Siempre he creído que el cine es uno de los
inventos más extraordinarios de la modernidad. Un vehículo para la cultura, tan
eficaz como la Educación y la Literatura, con los que puede ir de la mano. Así
sería si los Gobiernos no intentaran (y muchas veces consiguieran) manipularlo
y maniatarlo dándole el uso que a ellos les conviene, o sea, aprovechándose de
él para hacer propaganda a su favor.
También en las democracias se hizo cine
propagandístico, EE. UU. por ejemplo, durante la II Guerra Mundial y después
nos invadía con sus películas bélicas en las que los Generales y el ejército
estadounidense eran ejemplos de heroicidad, siempre en defensa de la “justicia”
y el “bien”. En Francia, con bastante razón, eso sí, se hizo mucho cine sobre
la Resistencia contra el Nazismo. De todas formas, el cine francés, no sé si
por haber nacido allí, siempre ha estado más considerado y protegido por sus
gobiernos y ha gozado de más libertad que en otros países; sus Directores
hacían y hacen la clase de cine que les apetece. Cuando el nuestro estaba
encorsetado y constreñido por la censura franquista, los españolitos que
podían, iban a ver películas prohibidas en España a Perpignan (Francia). Se
supone que sus cinco sentidos agudizados y vírgenes, ante aquellas escenas,
quedarían enajenados y en éxtasis.
Ahora en España, la censura del Gobierno actual,
consiste en aplicar un IVA cultural abusivo que deja maniatados al cine, al
teatro, a la Música, al Ballet etc. Veremos si surgen nuevos Gobiernos de las
corrientes renovadoras que sean capaces de bajar el IVA y dejar respirar a la
asfixiada cultura.
El malestar de los cineastas se pone de manifiesto
cada año en la Gala de los Goya. Allí, actores, actrices y Directores hacen oír
sus voces de protesta ante la presencia del Ministro de turno.
Siempre me ha gustado el cine. He pasado y paso con
él ratos inolvidables. Recuerdo con nostalgia los cines de verano de mi
juventud en Úbeda. Había cuatro o cinco en los que era una delicia disfrutar,
no sólo de la película, sino de un aire limpio y fresco, de las estrellas en lo
alto, del suelo de tierra apisonada recién regado, del aroma de las plantas
llamadas “dompedros” que perfumaban el ambiente... Antonio Muñoz Molina habla
de esos cines en alguno de sus libros, porque en su niñez, iba todas las noches
a gozar de esos sencillos placeres.
Aún recuerdo la primera vez que fui al cine; tenía
unos once años y me llevó mi hermana Julieta en Logroño, un poco antes de venir
como “desterrados a Úbeda (represalias del Régimen a mis padres por haber sido
Maestros republicanos). La película que vimos jamás se me olvidará, tan grande
fue mi impresión; era policiaca y se titulaba “Charlie Chan en Egipto”. Este
personaje, un detective chino, andaba siempre de tiroteos. Para mí, lo que
ocurría en la pantalla era real, así que cada vez que disparaban, yo me
escondía tras la butaca de delante, igualito que hacían en el Congreso aquellos
valientes Diputados cuando el asalto de Tejero. Debí pensar - de esto no me
acuerdo - cómo es que mi hermana me ponía en peligro de esa manera. Pasé tanto
miedo, que se me enfriaron los entusiasmos por el cine. Menos mal, pues iban a
transcurrir varios años antes de ir de nuevo.
Por fin, con quince años, en mi adolescencia,
empecé a ver películas en la terraza de mi amiga Josefina en Úbeda. Vivía al
lado de un cine de verano. Esto fue para mí algo extraordinario: ver cine todas
las noches sin pagar un céntimo. El único inconveniente era que tenía que
volver a casa antes de terminar la película para no llegar tarde. Me costaba
horrores arrancarme de la terraza sin ver el final. Al día siguiente, me lo
contaba Josefina. Allí pudimos ver el cine que se permitía: películas
folclóricas con Imperio Argentina, Miguel Ligero, Lola Flores, Juanita Reina
etc. Rancias películas históricas como “Alba de América”, “Jeromín”, “Locura de
Amor” o “Agustina de Aragón”. En estas dos últimas, los gritos y los “excesos”
gestuales de Aurora Bautista nos ponían la carne de gallina... Pero lo que más
nos gustaba eran películas del Oeste, con vaqueros valientes, sudorosos, guapos
y decididos que limpiaban de forajidos aquellos pueblos cuya gente pacífica
estaba siempre amenazada por el polvo y los bandidos. Algunos de estos
vaqueros, duros con los malvados, sucumbían a los encantos de la chica del SALOON
y se enamoraba de ella. Por la noche, las quinceañeras soñábamos con idilios
entre sombreros tejanos, pistoleras y caballos galopantes. Nuestra imaginación
desbordada y nuestra realidad plagada de austeridades propiciaba estos
“desmadres” que nos sacaban de la rutina.
El cine
nació en Francia, inventado por los hermanos Lumière. Su primera película fue
un corto de diez minutos el año 1895.
Al
principio, el cine fue mudo y en él triunfaron Charlot y Buster Keaton. El año
1927 comenzó el cine sonoro y algunas actrices de gran fama se hundieron porque
sus voces desagradables o estridentes no quedaban bien y tuvieron que
retirarse.
Rodar una película es un trabajo arduo, que
necesita la colaboración de muchas personas: Director, Productor, guionistas,
actores y actrices, Director de fotografía, maquilladores, expertos en
localizaciones, músicos etc etc.
A veces el Productor, dueño del dinero, interfiere
en el trabajo del Director y se crean tensiones que entorpecen el rodaje; por
eso, los Directores, siempre que pueden, son también Productores y así trabajan
con entera libertad. Un productor que jamás se inmiscuyó en la labor de sus
Directores, fue verdaderamente ejemplar: Elías Querejeta, ya desaparecido.
El
guionista supone una parte importantísima en el buen resultado de una película.
Tuvimos uno (ya murió por desgracia) que fue el mejor del mundo: Rafael Azcona;
película donde él intervenía, era un éxito. Son ejemplos “El cochecito”, “La
prima Angélica”, “El pisito”, “La escopeta nacional”, “Plácido”, “El verdugo”
etc etc. En cuanto a los iluminadores o fotógrafos son otro elemento
imprescindible en el buen resultado de una filmación. También tuvimos uno que
se lo disputaban los mejores Directores europeos y estadounidenses: Néstor
Almendros. Nació en Barcelona y aprendió su oficio muy joven en Cuba, Nueva
York, Italia y Francia. Murió ya hace tiempo.
¿Y qué decir de los Directores? Son el alma de la
película. Un buen Director, acompañado de un buen guionista y un buen fotógrafo
consiguen el milagro de hacer películas inolvidables. Los hemos tenido y los
tenemos en España excelentes. Ya se fueron Buñuel, Pilar Miró, Juan Antonio
Bardem, Fernán Gómez, Berlanga, Ricardo Franco. De Bardem hemos visto
recientemente una película donde se pone de manifiesto lo que es capaz de hacer
un buen Director: me refiero a “La venganza”, de ambiente rural; supo conseguir
que una actriz mediocre como Carmen Sevilla, trabajara admirablemente; y con
ropa burda, sobresale por sus gestos contenidos, su expresión seria y
convincente; logró que hablase con naturalidad, que no sonriera continuamente;
en fin, la transformó y nos dejó asombrados el resultado: Carmen Sevilla estaba
a años luz de sus películas folclóricas, se había convertido en una gran actriz.
Igual ocurrió en la película “La tía Tula”, en la que el Director Miguel Picazo
fue capaz de “contener” a Aurora Bautista, que hizo un trabajo modélico.
No quiero dejar de citar Directores/as actuales que
son excelentes: Carlos Saura, José Luis Borau, Iciar Bollaín, José Luis Cuerda,
Alejandro Amenábar, Gracia Querejeta, Fernando Trueba, Isabel Coixet, Jaime
Chávarri, Mario Camus y un largo etc. Es imposible citar a todos. En cuanto a
actores y actrices, los tenemos extraordinarios.
Nuestro cine necesita otra Pilar Miró, que cuando
fue Directora General de Cinematografía de 1982
a 1985, promovió leyes de protección al cine para mejorar su calidad y
lo consiguió. Ahora, rodar una película es un acto casi heroico, porque, ¿quién
asume esos gastos astronómicos sin apenas ayudas? Ojalá reciba otra vez la
protección que merece.
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