
Empiezo mis faenas antes de que salga el sol
y cuando me acuesto, después de echarles de comer a las vacas, son casi las
doce de la noche.
¡Buena la hice el día que me casé con el
Pascual! ¿Por qué me enamoré de un hombre tan flojo? Claro, me deslumbró con su
buena planta, con su labia, con sus atenciones… Me sacaba a bailar en todas las
fiestas y yo, tonta de mí, creía que todo aquello me lo merecía porque, aunque
me esté mal el decirlo, era una de las mozas más guapas del contorno. Mira que
mis amigas me lo advirtieron: “Montse, el Pascual no va por ti, va por las
fanegas de tierra de regadío de tu masía y por la granja; ándate con cuidado; a
él le gusta poco trabajar y sabe que las has heredado; tú en cambio eres muy
trabajadora”. Yo hice oídos sordos, pensando que era la envidia la que hablaba
por ellas, pero tenían razón; a lo que él aspiraba era a darse la gran vida a
costa mía. Nos casamos y bien pronto empezó a enseñar sus “paticas”: que si el
dolor de riñones, que si los mareos, que el calor lo dejaba sin fuerzas y el
frío le daba reuma… yo, en principio, me desvivía por él y procuraba evitarle
esfuerzos, pero cuando vi que se iba de caza con excesiva frecuencia, el muy
tunante, porque eso le “espejeaba” la cabeza, comprendí cómo se reservaba para
no hacer trabajos duros. Mientras yo me quemaba con el sol de la trilla y aguantaba
la tramontana heladora, él pasaba ratos y ratos al calor de la chimenea o al
fresco del ventilador, según la época. Para más “inri”, el día que iba de caza,
traía una liebre y me decía: “Desuéllala y guísamela para la cena”. Además me
exigía que la cocinara como una que le pusieron cuando era mozo en el
restaurante de Ferrán Adriá. Estoy tan harta, que cualquier día la guisaré con
los perdigones dentro a ver si se rompe un diente, porque encima presume aún de
su buen ver; claro, con 44 años y bien cuidado, parece un mocito y yo, con 40,
aparento tener casi 60, con la piel renegrida y arrugada, las manos
encallecidas y el cuerpo deformado.
Desde el año pasado, tengo la ayuda del
Pascualet, que ha cumplido 15 años, pero aún así, hay demasiado trabajo. Mi
marido quiere que la Nuria, con 12 años, empiece ya a echar una mano en la
masía, pero como me llamo Montserrat, que la Nuria no será una esclava como yo;
ella estudiará Enfermería que es lo que le gusta.

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