viernes, 15 de junio de 2012

Mi viejo olivo

Autora: Rafaela Castro

A lo largo de mi vida nunca había reparado ni me había fijado en ti, hasta que una maldita tormenta dejó tus raíces al descubierto, pensé que te deberías sentir como avergonzado y dolido. Avergonzado porque fue como arrancarte tus vestiduras a la fuerza, esa tierra tan querida para ti y que te cubrió durante tantos años. Dolido también, porque tú no dejas de darnos ese fruto que decimos apreciar tanto, tus aceitunas, como tu aceite.

Tú estás ahí presente, callado, pacífico y ¡hala! de pronto un bombardeo de agua y granizos que al pronto te hacen pensar: “Si yo no he hecho daño a nadie, soy neutral. A todos beneficio con mi cosecha. Pero la naturaleza es así, de vez en cuando nos recuerda que estamos en sus manos, e igual puede ser maravillosa que implacable. Puede dejar de dar jugo que es el agua y la vida o desprender sequedad y fuego hasta asfixiarnos.

Querido olivo por ti siento como una mezcla de admiración y envidia, porque a pesar de tu vejez tú sigues siendo fértil y privilegiado. Cuántos suspiros y requiebros de enamorados habrás escuchado a lo largo de tu vida debajo de tus ramas cuando recogían tu cosecha; también te habrás sonreído de vez en cuando porque habrás escuchado más de un chismecillo  que otro, con más o menos intenciones.

Eres la cuna y el remanso de muchos pajarillos que se refugian en tí para apaciguar su frío y su cansancio. Quizás estos seres son los que más te agradan por los trinos que salen de sus gargantas, pues parece que te están agradeciendo tu hospitalidad.

También sé que te tienes que sentir muy desgraciado cuando algún inconsciente decide utilizar tus ramas para dejas de existir, seguro que en ese momento  hubieses querido dejar de ser olivo y convertirte en roca.

El lobo y la luna

Autor: Antonio Pérez García

En un hermoso valle, hallase una charca con su cascada, en dónde presidiendo sus orillas un hermoso llorón manda. Vegetación decorosa y frondosa, paraíso natural.

Son muchos los animales que viven y pacen juntos en la laguna, y otros que han de pasar. A la vista del gran árbol, rey del lugar, todos viven tranquilos y sin pesar. Un día un foráneo lobo pasó por el lugar. De semblante cabizbajo y decaído, acercase al agua a beber y debajo del llorón a descansar. Pasase varias noches, un tanto huraño en el lugar, sin hacer muchas cosas que el no hacer nada como lo natural.

El árbol ávido y perspicaz, atento, diese cuenta lo que el lobo extrañamente actuaba, todas las noches y en pose desafiante el lobo la luna miraba, como queriéndola alcanzar, muy concentrado en ella.

Algunas veces y extrañamente aullaba como si fuese llorar. Un día sin luna es cuando el lobo fue a descansar y extrañado a la mañana el árbol curioso quiso preguntar.

- ¿Qué pasó con la luna, lobo?

El lobo decidido le contó todo el pesar, sentase a su lado y empezó a relatar.

- Preso de amor me encuentro, por amar sin fundamento. Quedándome solo por amor prófugo, mi alma se hizo añicos por dentro. Ahora desahuciado en sentimiento, no quiero seguir teniendo la luna inalcanzable. Solo amo una luna, que maldita su reflejo ha iluminado mi alma, bella, bonita, y que casi siempre desde ahí arriba me mira y acompaña. La aúlla, con la intención que arrope mi alma, que se acerque, pues allí arriba jamás puedo alcanzarla, jamás... y

Esta soledad es la voz sin rumbo que clara inconsciente desde el silencio de mi consciencia.

El árbol entristecido por el relato le dijo:

- " La soledad no es el silencio, es el reencuentro consigo mismo". Sólo está solo quién quiere estar solo. Yo vivo aquí, el único árbol, solo. Animales vienen y van, y no sufro mi soledad. Las abejas polinizan mis flores, los gusanos se comen las hojas, y mis frutos atraen animales. Quizá la mayor equivocación acerca de la soledad es que cada cuál va por el mundo creyendo ser el único que la padece. Tú no estás solo, si estas hablando conmigo.

-Lobo: Yo no estoy solo, por eso me enamoré de la Luna, pero mi problema no es la soledad, sino el recuerdo. El problema no es tenerla o no tenerla, es una noria de sentimientos. El problema es verla, aullarla, sin tener respuesta.

martes, 15 de mayo de 2012

Recuerdos

Autora: María Gutiérrez


En el camino de vuelta hacia mi casa, ensimismada en mis pensamientos, al doblar una  esquina fue cuando me encontré de cara con él. Se me pararon los pies y de mi garganta salió un grito:¡Pero si es un celindo!. Mientras pronunciaba su nombre lo seguía observando con bastante atención, su olor empezó a envolverme sintiéndome embriagada con su aroma. De pronto, mi mente me trasportó a mi niñez, a esos recuerdos añejos que quedaron atrapados en mi mente, como si todo hubiera sucedido ayer.

En aquella etapa no parábamos de inventar cosas, cuando nos daba por jugar a ser modistas, poníamos nuestro propio taller con los recortes que encontrábamos en los de las modistas de verdad, confeccionando vestidos para las muñecas que luego vendíamos por tres perras gordas. Otros días nos daba la vena artística y montábamos un “teatrico” en casa de alguna, casi siempre, lo hacíamos en donde hubiera más espacio para tener bastante público y pasarlo bien.

Por aquellos años, el cura del pueblo tuvo la feliz idea de poner una emisora que instaló en la torre del campanario, por lo que el acceso a ella era un poco complicado ya que había que subir un buen número de escaleras, pero como no conocíamos ni sabíamos que era la artrosis, las subíamos en un segundo. El programa infantil se emitía el jueves por la tarde que no había escuela. Salía en antena después de la novela que por entonces, era ni más ni menos que “Ama Rosa”, la cual tenía a todas las madres más que enganchadas, acabando casi todas las tardes llorando a moco tendido por lo sucedido en cada capitulo de dicho culebrón. En la calle no encontrabas a esa hora ni a una sola mujer y si te daba por dar un paseo, como en aquella época se podían dejar las puertas abiertas que no pasaba nada malo, tenias la oportunidad de comprobar que todas estaban más que entregadas a dicho folletín.

¡Que tardes más divertidas!. Jamás quisiera olvidarlas, todavía puedo verme como si fuera ayer, nerviosa y sin poder dejar de moverme hasta que me tocaba salir a actuar.

Después de unos breves anuncios de Colacao, nos presentaba un entrañable personaje, “El Mago Cacume”. Nuestro programa era de canciones y poesía y lo empezábamos cantando todos a coro para irnos relajando, aunque solo lo conseguíamos en parte. Una de las canciones decía más o menos así:

“Somos de radio chupete atrevido e infantil, niños que con alegría vienen a cantar aquí. Este es el Mago Cacume, con su barbudo pelaje pero dentro de esas barbas, hay un bello personaje”…

A mí me gustaba más salir cantando. Casi siempre elegía alguna coplilla, la cual me encargaba yo por mi cuenta de ensayarla todo lo que podía en mi casa, escondida en el último rincón para que nadie me oyera y así causar más expectación. Del vestuario no había que preocuparse porque como por radio ni se ve ni se veía, eso que nos ahorrábamos.

Vivía al lado de la iglesia por lo que una vez que acababa el programa, salía que me las pelaba hacia mi casa para que me felicitara mi familia, la cual siempre me decía ¡Ay mi niña que buena artista es!, pero muertos de risa.

¿Y lo felices que éramos, quién nos lo puede quitar? Nadie.

lunes, 14 de mayo de 2012

La tía Fidela

Autora: Elena Casanova

 Era una tarde de julio y esperaba en la estación de autobuses la llegada de mi tía Fidela. La había invitado a pasar unos días en mi casa, porque la última vez que estuve en el pueblo ella me dijo que estaría encantada de hacernos una visita a Bruno y a mí. Confidencialmente me confesó que sentía cierto interés por comprobar cómo sería la vida en pareja entre dos hombres. En vez de molestarme, sonreí por este comentario tan fresco e inocente. Nunca he pensado que mi tía se sintiera atraída por una curiosidad morbosa, solo que ella es así de clara y siempre lo ha sido en todos los aspectos de su vida. Aún siento cierta emoción al recordar que fue la única de mi familia que me felicitó de corazón cuando anuncié mi boda con Bruno.

La tía Fidela bajó del autobús con alguna dificultad. Parecía contrariada y, con un gesto malhumorado, sus ojos no se despegaban del hombre menudo y algo desaliñado que iba delante de ella. Al acercarme, masculló algunos improperios contra esta persona. Traté de calmarla y preguntarle el porqué de su enfado.

— Ese hombre que no ha parado de roncar en todo el viaje. Mi siesta es sagrada y cuando estaba casi dormida con la cabeza echada en mi almohadón, el soniquete martilleante que salía de su boca no me ha dejado ni cerrar los ojos y, para colmo, va el muy zoquete y se desabrocha el cinturón, ¡será guarro el tío! y, no contento con esto, se quita los zapatos, con un tufo tan insoportable que he tenido que rociarle los pies con la colonia que llevo en el bolso.

Después de recoger la maleta, y olvidadas las incidencias del viaje, me imprimió una retahíla de besos y me urgió a salir de la estación para poder saludar a Bruno, al que tenía muchísimas ganas de ver.

— Pero bueno… ¡qué casa más limpia tenéis! Más que algunas de esas que están todo el día dándole al pico y criticando a unos y a otros y… ¡qué bien huele!— fue lo primero que dijo al entrar en el piso que compartimos Bruno y yo. Después de darle dos buenos achuchones a mi pareja, observaba con curiosidad todos los detalles decorativos de la casa asombrándose de nuestro buen gusto. Se maravilló cuando vio un juego de café que había pertenecido a su abuela que dominaba la parte central de una vitrina del salón, obsequio que nos hizo al enterarse de nuestra futura unión.

— ¿Cómo habéis colocado este viejo juego de café en un mueble tan moderno? – y sin embargo una enorme sonrisa dejó entrever su cara de satisfacción.

Bruno preparó una cena frugal pensando, sobre todo, en mi tía. Rayando los ochenta no debía de ingerir demasiada comida por la noche. Cual fue nuestra sorpresa cuando sacó de su maleta una bolsa con embutidos del pueblo y, colocándolos primorosamente en un plato, nos invitó a probarlos y ella también disfrutó del festín. Le insistimos varias veces que quizás no era conveniente una comida tan pesada por la noche, pero ella poco caso nos hizo diciendo:

— Vamos a ver, si desde que me tomo esos protectores que me receta el médico, mi estómago lo resiste todo, además si me tienen atiborrada de pastillas, ¿qué daño me pueden hacer estas delicias?

No se equivocaba. Acomodada en el sofá después de la cena, se quedó completamente dormida y cuando la mandamos a la cama a media noche, siguió durmiendo hasta la mañana siguiente, siendo  testigos fieles a causa de nuestra indigestión que no nos dejó dormir.

Vino para una semana, pero encantada con el ambiente de la playa, orgullosa y útil por todos los cuidados que nos prodigaba decidió quedarse con nosotros un mes. Con ella nuestra vida cambió de forma significativa.

Nos acostumbramos a sus guisos caseros bien condimentados que con tanto mimo nos tenía preparados a mediodía cuando llegábamos del trabajo. A nuestros calcetines y calzoncillos primorosamente planchados y lavados a mano porque pensaba que la lavadora los estropeaba, a las novelas televisivas, a sus siestas en el sofá, a su rosario en la mesita de noche y a sus visitas los domingos a la iglesia. 

Casi todas las tardes la llevábamos a la playa. Quisimos comprarle un bañador nuevo porque el suyo estaba un poco desteñido y con la tela gastada, pero fue imposible convencerla alegando que había sido un regalo de su marido la primera vez que visitó el mar, y no quería deshacerse de él bajo ningún concepto. El bañador antediluviano de la tía hizo gentes en la playa junto con las tiras del sujetador que asomaban debajo de la prenda, porque ella no concebía ir sin su ropa interior bajo el traje de baño.

Algunas tardes la llevábamos de compras. A la tía le gustaba sobre todo la ropa e hizo acopio de un arsenal de prendas de vestir, que nunca encontraría en el pueblo. Pensaba que con tantos compromisos y salidas necesitaba tener un buen armario. Para ella era inconcebible salir a la calle sin un toque de color en sus labios y mejillas. Nos divertía toda esa coquetería.

Un día nos dijo que sentía verdadera debilidad por Rocío Jurado. Le regalamos parte de su discografía y nos hicimos verdaderos expertos de la copla, género que apenas conocíamos. Cenábamos casi todas las noches fuera, porque cada vez que lo hacíamos en casa tenía la costumbre de sacar los embutidos del pueblo, y no nos atrevíamos a quitarle la ilusión con la que nos los ofrecía, pero nuestro estómago no estaba hecho de la misma madera que el suyo. Nuestras costumbres alimenticias rozaban lo monástico. Y con ella disfrutábamos también de sus interminables, y a veces extravagantes, historias de otro tiempo.

Cuando llegó el día de su partida, al decirle adiós, sentimos un enorme vacío en nuestro espíritu, aunque eso sí, nuestra tripa había aumentado un par de tallas. Y nunca olvidaré sus palabras al despedirme de ella:

— Javier has hecho una buena elección, Bruno es el mejor de los maridos.


Le prometimos que volvería al año siguiente.


sábado, 12 de mayo de 2012

Llámeme señor Gil por favor

Autora: Carmen Sánchez Pasadas

Siempre he creído en el destino y cuando les cuente mi historia estarán de acuerdo conmigo. Mi vida la decidieron mucho antes de nacer yo, cuando mis padres se conocieron. Hasta aquí les parecerá normal, pero hay un detalle que determinará el resto de la narración, mi padre se apellidaba Gil y mi madre Puertas, si suman comprenderán la tragedia que se cernía sobre mí aún antes de nacer. Para más infortunio fui el mayor de dos hermanos, por lo que me correspondió el “honor” de recibir el nombre de mi abuelo y que no era otro que Agapito.

Cuando apenas levantaba un palmo, los demás niños me llamaban “Agapito cara pito”, después cuando ni siquiera había asimilado el significado de mis apellidos,  me identificaba ya con ellos. Recuerdo que el día antes de hacer la Primera Comunión, cogí sin permiso la bicicleta de mi hermano, con la prisa para que no me pillaran, salí a toda velocidad calle abajo, con la mala suerte de tropezarme con un enorme bache y dada mi inexperiencia paré el poco asfalto que cubría la calzada con mis dientes. Todavía me acuerdo del enfado de mi madre cuando llegué a casa, aparte del susto que le dí porque iba con la cara magullada y un diente menos, me dijo “¡Agapito¿ eres tonto o qué?!”, a lo que yo contesté muy serio “no, soy Gil y Puertas”. En otra ocasión, creo que era incluso más pequeño, en esa época en que nos dedicamos a patear  todo lo que nos encontramos en la calle, se me ocurrió darle una patada a la caca de un perro para tirársela a mi hermano que iba delante, pero para mi desdicha estaba “fresca” y lo único que conseguí fue que se me pegara a la sandalia y a los dedos del pie que los llevaba descubiertos. Rápidamente sacudí el pie para deshacerme de ella, pero los resultados fueron más humillantes porque me salpicó a la cara y la ropa. Mi hermano que presenció todo el proceso empezó a reírse a carcajadas diciéndome “Agapito cara pito”, y por entonces yo que estaba muy dolido con mi nombre y esa coletilla le dije “no soy Agapito, soy Gil y Puertas”.

Durante el instituto fue todavía peor, en el momento que los profesores pasaban lista en clase, al principio leían mi nombre completo, pero al ver la guasa que generaba entre los alumnos sólo decían mi primer apellido. ¡Claro que siempre había algún bromista que coreaba el segundo!

Creo que mi timidez la desarrollé en aquella etapa, cuando intentar hablar con chicas era un suplicio, a pesar de todo yo intentaba ligar con alguna, pero continuamente aparecía algún miserable que voceaba mi nombre y apellidos y la chica en cuestión se moría de risa.

Realmente el bochorno de oír mis apellidos y la guasa respectiva me han acompañado toda la vida. Imaginen el día del examen de Selectividad con toda la Facultad abarrotada de estudiantes y el profesor entonando, porque estoy seguro que puso especial empeño en que se le oyera alto y claro “Gil y Puertas, Agapito”, además estoy seguro que la “y” intermedia la pone todo el mundo inconscientemente o no. Y ahí me tienen a mí, rojo como la grana, mirando al suelo y haciendo el paseíllo hasta mi mesa de examen.

Por otro lado, calculen quien era el recluta más popular cuando estaba en el servicio militar. Juraría que los cabos de las otras compañías envidiaban al mío cada vez que me nombraba, porque éste subía el tono de voz dos escalas por lo menos. Por más que intentara pasar desapercibido todo el campamento me conocía.

Pero la última afrenta la sufrí recientemente, mi mujer y yo íbamos a tomar un avión y ella se entretuvo en el baño, por lo que no estábamos esperando en la puerta de embarque. Puedo asegurar que no habían pasado ni dos minutos de la hora prevista y ya estaba la “diligente” azafata llamándome por megafonía, y por supuesto no se limitó a decir sólo el primer apellido como es habitual en estos casos ¡nooo!, como cabía esperar la “buena” señora no tuvo pudor para decir bien alto “Señor Gil y Puertas, por favor acuda a la Puerta de embarque número 7”.

En fin, que más les voy a contar para que me comprendan, llegado a esta altura de mi vida, me he resignado. Aunque tengo claro que esta desgracia no la sufrirá mi hijo cuando nazca, por supuesto no se llamará Agapito y para alivio nuestro, el de mi mujer y mío, ella se apellida Fuertes, así que Gil Fuertes no suena mal. Mi esposa y yo  nos entendemos muy bien. ¡Ah! Se me olvidaba, no les he contado que ella se llama  Dolores Fuertes del Pulgar.