lunes, 24 de octubre de 2016

Miguelito, angelito.

Autora: Elena Casanova

No quería hacerlo, sabe dios que no era mi intención, pero la capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien  estrechos. Así es cómo sucedió:
Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar  pensando que una cerveza  sería más que  suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me senté en una soleada esquina y  pedí al camarero una caña. Los primeros  sorbos me supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.

Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y  cara de pocos amigos.  Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules,  vivaces y desafiantes,  se posaron en  mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en  una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron  cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición  y a los pocos minutos   arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas  con un agudo  y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a  protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.

Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario,  aceleraba el  ritmo de sus pies  por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar.  —Miguelito, cielo, ven aquí cariño ­­—volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el  concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.

Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitándole primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.

La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos, por fin al saber a su niño feliz.  

Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con  mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida rescató a su pequeño y .se lo llevó.

No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y  poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y  parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.

Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Un extremo lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo  se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una profunda calma invadió mi alma.

lunes, 3 de octubre de 2016

Historia con crimen


Autora: Pilar Sanjuán


San Sebastián. Es febrero de 1900. La ciudad bulle ya con un aire nuevo. Ha comenzado el último año del S. XIX y el XX está a la vuelta de la esquina. Hay en las gentes como una impaciencia por ese comienzo de siglo. La ciudad está de moda en Europa. La Regente, Dª Mª Cristina, pasa temporadas en ella y París exporta sus modelos que tienen aquí tanto éxito como en la capital francesa. Los parques son una orgía de color a pesar de ser invierno, porque las damas lucen sus atuendos malvas, rojos, verdes o fucsias de forma desinhibida. Abrigos entalladísimos que marcan las breves cinturas y los bustos opulentos, acompañados de manguitos de piel de nutria, castor o visón, a juego con los cuellos, son rematados por sombreros voluminosos con adornos increíbles. La temperatura es suave y el uso de manguitos obedece más a la coquetería que a la necesidad. Al sacar las manos de aquel “refugio”, las muestran suaves, blancas y tibias, sin rojeces ni sabañones (¡Horror; sabañones, qué ordinariez!).
 Por las avenidas aún predominan los coches de caballos, pero ya se van abriendo paso algunos con motor: los primeros Peugeot y Renault, que son conducidos casi siempre por sus dueños, muy orgullosos, tocando ruidosamente el claxon. Si a su lado está sentada una dama cuyo sombrero lucha por acomodarse dentro de la cabina, el orgullo es doble, pero siempre es mayor el que siente el caballero por el coche, que por la dama.
Cambiemos ahora de escenario.
Estamos en la lujosa residencia, en plena playa de La Concha, de la familia Santaolalla-Vasiliev, formada por D. Manuel, de 53 años, Diplomático, y Dª Mª Alexandra, de 29, natural de San Petersburgo.
Esa mañana de febrero, todo es tranquilidad en la mansión. El señor lleva dos días fuera, en Biarritz, por asuntos de trabajo. En la casa está la señora, que aún no se ha despertado, y la servidumbre: el ama de llaves, Dª Aránzazu, Teresa la cocinera, Juan, un criado, Iñaqui el jardinero y tres doncellas: Idoia, Begoña y Nadia, ésta de 25 años, llegada de Rusia a la vez que su señora, y que la atiende como primera doncella.
Son las diez de la mañana y Nadia, como todos los días, le lleva a Dª María Alexandra el desayuno en bandeja de plata. Su delantal y su cofia son de un blanco deslumbrante.
Antes de entrar llama suavemente con los nudillos, luego entra y a los pocos segundos se oye un grito y el ruido de una bandeja que cae al suelo. Toda la servidumbre, sobresaltada, corre hacia el dormitorio de la señora. En ese momento Nadia aparece en la puerta, palidísima y con cara horrorizada. Dice temblorosa:
   - ¡Muerta! ¡La señora está muerta!
Todos entran precipitadamente y el espectáculo es aterrador: el cuerpo de Dª Mª Alexandra yace sobre la cama con el camisón y las sábanas empapadas en sangre y el cabello revuelto. La impresión es tan grande que nadie acierta a decir nada. Entra de nuevo Nadia, se arrodilla junto a la cama y abrazada al cuerpo de la señora, llora sin consuelo. Dª Aránzazu, algo más dueña de sí que los demás, dice con autoridad:
   - Hay que avisar al señor y al Comisario. No toquéis nada, salid y cerrad la puerta. Yo voy a llamar por teléfono.
Les cuesta arrancar a Nadia de allí; luego salen todos. Las doncellas no dejan sola a su compañera, que llora y se lamenta sin cesar.
La señora Aránzazu hace dos llamadas. Todos están aturdidos y no saben qué actitud tomar.
Media hora más tarde llega el Comisario con un ayudante. El ama de llaves lo lleva al dormitorio donde pide que lo dejen solo. Su ayudante se ha quedado junto a la servidumbre.
Después de un rato bastante largo, aparece el Comisario y ruega que lo acompañen al jardín. Allí, bajo el ventanal del dormitorio de los señores, observa cuidadosamente el suelo y el árbol que crece pegado a la fachada, justo bajo el alféizar del ventanal. Luego entra en la casa y en el despacho de D. Manuel va interrogando uno a uno a todos, entreteniéndose mucho más en Nadia.
Han pasado dos horas y media desde la llegada del Comisario y se oye el ruido de un motor en el jardín. Entra el Sr. Santaolalla con el rostro demudado y acompañado, se dirige al dormitorio; el policía observa las reacciones en el rostro del señor; éste, a la vista del cadáver se siente desfallecer y toma asiento. Sólo dice de vez en cuando:
   - ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo es posible?
El Comisario deja a D. Manuel que se reponga y luego le ruega que lo acompañe a su despacho para interrogarlo.
Casi una hora después salen y se dirigen al jardín, bajo el ventanal, donde hablan un buen rato.
 Por fin entran en la casa y el Comisario ruega a todos que tomen asiento. Tiene el aire grave de la persona que va a decir algo trascendental. Todos están expectantes, menos D. Manuel que, derrumbado en un sillón, está como ausente.
El Comisario, con voz un tanto alterada, dice:
   - Sé quién ha cometido este horrible crimen y lo voy a comunicar. Va a ser un golpe tremendo para todos ustedes.
Antes de ese momento tan apasionante, hagamos un poco de historia del matrimonio.
Hace cinco años, D. Manuel, por asuntos diplomáticos, tuvo que ir a San Petersburgo a entrevistarse con el Embajador español en Rusia. En la Embajada, en una fiesta, conoció a una jovencita bellísima de 24 años, de familia aristocrática. Al Diplomático no sólo le llamó la atención por su belleza; era además una joven muy cultivada, con la que pudo conversar en francés y en español, idiomas que ella conocía a la perfección. En ruso hablaron de Literatura. D. Manuel quedó maravillado de aquella joven y se sintió atraído por ella. La atracción fue mutua, pues a pesar de la diferencia de edad - él tenía 48 años - su aspecto juvenil y atractivo y sus modales de hombre de mundo cautivaron a Dª Mª Alexandra, que pronto olvidó a su primo lejano Fiódor, con el que tenía una relación amistosa, a pesar del empeño de ambas familias para que se transformara en algo más.
D. Manuel y la joven se vieron con asiduidad durante un tiempo y él se decidió a pedir su mano. Los padres accedieron, deslumbrados por el brillante porvenir del que parecía gozar el Diplomático. Por su parte, Dª Mª Alexandra estaba encantada ante la perspectiva de vivir en San Sebastián, ciudad que ya conocía.
Se casaron y el viaje de novios consistió en la inauguración del ferrocarril que unía El Cairo con Jartum, en Sudán, a la que el Diplomático estaba invitado. Fue maravilloso, pero la admiración que su mujer despertaba en todas partes empezó a molestar a su esposo, que poco a poco fue descubriendo un temperamento celoso que sorprendió a Dª Mª Alexandra. Los accesos de mal humor, a duras penas disimulados, ensombrecieron el final del viaje.
Ya instalados en San Sebastián, todo volvió a la normalidad. Sólo algún pequeño episodio de celos si los escotes de ella eran más pronunciados de lo que él consideraba razonable, y que la joven zanjaba tapándose un poco más,  perturbaban ligeramente la convivencia. Luego aumentaron con el disgusto, si él estaba ausente, de saber que ella había ido a la Ópera o al Teatro con sus amigas y los esposos de ellas. Dejó de ir, así como a pasear por los parques, siempre acompañada de otras damas. Dª Mª Alexandra fue dándose cuenta de que su radio de acción se iba limitando cada vez más y se quejó a su marido. El amor de D. Manuel por su esposa era tanto que quiso curarse de aquella enfermiza tendencia a los celos. Visitaron a un Psiquiatra austriaco que iba alcanzando en Europa gran renombre: Freud: curaba las neurosis y las histerias con un procedimiento nuevo: el psicoanálisis, y al parecer obtenía verdaderos éxitos. Lo visitaron varias veces y el Sr. Santaolalla se sometió a un tratamiento severo, que parece que alivió sus traumas, con gran alegría de su esposa y de él mismo.
Los celos de D. Manuel parecían superados, pero en realidad seguían latentes. Después de períodos de tranquilidad, alguna nimiedad volvía a provocar situaciones de tensión y cambios de humor repentinos.
El Diplomático comprendió que no había sido del todo sincero con el Dr. Freud; no le había desnudado por completo su alma; en su inconsciente quedaba algún deseo reprimido  y esto hacía incurable su enfermedad.
Y entre luces y sombras, pasaron cinco años de matrimonio; se alternaban momentos felices con otros de zozobras y sobresaltos.
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Hemos llegado al momento presente, después del suceso terrible del asesinato de Dª Mª Alexandra. El Comisario se dispone a decir el nombre del asesino.
Consciente de la expectación que suscita, espera unos segundos que a todos les parecen interminables.
   - Sé que mis palabras les van a causar un impacto terrible y lo siento. Los hechos han ocurrido así: Esta pasada madrugada, D. Manuel vino de Biarritz, dejó el coche un poco alejado y entró en la casa trepando por el árbol bajo el ventanal (esto lo había hecho muchas veces de niño). Asesinó a su pobre esposa a causa de un ataque de celos incontrolable: dos días antes encontró en el cajón secreto del escritorio de Dª Mª Alexandra un paquete de cartas de su primo Fiódor en las que le declaraba su amor una y otra vez.
En este momento Nadia, como movida por un resorte, se levantó y dirigiéndose al Comisario, dijo de manera entrecortada en un español muy aceptable:
   - Sr. Comisario: yo sabía de la existencia de esas cartas, porque mi señora no tenía secretos para mí. Ella no les daba la menor importancia; es más, no contestó ni a una sola de ellas. Las guardaba por respeto a su primo, pero más de una vez estuvo a punto de romperlas sabiendo lo celoso que era D. Manuel.
Dicho esto, Nadia se volvió hacia su señor y con gran enojo le dirigió estas palabras:
   - No puedo seguir ni un momento más bajo el techo de quien ha cometido un acto tan bárbaro e injusto con mi señora, jamás le perdonaré.
Se dio media vuelta y salió apresurada del salón ante el asombro de todos. D.  Manuel se hundió más en el sillón y se tapó la cara con las manos, sollozando sin importarle el espectáculo que daba ante todos los presentes.
El comisario esperó respetuosamente a que el Diplomático recuperara la compostura. Luego se acercó a él y dijo:
   - Acompáñeme.

El Sr. Santaolalla se levantó trabajosamente y todos quedaron conmocionados al ver su aspecto: había perdido toda su apostura; su espalda y sus hombros se habían curvado, su cabeza se inclinaba sobre el pecho y sus andares, tan firmes otras veces, ahora eran inseguros y vacilantes. Había envejecido diez años en pocas horas.

domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Te han invitado?

Autora: Carmen Sánchez

La víctima aún no sabe que ha sido seleccionada. Su marido, amiga o amante la ha invitado a pasar un fin de semana diferente. Ingenuamente, el elegido piensa que va a disfrutar unos días estupendos, en el “Palacio Méndez”.

Este lujoso palacete fue construido en 1900 por los Marqueses de Méndez. La residencia tiene diez habitaciones con baño, dos salones de verano y otros dos de invierno, con chimenea. Cuenta también con una amplia cocina, bodega, garaje y amplios jardines con vistas al mar y acceso directo a la playa. Dispone además, de una capilla familiar y un pequeño cementerio privado.

Por su parte, el guarda del palacio sabe que los invitados vienen acompañados. Suelen ser personas hastiadas de su vida, que buscan emociones un poco más fuertes. Necesitan experimentar que pierden el control de su entorno. Saben que van a participar en un juego relacionado con la muerte, con la muerte de otros, por supuesto. El último grupo llega una tarde gris de febrero.

La primera impresión cuando ven el edificio, es de decepción, porque creen que el aspecto exterior del palacete es una impostura, pero la realidad es que el tiempo lo ha modelado hasta conseguir la imagen sombría que presenta. La piedra está tan oscura que parece calcinada. Las torres, coronadas por chapiteles de pizarra negra, perfilan con sus agujas puntiagudas el cielo plomizo. Los altos ventanales aparecen cegados por el polvo acumulado durante décadas. Los secretos de la casa no deben salir fuera.

El chirrido de la verja herrumbrosa avisa al guarda, el hombre de cuerpo enjuto y ademanes pausados, muestra una palidez extrema en rostro y manos, casi se diría que es de la época de la casa.

Cuando los invitados entran en el vestíbulo se quedan estupefactos. Ante sus ojos hay una majestuosa escalera de roble, con guirnaldas talladas en la baranda. El parqué reluciente dibuja infinitos trazos geométricos. Las arañas de cristal brillan con mil destellos. Las cortinas de terciopelo acarician las paredes tapizadas de raso verde. El interior de la casa es espectacular. Todo está intacto y conserva el refinamiento de la época, como si no hubiera pasado el tiempo.

El guarda interrumpe las miradas expectantes de los huéspedes para contarles la tragedia del palacete.

-        El marqués, D. Manuel de Méndez, de noble cuna, viajó a América. Pasado un tiempo regresó muy rico y acompañado de su esposa, Dª María. Ella era una joven indiana muy hermosa, a la que el señor amaba con locura. Este palacio es la demostración de cuánto la adoraba.

Y continuó:

-        Sin embargo, la felicidad que irradiaban era tal, que a su alrededor comenzaron a crecer envidias y maledicencias. Así, los celos mortificaron al marqués día y noche hasta que, en un arrebato de ira, mató a su esposa y luego arrepentido del crimen, se suicidó.

-        Desde entonces- siguió- el palacio está como ellos lo dejaron. No vive nadie, sólo yo abro cuando vienen los huéspedes y cierro cuando se marchan.

Dicho esto, el guarda se retira y el juego empieza.

Para comenzar, cada visitante recibe un formulario donde debe indicar, entre otros datos,  la persona que lo ha invitado. Aparentemente todos los impresos son iguales, pero uno tiene consignado la opción: “Finalizar juego”. Su acompañante no saldrá de la casa vivo.
 

La espera

Autora: María Gutiérrez
 
Se lo dijo varias veces, ella sonreía, aunque seguramente pensaba que él tenía razón y que no pretendía hacerle sufrir innecesariamente. A sus veinte años, Manuel era ya tremendamente sensato. Necesitaba cambiar de vida, dejar de sentirse atado a unas tierras que ya no producían lo necesario y a las que llevaban atados varias generaciones.

María solía contestarle que esperara un poco y tuviera  paciencia que todo esto podía ser pasajero y pronto podría mejorar la situación. No cesaban de llegar noticias sobre la emigración de españoles desde distintos puntos de la geografía española hacia Cuba. En esta isla se daban las condiciones idóneas para el cultivo del mejor tabaco del mundo. Necesitaban mano de obra de agricultores que aportaran su experiencia. Los cubanos no piden muchos requisitos, que sean preferentemente varones entre 18 y 40 años y sobre todo que estén sanos. Era el boom del momento.

Una mañana del 15 de Febrero de 1900, partió Manuel  desde el puerto de Tenerife en un barco de vapor, dispuesto a cruzar el Atlántico y cumplir su sueño de hacer “Las Américas” con rumbo a La Habana en busca de fortuna. Envueltos en lágrimas se despiden Manuel y María. Él le promete  que pronto volverá y ella ahogada en llanto, que siempre lo esperará´

Durante unos años, no paran de cruzarse cartas de amor llenas de sueños y promesas. María las va guardando como el mejor de los tesoros ya que es todo lo que le queda de él, junto a una foto en blanco y negro que él le dedicó.

Cuando se es joven, eres tan impaciente, que cada día, cada minuto que pasas  sin estar al lado de tu amor, se te hace insoportable y eterno, pudiendo llegar a considerarlo como una auténtica tragedia. Ella se pregunta  continuamente: ¿Cuándo volverá  Manuel? ¿Serían falsas las promesas  y solo era teatro, en su papel más hipócrita?

Con frecuencia, María acude a casa de Juana la hermana que ya solo le queda a Manuel. Esta no deja de ofrecerle  muestras de cariño y acogimiento, pero también la anima  para que ella  siga su camino. Le quiere dar a entender que no se haga demasiadas ilusiones esperando a que Manuel regrese, que deje ya un poco de lado el pasado y comience a vivir la vida. Ella no hace mucho caso y sigue alimentándose de recuerdos, acabando siempre  desesperada  y hundida.

Cuantas veces  se ha sentido convertida en dulce abuela, rodeada de sus nietos aunque nunca  ha llegado a ser madre. Necesita  reanimar su corazón destrozado y casi consumido. A pesar de todo, sigue soñando vestirse de blanco azahar…

No está dispuesta a tirar la toalla, continua  amando la vida  aunque la plenitud  ha quedado  bastante atrás y ella lo sabe de sobra. Nota como su cuerpo se va desquebrajando, derrumbando poco a poco. Para consolarse piensa, que el destino ha influido bastante  en todo lo que está ocurriendo, en lo bueno y en lo malo y esto la tranquiliza un poco. Piensa a veces  que la vida le ha escupido, le ha dado  un poco de lado.

Ese viaje que Manuel hizo a La Habana en plena juventud, prometiéndole que muy pronto volvería,  ¡Que lejos se está quedando!! Se está  convirtiendo en cenizas… Su cabello se ha tornado  en gris, tirando a blanco. Se mira al espejo y retoca su pintura apagada y marchita, sacando una sonrisa al pensar que Manuel  pudiera volver de repente.

Cada día va a la playa, pasando horas y horas, mirando a la lejanía, no se cansa de esperar por su en algún momento  el mar le devuelve a su amor en un barco de vapor. Para ella  no hay noche ni día. ¡Cuántas  lágrimas lleva derramadas!

Uno de los días que  acudió a visitar a su cuñada Juana, esta tuvo que ausentarse un breve tiempo de la casa. Mientras, María aprovechó el rato viendo fotos  de la familia, encontrándose con algo que la hizo palidecer. Al volver  Juana  no encontró  a María en la casa, no le dio  mayor importancia, simplemente pensó  que se habría cansado de esperar aunque se había ausentado un breve espacio  de tiempo.

No podía ni imaginar la última  noticia  que le llegaría. María había sido encontrada muerta en la playa. A  su lado había un sobre con matasellos cubano. Dentro se encontraba una página  de un diario de Cuba de hacía 39 años en la que informaba que Manuel  había sido encontrado muerto en la playa, víctima de un robo.

Entre sus pertenencias, encontraron un billete con destino  a España.

 ¡¡Al fin estaban juntos!!

Las rosas de Hafelti

Autora: Elena Casanova


A María solo le queda mirar el último regalo que su marido le trajo de tierras lejanas. Todas las noches, antes de irse a la cama, se acerca al parador del comedor adornado con un jarrón de porcelana que contiene un insólito ramo de Flores; desliza suavemente las yemas de sus dedos por los pétalos al mismo tiempo que susurra una sencilla oración para Luis,  el hombre con el que  un día  decidió compartir su vida.

María y Luis se casaron un oscuro y frío mes de febrero de 1900. Vivían en una casa enorme junto a la playa. No habían tenido hijos, y María echaba de menos la maternidad, se le hacía muy cuesta arriba una vida sin vástagos a quienes cuidar y un marido que se pasaba demasiado tiempo viajando por el país y extranjero como comerciante de telas. Su última salida se prolongó por un año al hacer un recorrido por los países del Mediterráneo.  De ese largo periplo, aparte de  sedas, tafetanes y rasos, obsequió a María con un magnífico ramo de rosas secas, cuya singular belleza radicaba en el  intenso color negro de sus pétalos.

María, gran aficionada a la botánica, destripaba todos los libros que sobre el tema caían en sus manos, y su jardín era uno de los más bonitos y mejor cuidados de toda la ciudad. Tan maravillada quedó con aquellas rosas que  no paró de investigar hasta que dio con  la información que había de aquellas  plantas tan insólitas. Así supo que estas flores, únicas en el mundo, se criaban en una pequeña localidad turca, Hafelti, debido a la condición del suelo y el nivel del PH de sus aguas subterráneas filtradas del río Eúfrates. Y con gran sorpresa también descubrió un mundo paralelo relacionado con la magia y los conjuros.

A los dos meses de su llegada, Luis le comunicó que tardaría poco  en volver a marcharse para explorar el nuevo mercado de tejidos que se estaban extendiendo por toda Europa.  Maria se quedó triste y muy abatida por la noticia, no se hacía a la idea de otra larga temporada en la soledad de aquella casa tan grande y tan vacía. Tenía que hacer algo y pronto para impedir su partida. Trató de convencerlo para que se quedara en la ciudad, trabajar en un negocio más modesto y poder estar juntos. Todo esfuerzo fue inútil; en realidad Luis era una persona inquieta y permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio era algo inconcebible. María lo sabía desde siempre pero nunca perdió la esperanza de un cambio de actitud con el tiempo.

A la mañana siguiente, mientras Ágata servía el desayuno, los ojos de María se quedaron fijos las rosas negras, y de pronto creyó tener la solución para retener en casa a su marido. Habló con la criada para insinuarle que la magia de esas flores sería la solución para evitar la marcha de Luis. Ágata que había criado desde pequeña a María y no soportaba verla tan triste, la ayudaría de una forma más práctica, para ella  los encantos y brujerías no resolverían nada.

 En cuanto Luis abandonaba la casa, las dos mujeres se escondían en la cocina y realizaban el conjuro de las rosas de Hafelti. Junto a una foto del marido colocaban  un mechón de pelo, una vela y una rosa negra. Acto seguido un texto en latín era todo lo necesario para llevar a cabo la ceremonia. Lo que ignoraba Maria era que todos los días, en la taza de café de Luis, iba disuelta una pequeña cantidad de matarratas. A Luis no le quedó más remedio que  suspender su viaje al encontrarse muy débil y con unas sospechosas manchas en la piel.

Durante los primeros síntomas, María se encontraba muy cómoda cuidando y mimando a su marido de la mañana hasta la noche. Daba las gracias una y otra vez por tenerlo a su lado, nunca lo había sentido tan cerca. Pero la alegría no duró demasiado. Los primeros signos no desaparecían sino que cada vez eran peores. Junto al cansancio, la confusión, las naúseas y los vómitos se convirtieron en habituales. La piel era un velo pálido, así como sus labios y conjuntivas. Las molestias abdominales eran muy intensas y ya no se sentía capaz de salir de la cama. El médico lo visitaba todos los días pero ninguno de sus remedios parecía hacerle efecto, fue incapaz de diagnosticar la enfermedad. Una madrugada, por fin, Luis dejó de respirar y de sufrir, tras una  noche  de diarreas sanguinolentas,  convulsiones y grandes dolores.

Lo enterraron una tarde brumosa, silenciosa, tan misteriosa como  la  misma muerte. El féretro estaba rodeado de unos pocos conocidos a quienes la existencia aún les daba una tregua  y entre los cuales había tres personas que se sentían responsables de aquel cuerpo sin vida. María, por haber coqueteado con el mundo de la hechicería y el ocultismo. Su médico, por la impotencia de no haber podido hacer nada por ese desgraciado. Estaba convencido que había contraído esa extraña enfermedad en algún rincón de los  países que había frecuentado. Y Ágata,  aunque  no se sentía orgullosa de lo que había hecho, sí que sentía cierto alivio. Por  fin su señora se sentiría en paz y no sufriría más por el desplante y el abandono de un hombre.