que eran famosos en toda la región. Por eso
el faro atendido por mi padre y anteriormente por mi abuelo, había salvado
muchas vidas. Tenía una situación estratégica, allí en lo alto, poderoso y
enhiesto. Yo, desde pequeño, aprendí a mirarlo con admiración y respeto.
Desde su base, había que subir 250
escalones, de día iluminados por las pequeñas ventanas abiertas en el torreón y
de noche, con linterna. Mi padre es fuerte, fibroso, y sube los escalones con
facilidad. Lleva 30 años en el oficio, desde los 22, cuando sustituyó a mi
abuelo. Yo seré el sustituto de mi padre, porque me apasiona su trabajo y desde
bien pequeño me ha ido iniciando en él. El panorama desde la terraza circular
en todo lo alto es grandioso: por la izquierda, la costa acantilada se extiende
hasta el horizonte, con entrantes, salientes y bruma al final. A la derecha, el
mar inmenso y a la espalda, las cadenas montañosas y los vallecitos verdes y
tranquilos.
Cuando se desencadena una fuerte
tormenta, olas de más de 30 metros azotan la base del faro. Por la noche, los barcos
a la deriva, zarandeados por el temporal, tienen en aquella luz su salvación.
En efecto, llegan maltrechos hasta ella y se refugian en el recodo que hay a su
derecha, donde una lengua de tierra se interna en el mar formando un rompeolas
natural, con una pequeña ensenada de aguas tranquilas y sosegadas; nada que ver
con lo que sucede un poco más afuera. En aquella ensenada está el puerto y
detrás, el pueblo que se recuesta en la falda de un monte, cara al océano
impetuoso, pero preservado de sus embates. Tiene unos 12.000 habitantes. Las
gentes, contagiadas de aquella quietud, son pacíficas y solidarias. Esta
solidaridad es común en los que viven cerca de costas acantiladas, propensas a
accidentes marítimos: naufragios, pescadores que zozobran en sus pequeñas
embarcaciones, barcos que no pueden dominar las olas y se estrellan contra las
rocas, etc.
Quiero hablar ahora de mi padre, por
el que siento un cariño sin límites. Es tímido y por ello le cuesta mostrar sus
afectos, pero yo sé que en el fondo es tierno y sensible. Me lo demuestra en
pequeños detalles: cuando me coge de la mano para subir los 250 escalones del
faro; cuando arriba me asomo a la terraza y noto sus manos protectoras sobre
mis hombros. También cuando yo era muy pequeño y entraba en mi habitación y creyéndome dormido, me tapaba
cuidadosamente. Mi madre, en cambio, siempre fue fría, nunca recibí una caricia
ni una muestra de afecto de ella.
Mi padre y yo vivimos solos. Cuando
yo tenía 8 años, mi madre nos abandonó. Decía que aquella vida de pueblo, con
un marido que pasaba más horas atendiendo al faro que en casa, le era
insoportable. Nunca he podido entender cómo se puede abandonar a un hijo de tan
tierna edad. Las ausencias, cada vez más prolongadas de mi padre, he
comprendido después que bien pudieran obedecer al poco calor de hogar que
encontraba en la casa. De todas formas, el abandono de mi madre nos hizo mucho
daño. Mi padre se volvió huraño y no quería contacto con nadie. Se volcó en mi
cuidado, aprendió a cocinar y pasaba más tiempo en la casa. Al salir de la
escuela, me llevaba al faro, contemplábamos el panorama, que a él le
entusiasmaba, y dentro, me ayudaba a hacer los deberes y me enseñaba mil cosas
sobre el mantenimiento del faro. De mi madre, nunca supimos nada, así que poco
a poco, aquella herida se fue cerrando.
Vivíamos en la última casa del pueblo, junto a la empinadísima senda que
en zigzag subía hasta el faro, distante algo más de 1 km. También se accedía
por carretera, cuyo trayecto era más cómodo pero mucho más largo. Los días de
tormenta y vendaval, subir por la senda tenía algo de heroico, azotados por la
lluvia y el viento, que hacían la ascensión verdaderamente difícil.
Cuando yo tenía 14 años, una tarde,
ya anocheciendo, estudiaba en mi cuarto de trabajo, desde cuyo ventanal se
veía, allá lejos, en lo alto, el faro. De pronto noté como un fogonazo - había
una gran tormenta - y vi claramente cómo caía un rayo sobre él. De inmediato se
apagó su luz, la de nuestra casa y la de otras del pueblo. Me quedé unos
segundos aturdido, pero reaccioné rápido. Mi padre estaba allí arriba, ¿qué
habría pasado? Busqué a tientas un impermeable y una linterna y empecé a subir
la cuesta. La oscuridad era absoluta; sólo los relámpagos me iluminaban el
camino. Me costó llegar arriba porque el viento hacía casi imposible la subida.
Penetré en el faro y ascendí con ayuda de la linterna los 250 escalones. Arriba
estaba todo oscuro. El rayo había desconectado los aparatos eléctricos. Los
conecté como pude y el faro empezó a lucir. Busqué a mi padre y lo vi al otro
lado de la plataforma, en el suelo. Sin duda, la descarga lo había despedido.
Le palpé el corazón y le latía débilmente. El teléfono no había sufrido
desperfectos y llamé al hospital. Media hora más tarde, una ambulancia nos
trasladó hasta allá. Mientras atendían a mi padre, me derrumbé en un banco de
la sala de espera, angustiado. Por fin salió un médico y me tranquilizó:
- Tu padre está fuera de peligro. Ha
recibido una descarga, pero su corazón es fuerte y en unos días podrá volver a
su trabajo.
Nos enviaron a casa y lo cuidé hasta que se encontró con fuerzas para
seguir con su rutina.
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Han pasado 18 años desde el accidente
de mi padre. Me he casado y tengo dos hijos de 3 y 4 años. He formado una
familia con mi mujer, mis hijos, mi padre y yo. Él, por fin tiene calor de
hogar. Oigo las risas de mis hijos jugando sobre la moqueta del salón. Yo cuido
el mantenimiento del faro, cosa que me entusiasma. Tengo muchos conocimientos
de electrónica, que me ayudan en este trabajo.
Se ha hecho de noche. Mi padre, como
siempre, sienta a los niños sobre sus rodillas, frente a la chimenea, y les
cuenta historias sobre el faro. Esta noche toca lo que le ocurrió cuando era
pequeño como ellos; estaba dentro del faro con su padre - mi abuelo - y los
ametrallaron creyendo que hacían señales a los alemanes. Fuera llueve y el
viento lanza ráfagas de lluvia contra los cristales. El salón está en penumbra;
las llamas de la chimenea iluminan los ojos muy abiertos de los niños, que
miran como hipnotizados a su abuelo. Mi mujer, que hace punto, deja de tejer y
escucha atentamente a mi padre. Hay como una magia en el ambiente. Yo siento
una emoción tan honda, que tengo miedo de romper aquella especie de
encantamiento y poquito a poco, me voy retirando y entro en el cuarto de
trabajo de toda la vida. Me acerco al ventanal. Los destellos del faro, al
girar, llegan hasta mi cara. Me doy cuenta de este presente tan apacible y una
calma intensa va invadiendo mi alma.
Una paz invadió mi alma
Autora: Rafi Castro
Aunque esta historia hace ya muchos años que sucedió, yo entonces
tendrías unos doce o trece años. Mi
madre trabajaba en la recolecta de aceituna y a mí me dejaba al cuidado de mi
único hermano que entonces tendría tres añitos.
Un día se quedó en el patio de los vecinos jugando. Cuando me
acerqué a recogerlo, uno de los vecinos me dijo que allí ya no estaba y que lo habían visto correr por
un camino que llegaba a un prado en el cual pastaban las ovejas y las cabras de
aquel cortijo. A mi hermano le encantaban los animales, pero lo más grave era
que en aquel prado había un pozo descubierto. Cuando llegué lo busqué por todas partes, detrás de los árboles, de
las piedras grandes, etc. No lo
encontré, después de tanto buscarlo caí de rodillas llorando a la vez que
rezaba pidiéndole a Dios que a mi hermano no le hubiese pasado nada; yo no podía evitar pensar que había caído al pozo.
Cuando los vecinos me vieron tan
angustiada me llamaron para decirme que era una broma, que el niño cuando estaba
en el patio se quedó dormido y lo acostaron en una cama. En aquel momento sentí
rabia por la mentira y broma de mal gusto, pero al ver la carita de mi hermano
una paz interior invadió mi alma.
Sonó el teléfono
Autor: Antonio Méndez Vargas
Sonó el teléfono; amanecía. Contestó a la llamada
y su corazón acelerado le impedía realizar movimientos certeros que pusieran en
orden su cabeza. El padre de aquel muchacho había entrado en fase terminal. La
voz de aquel teléfono, sosegada, educada, pero determinante, le invitaba a
acudir a la unidad de vigilancia intensiva, para acompañar al enfermo en su momento
más sublime. Intranquilo por la distancia que los separaba y absorto durante el
camino, repetía incansablemente las tan conocidas palabras de Teresa de Jesús:
"Nada
te turbe, nada te espante, todo pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo
alcanza, a quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta."
Deseaba estar al lado de aquel hombre que tanto había
sacrificado en su vida, como lo había estado siempre desde que era pequeño.
Pablo Neruda decía:
"Tiene
mi corazón un llanto de princesa, olvidada en el fondo de un palacio
desierto".
Entró en aquella habitación y acercándose sin
protocolo alguno, lo besó. Susurrándole al oído palabras cariñosas, entrecortadas,
por la lucha que su garganta mantenía con su mente, observaba que el tiempo
apremiaba y que se despedía como el elegante apagar de una vela.
Pero una profunda paz fue invadiendo su alma. Había
comenzado a tocar, a acariciar, incluso a fijar su mirada en ella; la muerte hacia
su entrada en aquella estancia. Aquel joven anhelaba registrar todo el proceso
de una vida en tan solo unos escasos minutos como queriéndole ofrecer, en una
bandeja, todo lo que aquel moribundo, había logrado alcanzar. No pudo.
Pero una profunda paz invadió su alma.
Los ritmos cardíacos que se anunciaban en aquella
maquina, fueron siendo sustituidos por un sonido constante, eterno, que avisaba
el desenlace.
En aquella preciosa mañana de julio, la muerte
acompañaba a aquel joven al rezo del ángelus, que como fragancia preciosísima, inundó
el habitáculo con su oración, haciendo que su padre le regalara un último
obsequio. En palabras de Roberto Hernan:
Pediré a
las nubes tres deseos y
haré con
ellos una estrella, le pondré tu nombre a mis versos,
y tu carita
de luna llena, será la brillante estrella que alumbre en mi firmamento,
y para no
olvidarte nunca, ni siquiera un momento."
Y una
profunda paz invadió su alma.
jueves, 15 de diciembre de 2016
Sueños y realidades
Autora: Pilar Sanjuán Nájera
Hacía tan solo siete meses que Andrea se había casado y se dio cuenta de que su matrimonio hacía agua por todas partes. Eso no es lo que esperaba de su nueva vida. Empezó a notar que algo iba mal porque ella daba mucho pero solo recibía frialdad e indiferencia.
Inconscientemente, también percibía las grandes lagunas de su estado actual. Lo veía en sus sueños. Andrea soñaba mucho y aquellos maravillosos sueños en color, que cuando estaba soltera le alegraban la vida se habían esfumado.. cuando esto sucedió, aún le quedaban los sueños de volar que eran reconfortantes y bastante frecuentes; sin embargo, últimamente habían sufrido una transformación que le preocupaba porque decían bien a las claras que algo no funcionaba bien en su vida de pareja. Estos sueños de volar, cunado los tenía antes de casarse hacían que se sintiera libre por el espacio; volaba en todas direcciones, como los pájaros. La sensación de ingravidez la llenaba de gozo. sentirse dueña de toda aquella inmensidad, de recorrerla sin limitaciones le hacía despertar llena de optimismo. Ahora era distinto. La primera decepción la tuvo cuando, de pronto, mientras volaba, tropezó con una especie de campana invisible, como si fuera de cristal que le impedía salir al espacio; probó a escapar en todas direcciones, pero se encontraba con aquella campana que le coartaba la ansiada libertad. Creyó que esta sensación sería pasajera pero no fue así. Sucedía cada vez que soñaba con vuelos. Esta situación le producía angustia y despertaba llena de tristeza; era una tristeza como pegajosa, de la que no podía desprenderse.
Sus sueños en color se habían vuelto grises como su vida. Su afán de volar buscando libertad era solo un simulacro. Empezó a sentirse tan agobiada, tan falta de ilusión, que creyó estar en un callejón sin salida. Sin embargo, algo allí en lo hondo le decía que encontraría la manera de salir y a esa esperanza se aferraba.
lunes, 31 de octubre de 2016
Murió sin avisarme
Autora: Carmen Sánchez
No lo pude evitar y murió sin avisarme. Quizás estaba
demasiado distraída y no presté atención a las señales que mostraba o,
simplemente, su cuerpo se paró y se negó a seguir luchando, incapaz de tanto
esfuerzo.
Me ha abandonado cuando más lo necesitaba, me ha dejado sola
y aislada frente a este mundo vertiginoso, que me arrastra y me supera.
¿Cómo avisaré a los amigos? ¿Cómo lo comunicaré a los que no son amigos, per lo deben saber? Estoy perdida en este caos, que supone su ausencia. Las personas queridas, ya lo saben t su calor me anima a seguir adelante. Seré fuerte. Iré a una tienda y compraré otro móvil.
domingo, 30 de octubre de 2016
Una atracción irrefrenable
Autor: Antonio Cobos
¡No lo pude evitar! ¡ Y me sentí tan mal al hacerlo, que los
sentimientos de culpabilidad, adormecidos durante meses, me invadieron y me
convirtieron en un ser despreciable ante mi mismo. Estuve toda la tarde dándole
vueltas en mi cabeza, intentando evadirme de ese sino, que parecía ineludible. Pero,
fue algo superior a mi voluntad y a mi razón. No pude decir que no. Mi
comportamiento fue el de una marioneta sometida a una voluntad externa, o el de
un zombi de conducta involuntaria afectado por unas leyes incomprensibles para
un ser humano sensato y racional. Además, el hecho de ocurrir a media noche,
cuando todos dormían y nadie podía observarme, añadió morbosidad al delito.
Caminé a oscuras hasta mi destino, puse mi mano en el pomo de la puerta y la
abrí con suavidad, sin el más leve ruido. Sabía donde estaba y alargué los
dedos hasta llegar a tocarlo, y con una sonrisa involuntaria de satisfacción, lo
aprisioné como pude, lo abrí, cogí un trozo y lo deposité en la boca para
deshacerlo lentamente con la lengua. ¡No me martirices más, conciencia!. ¡Ya sé
que no me hace bien el chocolate y que tengo descontrolada la diabetes!
miércoles, 26 de octubre de 2016
Decisión
Autora: Pilar Sanjuán
No lo pude
evitar. Cuando sus ojos me miraron, sentí que mi ánimo desfallecía. Noté una
conmoción en todo mi ser. Una alteración en mis sentidos. Era como flotar.
No lo pude
evitar. Cuando sus ojos me miraron, sentí que mi ánimo desfallecía. Noté una
conmoción en todo mi ser. Una alteración en mis sentidos. Era como flotar.
Me dio miedo
sucumbir a ese encantamiento, pero mi voluntad estaba perturbada. Eran unos
ojos profundos, una mirada honda que me atravesaba como si yo fuera de cristal.
Si seguía mirándome así, no me quedarían fuerzas para resistirme. Él se acercó
sin dejar de mirarme. Cuando estuvo junto a mí alargó su mano buscando la mía.
Yo, como una autómata, se la di y lo seguí colgada de aquella mirada, sin poder
evitarlo.
lunes, 24 de octubre de 2016
Miguelito, angelito.
Autora: Elena Casanova
Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario, aceleraba el ritmo de sus pies por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar. —Miguelito, cielo, ven aquí cariño —volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.
Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitándole primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.
La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos, por fin al saber a su niño feliz.
Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida rescató a su pequeño y .se lo llevó.
No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.
Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Un extremo lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una profunda calma invadió mi alma.
No quería hacerlo, sabe dios que no era mi intención, pero la
capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien estrechos. Así es cómo sucedió:
Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea
con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar pensando que una cerveza sería más que
suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las
mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me
senté en una soleada esquina y pedí al camarero una caña. Los primeros sorbos me
supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.
Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y cara de pocos amigos. Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules, vivaces y desafiantes, se posaron en mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición y a los pocos minutos arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas con un agudo y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.
Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y cara de pocos amigos. Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules, vivaces y desafiantes, se posaron en mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición y a los pocos minutos arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas con un agudo y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.
Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario, aceleraba el ritmo de sus pies por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar. —Miguelito, cielo, ven aquí cariño —volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.
Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitándole primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.
La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos, por fin al saber a su niño feliz.
Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida rescató a su pequeño y .se lo llevó.
No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.
Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Un extremo lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una profunda calma invadió mi alma.
lunes, 3 de octubre de 2016
Historia con crimen
Autora: Pilar Sanjuán
Por las avenidas aún predominan los coches de
caballos, pero ya se van abriendo paso algunos con motor: los primeros Peugeot
y Renault, que son conducidos casi siempre por sus dueños, muy orgullosos,
tocando ruidosamente el claxon. Si a su lado está sentada una dama cuyo sombrero
lucha por acomodarse dentro de la cabina, el orgullo es doble, pero siempre es
mayor el que siente el caballero por el coche, que por la dama.
Cambiemos ahora de escenario.
Estamos en la lujosa residencia, en
plena playa de La Concha, de la familia Santaolalla-Vasiliev, formada por D.
Manuel, de 53 años, Diplomático, y Dª Mª Alexandra, de 29, natural de San
Petersburgo.
Son las diez de la mañana y Nadia,
como todos los días, le lleva a Dª María Alexandra el desayuno en bandeja de
plata. Su delantal y su cofia son de un blanco deslumbrante.
Antes de entrar llama suavemente con
los nudillos, luego entra y a los pocos segundos se oye un grito y el ruido de
una bandeja que cae al suelo. Toda la servidumbre, sobresaltada, corre hacia el
dormitorio de la señora. En ese momento Nadia aparece en la puerta, palidísima
y con cara horrorizada. Dice temblorosa:
- ¡Muerta! ¡La señora está muerta!
Todos entran precipitadamente y el
espectáculo es aterrador: el cuerpo de Dª Mª Alexandra yace sobre la cama con
el camisón y las sábanas empapadas en sangre y el cabello revuelto. La impresión
es tan grande que nadie acierta a decir nada. Entra de nuevo Nadia, se
arrodilla junto a la cama y abrazada al cuerpo de la señora, llora sin
consuelo. Dª Aránzazu, algo más dueña de sí que los demás, dice con autoridad:
- Hay que avisar al señor y al Comisario. No toquéis nada, salid y
cerrad la puerta. Yo voy a llamar por teléfono.
Les cuesta arrancar a Nadia de allí;
luego salen todos. Las doncellas no dejan sola a su compañera, que llora y se
lamenta sin cesar.
La señora Aránzazu hace dos llamadas.
Todos están aturdidos y no saben qué actitud tomar.
Media hora más tarde llega el
Comisario con un ayudante. El ama de llaves lo lleva al dormitorio donde pide
que lo dejen solo. Su ayudante se ha quedado junto a la servidumbre.
Después de un rato bastante largo,
aparece el Comisario y ruega que lo acompañen al jardín. Allí, bajo el ventanal
del dormitorio de los señores, observa cuidadosamente el suelo y el árbol que
crece pegado a la fachada, justo bajo el alféizar del ventanal. Luego entra en
la casa y en el despacho de D. Manuel va interrogando uno a uno a todos,
entreteniéndose mucho más en Nadia.
Han pasado dos horas y media desde la
llegada del Comisario y se oye el ruido de un motor en el jardín. Entra el Sr.
Santaolalla con el rostro demudado y acompañado, se dirige al dormitorio; el
policía observa las reacciones en el rostro del señor; éste, a la vista del
cadáver se siente desfallecer y toma asiento. Sólo dice de vez en cuando:
- ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo es posible?
El Comisario deja a D. Manuel que se
reponga y luego le ruega que lo acompañe a su despacho para interrogarlo.
Casi una hora después salen y se
dirigen al jardín, bajo el ventanal, donde hablan un buen rato.
Por fin entran en la casa y el Comisario ruega
a todos que tomen asiento. Tiene el aire grave de la persona que va a decir
algo trascendental. Todos están expectantes, menos D. Manuel que, derrumbado en
un sillón, está como ausente.
El Comisario, con voz un tanto
alterada, dice:
- Sé quién ha cometido este horrible crimen y lo voy a comunicar. Va a
ser un golpe tremendo para todos ustedes.
Antes de ese momento tan apasionante,
hagamos un poco de historia del matrimonio.
Hace cinco años, D. Manuel, por
asuntos diplomáticos, tuvo que ir a San Petersburgo a entrevistarse con el
Embajador español en Rusia. En la Embajada, en una fiesta, conoció a una
jovencita bellísima de 24 años, de familia aristocrática. Al Diplomático no
sólo le llamó la atención por su belleza; era además una joven muy cultivada,
con la que pudo conversar en francés y en español, idiomas que ella conocía a
la perfección. En ruso hablaron de Literatura. D. Manuel quedó maravillado de
aquella joven y se sintió atraído por ella. La atracción fue mutua, pues a
pesar de la diferencia de edad - él tenía 48 años - su aspecto juvenil y
atractivo y sus modales de hombre de mundo cautivaron a Dª Mª Alexandra, que
pronto olvidó a su primo lejano Fiódor, con el que tenía una relación amistosa,
a pesar del empeño de ambas familias para que se transformara en algo más.
D. Manuel y la joven se vieron con
asiduidad durante un tiempo y él se decidió a pedir su mano. Los padres
accedieron, deslumbrados por el brillante porvenir del que parecía gozar el
Diplomático. Por su parte, Dª Mª Alexandra estaba encantada ante la perspectiva
de vivir en San Sebastián, ciudad que ya conocía.
Se casaron y el viaje de novios
consistió en la inauguración del ferrocarril que unía El Cairo con Jartum, en
Sudán, a la que el Diplomático estaba invitado. Fue maravilloso, pero la
admiración que su mujer despertaba en todas partes empezó a molestar a su
esposo, que poco a poco fue descubriendo un temperamento celoso que sorprendió
a Dª Mª Alexandra. Los accesos de mal humor, a duras penas disimulados,
ensombrecieron el final del viaje.
Ya instalados en San Sebastián, todo
volvió a la normalidad. Sólo algún pequeño episodio de celos si los escotes de
ella eran más pronunciados de lo que él consideraba razonable, y que la joven
zanjaba tapándose un poco más, perturbaban ligeramente la convivencia. Luego
aumentaron con el disgusto, si él estaba ausente, de saber que ella había ido a
la Ópera o al Teatro con sus amigas y los esposos de ellas. Dejó de ir, así
como a pasear por los parques, siempre acompañada de otras damas. Dª Mª
Alexandra fue dándose cuenta de que su radio de acción se iba limitando cada
vez más y se quejó a su marido. El amor de D. Manuel por su esposa era tanto
que quiso curarse de aquella enfermiza tendencia a los celos. Visitaron a un
Psiquiatra austriaco que iba alcanzando en Europa gran renombre: Freud: curaba
las neurosis y las histerias con un procedimiento nuevo: el psicoanálisis, y al
parecer obtenía verdaderos éxitos. Lo visitaron varias veces y el Sr. Santaolalla
se sometió a un tratamiento severo, que parece que alivió sus traumas, con gran
alegría de su esposa y de él mismo.
Los celos de D. Manuel parecían
superados, pero en realidad seguían latentes. Después de períodos de
tranquilidad, alguna nimiedad volvía a provocar situaciones de tensión y
cambios de humor repentinos.
El Diplomático comprendió que no había
sido del todo sincero con el Dr. Freud; no le había desnudado por completo su
alma; en su inconsciente quedaba algún deseo reprimido y esto hacía incurable su enfermedad.
Y entre luces y sombras, pasaron cinco
años de matrimonio; se alternaban momentos felices con otros de zozobras y
sobresaltos.
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Hemos llegado al momento presente,
después del suceso terrible del asesinato de Dª Mª Alexandra. El Comisario se
dispone a decir el nombre del asesino.
Consciente de la expectación que
suscita, espera unos segundos que a todos les parecen interminables.
- Sé que mis palabras les van a causar un impacto terrible y lo siento.
Los hechos han ocurrido así: Esta pasada madrugada, D. Manuel vino de Biarritz,
dejó el coche un poco alejado y entró en la casa trepando por el árbol bajo el
ventanal (esto lo había hecho muchas veces de niño). Asesinó a su pobre esposa
a causa de un ataque de celos incontrolable: dos días antes encontró en el
cajón secreto del escritorio de Dª Mª Alexandra un paquete de cartas de su
primo Fiódor en las que le declaraba su amor una y otra vez.
En este momento Nadia, como movida por
un resorte, se levantó y dirigiéndose al Comisario, dijo de manera entrecortada
en un español muy aceptable:
- Sr. Comisario: yo sabía de la existencia de esas cartas, porque mi
señora no tenía secretos para mí. Ella no les daba la menor importancia; es
más, no contestó ni a una sola de ellas. Las guardaba por respeto a su primo,
pero más de una vez estuvo a punto de romperlas sabiendo lo celoso que era D.
Manuel.
Dicho esto, Nadia se volvió hacia su
señor y con gran enojo le dirigió estas palabras:
- No puedo seguir ni un momento más bajo el techo de quien ha cometido
un acto tan bárbaro e injusto con mi señora, jamás le perdonaré.
Se dio media vuelta y salió apresurada
del salón ante el asombro de todos. D. Manuel
se hundió más en el sillón y se tapó la cara con las manos, sollozando sin
importarle el espectáculo que daba ante todos los presentes.
El comisario esperó respetuosamente a
que el Diplomático recuperara la compostura. Luego se acercó a él y dijo:
- Acompáñeme.
El Sr. Santaolalla se levantó trabajosamente
y todos quedaron conmocionados al ver su aspecto: había perdido toda su
apostura; su espalda y sus hombros se habían curvado, su cabeza se inclinaba
sobre el pecho y sus andares, tan firmes otras veces, ahora eran inseguros y
vacilantes. Había envejecido diez años en pocas horas.
domingo, 25 de septiembre de 2016
¿Te han invitado?
Autora: Carmen Sánchez
La víctima aún no sabe que ha sido seleccionada. Su marido, amiga o amante la ha invitado a pasar un fin de semana diferente. Ingenuamente, el elegido piensa que va a disfrutar unos días estupendos, en el “Palacio Méndez”.
La víctima aún no sabe que ha sido seleccionada. Su marido, amiga o amante la ha invitado a pasar un fin de semana diferente. Ingenuamente, el elegido piensa que va a disfrutar unos días estupendos, en el “Palacio Méndez”.
Este lujoso palacete fue construido en 1900 por los Marqueses
de Méndez. La residencia tiene diez habitaciones con baño, dos salones de
verano y otros dos de invierno, con chimenea. Cuenta también con una amplia
cocina, bodega, garaje y amplios jardines con vistas al mar y acceso directo a
la playa. Dispone además, de una capilla familiar y un pequeño cementerio
privado.
Por su parte, el guarda del palacio sabe que los invitados
vienen acompañados. Suelen ser personas hastiadas de su vida, que buscan
emociones un poco más fuertes. Necesitan experimentar que pierden el control de
su entorno. Saben que van a participar en un juego relacionado con la muerte,
con la muerte de otros, por supuesto. El último grupo llega una tarde gris de
febrero.
La primera impresión cuando ven el edificio, es de decepción,
porque creen que el aspecto exterior del palacete es una impostura, pero la
realidad es que el tiempo lo ha modelado hasta conseguir la imagen sombría que
presenta. La piedra está tan oscura que parece calcinada. Las torres, coronadas
por chapiteles de pizarra negra, perfilan con sus agujas puntiagudas el cielo plomizo.
Los altos ventanales aparecen cegados por el polvo acumulado durante décadas.
Los secretos de la casa no deben salir fuera.
El chirrido de la verja herrumbrosa avisa al guarda, el
hombre de cuerpo enjuto y ademanes pausados, muestra una palidez extrema en
rostro y manos, casi se diría que es de la época de la casa.
Cuando los invitados entran en el vestíbulo se quedan estupefactos.
Ante sus ojos hay una majestuosa escalera de roble, con guirnaldas talladas en
la baranda. El parqué reluciente dibuja infinitos trazos geométricos. Las
arañas de cristal brillan con mil destellos. Las cortinas de terciopelo
acarician las paredes tapizadas de raso verde. El interior de la casa es
espectacular. Todo está intacto y conserva el refinamiento de la época, como si
no hubiera pasado el tiempo.
El guarda interrumpe las miradas expectantes de los huéspedes
para contarles la tragedia del palacete.
- El
marqués, D. Manuel de Méndez, de noble cuna, viajó a América. Pasado un tiempo regresó
muy rico y acompañado de su esposa, Dª María. Ella era una joven indiana muy
hermosa, a la que el señor amaba con locura. Este palacio es la demostración de
cuánto la adoraba.
Y continuó:
- Sin
embargo, la felicidad que irradiaban era tal, que a su alrededor comenzaron a
crecer envidias y maledicencias. Así, los celos mortificaron al marqués día y
noche hasta que, en un arrebato de ira, mató a su esposa y luego arrepentido
del crimen, se suicidó.
- Desde
entonces- siguió- el palacio está como ellos lo dejaron. No vive nadie, sólo yo
abro cuando vienen los huéspedes y cierro cuando se marchan.
Dicho esto, el guarda se retira y el juego empieza.
Para comenzar, cada visitante recibe un formulario donde debe
indicar, entre otros datos, la persona
que lo ha invitado. Aparentemente todos los impresos son iguales, pero uno
tiene consignado la opción: “Finalizar juego”. Su acompañante no saldrá de la
casa vivo.
La espera
Autora: María Gutiérrez
Se lo dijo varias veces, ella sonreía, aunque seguramente pensaba que
él tenía razón y que no pretendía hacerle sufrir innecesariamente. A sus veinte
años, Manuel era ya tremendamente sensato. Necesitaba cambiar de vida, dejar de
sentirse atado a unas tierras que ya no producían lo necesario y a las que
llevaban atados varias generaciones.
María solía contestarle que esperara un poco y tuviera paciencia que todo esto podía ser pasajero y
pronto podría mejorar la situación. No cesaban de llegar noticias sobre la
emigración de españoles desde distintos puntos de la geografía española hacia
Cuba. En esta isla se daban las condiciones idóneas para el cultivo del mejor
tabaco del mundo. Necesitaban mano de obra de agricultores que aportaran su
experiencia. Los cubanos no piden muchos requisitos, que sean preferentemente
varones entre 18 y 40 años y sobre todo que estén sanos. Era el boom del
momento.
Una mañana del 15 de Febrero de 1900, partió Manuel desde el puerto de Tenerife en un barco de
vapor, dispuesto a cruzar el Atlántico y cumplir su sueño de hacer “Las
Américas” con rumbo a La Habana en busca de fortuna. Envueltos en lágrimas se
despiden Manuel y María. Él le promete
que pronto volverá y ella ahogada en llanto, que siempre lo esperará´
Durante unos años, no paran de cruzarse cartas de amor llenas de
sueños y promesas. María las va guardando como el mejor de los tesoros ya que
es todo lo que le queda de él, junto a una foto en blanco y negro que él le
dedicó.
Cuando se es joven, eres tan impaciente, que cada día, cada minuto que
pasas sin estar al lado de tu amor, se
te hace insoportable y eterno, pudiendo llegar a considerarlo como una
auténtica tragedia. Ella se pregunta continuamente:
¿Cuándo volverá Manuel? ¿Serían falsas
las promesas y solo era teatro, en su
papel más hipócrita?
Con frecuencia, María acude a casa de Juana la hermana que ya solo le
queda a Manuel. Esta no deja de ofrecerle
muestras de cariño y acogimiento, pero también la anima para que ella
siga su camino. Le quiere dar a entender que no se haga demasiadas
ilusiones esperando a que Manuel regrese, que deje ya un poco de lado el pasado
y comience a vivir la vida. Ella no hace mucho caso y sigue alimentándose de
recuerdos, acabando siempre
desesperada y hundida.
Cuantas veces se ha sentido
convertida en dulce abuela, rodeada de sus nietos aunque nunca ha llegado a ser madre. Necesita reanimar su corazón destrozado y casi
consumido. A pesar de todo, sigue soñando vestirse de blanco azahar…
No está dispuesta a tirar la toalla, continua amando la vida aunque la plenitud ha quedado
bastante atrás y ella lo sabe de sobra. Nota como su cuerpo se va
desquebrajando, derrumbando poco a poco. Para consolarse piensa, que el destino
ha influido bastante en todo lo que está
ocurriendo, en lo bueno y en lo malo y esto la tranquiliza un poco. Piensa a
veces que la vida le ha escupido, le ha
dado un poco de lado.
Ese viaje que Manuel hizo a La Habana en plena juventud, prometiéndole
que muy pronto volvería, ¡Que lejos se
está quedando!! Se está convirtiendo en
cenizas… Su cabello se ha tornado en
gris, tirando a blanco. Se mira al espejo y retoca su pintura apagada y
marchita, sacando una sonrisa al pensar que Manuel pudiera volver de repente.
Cada día va a la playa, pasando horas y horas, mirando a la lejanía,
no se cansa de esperar por su en algún momento
el mar le devuelve a su amor en un barco de vapor. Para ella no hay noche ni día. ¡Cuántas lágrimas lleva derramadas!
Uno de los días que acudió a
visitar a su cuñada Juana, esta tuvo que ausentarse un breve tiempo de la casa.
Mientras, María aprovechó el rato viendo fotos
de la familia, encontrándose con algo que la hizo palidecer. Al
volver Juana no encontró
a María en la casa, no le dio
mayor importancia, simplemente pensó
que se habría cansado de esperar aunque se había ausentado un breve
espacio de tiempo.
No podía ni imaginar la última
noticia que le llegaría. María
había sido encontrada muerta en la playa. A
su lado había un sobre con matasellos cubano. Dentro se encontraba una
página de un diario de Cuba de hacía 39
años en la que informaba que Manuel
había sido encontrado muerto en la playa, víctima de un robo.
Entre sus pertenencias, encontraron un billete con destino a España.
¡¡Al fin estaban juntos!!
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